Cultura y sociedad

Mati Klarwein: solo LSD para follar

Conocí a Mati Klarwein un día que le hice una entrevista en Palma. Luego lo visité en su casa de Deià para que me ofreciera un cuadro suyo para la portada de una novela mía. Con cáncer nunca quiso morirse

03.09.2016 @emilioarnao 6 minutos

Recuerdo que conocí a Mati Klarwein en el café Lírico de Palma para realizarle una entrevista para el “Diario de Mallorca”, donde yo entonces colaboraba con crónicas culturales y artículos sobre arte. Me encontré a Mati sentado en el fondo del café vestido de Mati Klarwein, es decir, entre una bohemia de Deià y una psicodelia de New York. Enseguida empezamos la entrevista:

-¿Y usted ha tomado LSD para pintar? Sus cuadros así parecen confirmarlo.

-Nada, nada, yo sólo tomo LSD para follarme a las tías. Lo de la pintura ya es otra cosa.

-Muy bien, queda anotado.

Mati Klarwein, judío nacido en Hamburgo y pintor de una profunda psicodelia nada parecida a la de Joan Miró –Miró sí que tomaba LSD para deslizar sus pinceles sobre su obra suprarreal y orgiástica de colores, signos, lenguaje y una abstracción donde nunca se sabía dónde estaba la abstracción si en el óleo o en su forma de regurgitar la vida, el mundo, el tiempo, la visión del hombre en su estado más naïf o inaugural de un cierto primitivismo-, nunca reconocía su actitud de lo psicodélico frente a sus lienzos, pues más bien se presentaba como un artista surrealista que mantuvo contactos con los más orquestadores del movimiento suprarreal, como Kitti Lillaz, Boris Vian o Salvador Dalí.

En esa reunión del café Lírico, Mati Klarwein y yo decidimos hacernos amigos y me invitó a que lo visitara a su casa de Deià. Allí me presenté una mañana de invierno que era como una de las portadas del disco de Abraxas, detalles minuciosos de un tiempo en que el sexo negro ocultaba el sexualismo siempre fornicador de Mati. Me invitó a unos alcoholes y a comer. Recuerdo que me hizo unas verduras cocidas, a lo vegetariano, que me supieron a gloria. Fue entonces cuando le dije si me podía prestar algunos de sus cuadros para conformar la portada de mi próximo libro; “El starlux del manicomio”. Al momento me dijo que sí y fue entonces cuando adiviné en Mati a una persona buena, nada arrogante y facilitador de una cultura en la que le gustaba presentarse como ilustrador o como versionador de la música, de la literatura, de la poesía, de lo que hiciera falta. Me prestó su cuadro “You and Me” para la portada de mi libro, en donde se ve a un hombre negro, musculoso y detrás una figura fantasmagórica, como un mito saliendo de la nada, con el interciso de un enorme huevo que debía significar el resultado de ese amor entre “Tú y yo”. Cuando salió la novela, volvía a las montañas donde vivía Mati y fue cuando me dijo que esa noche había visto un objeto volante no identificado.

-Mati, ¿has tomado ácido?

-Te aseguro que no. Entre la luna y el horizonte he visto una luz que a toda velocidad recorría el cielo. No estamos solos, Arnao, la vida inteligente no está en este planeta. El hombre de hoy no tiene inteligencia. Residimos en el homo sapiens y todavía no hemos avanzado.

-Tienes razón, Mati, a mí de vez en vez me sale el sapiens y me da por intentar tirarme a todas las tías de la noche quitándome la ropa y gritando como un ejercicio animal.

-Pero así nunca conseguirás follar.

-Por supuesto que no, pero al menos lo intento.

Mati Klarwein tenía ese rostro judío que le salía cuando se acordaba de Jerusalén, cuando en 1934 con el nazismo incorporado a la barbarie se tuvo que desplazar con su familia a Palestina. Tras la formación en 1947XX de Israel, su padre ganó el concurso para el diseño de la Knéset. Con 17 años, Mati se marcha a París donde estudió con Fernand Léger y en la Ecole des Beaux-Arts. Se interesó por la cinematografía, pero al no tener estudios, no le permitieron el ingreso en la escuela de cine de París. Marchó a Saint-Tropez donde conoció a Ernst Fuchs, quien le sugeriría ya el definitivo marchamo de lo que debía ser su propio estilo. Europa, Asia, África, América, gran viajante, siempre estuvo al lado del cogollo del meollo del bollo, donde en New York se relacionó con el pop art y la música, entablando relaciones con Andy Warhol, Jimi Hendrix, Peter Beard, Timothy Leary o Jon Hassel. Pero siempre volvía a Deià, donde cada noche veía un extraterrestre mientras pintaba aquellos cuadros tan minuciosos y de tanta precisión con la realidad que se reconvertía en irracionalismo si era observada desde el motivo psicodélico que le dejaba como un pasmo surreal después de haber estado en la cama con una negra o con una californiana que pasaba como de puntillas por el pueblo donde seguía, entre oliveras y mitologías, escribiendo Robert Graves.

El arte psicodélico provenía de las sustancias que alteraban la conciencia dentro de un espacio que se reducía a un tiempo en que todo o iba demasiado deprisa o se quedaba quieto en una cala o en una ciudad americana. Se trataba de una manifestación del alma tal y como la vio Humphry Osmond. La psicodelia tenía como pronóstico proyectar el mundo interior de la psiquis desde una contracultura donde el ácido lisérgico descubierto por Hoffmann, el peyote, la ayahuasca u otras drogas alucinógenas se revitalizaba desde el estudio del ego a partir de la expansión del lenguaje universal, que luego era transportado al cine –Stanley Kubrick-, a la pintura, a la música o a la literatura, incluso a la fotografía y la arquitectura. Mati Klarwein realizó muchísimas portadas de discos desde ese periodo donde la alucinación lo convertía en un judío errante por los desiertos de Galilea o por el centro de Manhattan, que al fin y al cabo viene a ser lo mismo. Así realizó pinturas para discos de George Duke, Leonard Berstein, Santana –el célebre “Abraxas”-, Mile Davis, Osibia, Gregg Allman, Mark Egan, The Last Poets, Per Tjemberg y así todo seguido.

La psicodelia en aquella época –que siguen siendo todas las épocas- ocupaba los póster de conciertos, las portadas de discos –el más habitual era Mati-, el show de luces, los murales –Miró-, los cómics, los fanzines, la revolución espiritual, la respuesta a una política del  establisment,  los patrones caleidoscópicos, inspirados en los diseños persas, el collage, los motivos fosfénicos, y una creatividad que se fusionaba con el surrealismo de modo profundo y vital, pero la muerte pasaba muy cerca y la luz debía ser controlada por los excesos, puesto que algunos psicodélicos se quedaron entrampados en la alucinación aprendida de Arthur Rimbaud y su razonado, lento y lógico desarreglo de los sentidos.  La psicodelia abultó la mirada y la sexualidad de artistas como The Fool, Yoshitaka Amano, Richard Avedon, Giorgio de Chirico, M. C. Escher, H. R. Giger, Alex Grey, Roberto Matta, Gilbert Shelton, Indica y así todo seguido.

Mati Klarwein fue uno de ellos y, entre la cultura pop, el hippismo, el surrealismo y la era psicodélica se movió durante todo ese peregrinaje que siempre acaba en Deià, donde seguía viendo extraterrestres cuando el cielo se volvía oscuro y un Kubrick se le aparecía en el espacio como una sombra de olivera o como un diablo al que por la mañana pintaría.

-¿Y usted utiliza el LSD para pintar?

-No, yo sólo lo consumo para follar?

Y yo salí del café Lírico con la sensación de haber estado con un pop irracionalista que vestía entre dandi y hippie y que por cierto invitó a los whiskies.

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