Cultura y sociedad

Miserias del deporte en España

Los grandes eventos deportivos deberían venir acompañados de profundas reflexiones sobre lo que somos como sociedad

28.08.2016 @fcovargas 8 minutos

Los grandes eventos deportivos deberían venir acompañados de profundas reflexiones sobre lo que somos como sociedad. El deporte es un asunto complicado porque despierta pasiones. Pero también hay que decir que despierta nuestras miserias. Y no sólo porque en la masa de aficionados en los grandes eventos deportivos pueda salir en ocasiones lo peor de las personas, especialmente la violencia. Sino porque también desata lo peor que tenemos como sociedad.

 Me explico. El deporte tiene dos facetas. Una, la originaria, es la que pone al hombre a prueba de sí mismo y le ayuda a adaptarse mejor al medio en el que vive. Es la faceta del deporte como actividad física beneficiosa, incluso como juego, lo que lo convierte en algo beneficioso para nuestra salud social. La otra faceta, que surgió cercana al deporte como juego, es la del deporte como entretenimiento. Y como todo entretenimiento, el deporte siempre ha tenido un componente muy tentador para las elites políticas. No creo que haya político que no esté tentado (como con todo) de dejar su impronta en este asunto, ya que, si todo va bien, despierta muchas simpatías. Puede pensarse que es un tema obsoleto y que un político en un acto deportivo es un asunto que ya no cuela en esta nueva ciudadanía, que es la de siempre, pero que ahora gusta de pensar que se deja engañar, aunque le engañen. Pero para las elites, la realidad es que no se trata de sólo posar en la foto, sino de establecer relaciones de poder y, sobre todo, servir de cohesionador social.

¿En qué momento se mezcla de forma más clara el deporte con la política? El deporte en los países desarrollados (me refiero a los países desarrollados de verdad, es decir, aquellos que son democráticos, que respetan el Estado de Derecho, la economía de mercado y los derechos civiles) ha sustituido a las guerras. Ahora enarbolamos nuestra bandera frente a la de nuestros rivales, que ya no son enemigos. Baste decir que, en su origen, durante las Olimpiadas se declaraba una suerte de paz universal. Bienvenido fuera, pero el símil militar, por desgracia, no acaba ahí.

 Tras las guerras no sabemos qué hacer con nuestros ejércitos y soldados. Quienes más de frente han afrontado esta vergüenza son los estadounidenses. La literatura americana está llena de obras literarias de cómo los soldados son el gesto incómodo que nos recuerda los líos en los que nos hemos metido y de los que no queremos apechugar con las consecuencias. Quizás el más famoso sea Rambo (sí, fue un libro antes que una película). Y también el cine y la televisión se han acercado a este tema con buen criterio en muchas ocasiones. Recuerdo mucho un momento, al final de la serie The Pacific, en el que, tras volver del infierno personal que supuso para muchos jóvenes enfrentarse con los japoneses en su terreno, un joven soldado (niño al partir y con la mirada perdida al volver), se entera de que el gobierno da facilidades para encontrar trabajo a veteranos de guerra. Al llegar su turno, una joven muy amable le comienza a preguntar cuál es su oficio y en qué universidad ha estudiado. El joven veterano, que tenía 18 años recién cumplidos cuando marchó al frente a luchar por su país, se siente entre acosado y avergonzado ante la actitud que va viendo en la joven que le atiende. La muchacha le mira y le comienza a tratar como si le estuviera haciendo perder el tiempo. ¿Dónde pretende ir este muchacho medio analfabeto y sin oficio? ¿Cree que estamos aquí para mantener parásitos? Estas son las preguntas que se deducen de su actitud. El joven, que se percata de la situación, se acerca a susurrarle a la muchacha al oído “se me da muy bien matar japoneses”. Todos, la muchacha y los espectadores, nos damos de bruces con nuestra miseria como sociedad. La sociedad que disfrutamos gracias a jóvenes como aquel que arruinó su vida para que nosotros pudiéramos vivir la nuestra.

 Lo cierto es que a los deportistas les ocurre algo similar. Van a las nuevas guerras que nos hemos inventado, por suerte sin que haya heridos ni muertos, nos hermanamos con ellos (“gracias a todos los españoles”, nos dicen los medallistas como si hubiéramos sido parte activa de todo esto, más allá de ser los paganinis en el mejor de los casos), les homenajeamos cuando ganan y, finalmente, les ignoramos (en el mejor de los casos), cuando no tienen los resultados esperados. Incluso celebramos, como buenos españoles, las derrotas heroicas más que muchas victorias (como en Trafalgar y otros muchos episodios de nuestra historia).

 En cualquier caso, con éxito deportivo o sin él, cuando llega el final de su carrera deportiva nos molestan. No les hemos dejado estudiar, pero les exigimos estar formados como uno más para incorporarse a la vida “civil” tras sus servicios a la patria. Y no se les trata de forma diferente cuando pasan dificultades, a pesar de habernos representado y haber sido “Marca España”. Pronto olvidamos a estos españoles, algunos de ellos adquiridos en el mercado mercenario deportivo.

 Sí, lo sé. Lo que estoy diciendo es políticamente incorrecto. Y ahora, los adalides de la última moda demagógica televisiva clamarán que lo que hay que hacer es invertir más recursos (sobre todo públicos) en el deporte y los deportistas. Y yo digo que adelante, pero tengamos el valor de hacer las cosas bien. Y no de la mano del desastre corporativista de siempre. Y en todo esto hay una ley con un trasfondo político detrás. Y una ley perversa que nos tiene a todos con las manos atadas en este tema. Y que la gente ignora. La Ley del Deporte. ¡Ah! ¿Pero que ya hay una ley que regula el deporte en España? Sí, así es. Y tiene gran parte de la culpa de lo difícil que lo tienen nuestros deportistas para rendir al más alto nivel.

 Volvamos a los Estados Unidos, ya que son la primera potencia deportiva. Los mismos manipulables de antes dirán que es porque tienen más dinero. Como si el dinero pudiera comprar el esfuerzo o el talento. Pero la realidad es que en EEUU, el deporte y su sociedad son mejores porque realmente el deporte es una oportunidad de labrarse un futuro y se convierte de manera real en un igualador social de primer nivel. En EEUU, un joven del peor barrio de la ciudad más pobre puede, gracias al deporte, estudiar en las mejores universidades del mundo. Es más, si no estudia, no podrá continuar con su carrera deportiva.En EEUU es difícil llegar a profesional sin haber estudiado antes. Primero la persona, después el deportista. En España, y en Europa, el deporte no está vinculado a la educación, sino a las Federaciones. Y créeme, estimado lector, si te digo que no hay dos cosas que estén más en las antípodas. Las federaciones sólo tienen un objetivo, su supervivencia endogámica. Y un medio, fomentar el deporte. Y su prioridad está en este mismo orden. Justo al revés de como debería ser. La educación no aparece por ningún lado en esta ecuación.

 Las federaciones deportivas tienen tal control sobre el deporte que la ley les hace entidades delegadas de las Administraciones Públicas. Así, sin anestesia, sin concursos ni procedimientos complejos que les impidan gestionar los recursos públicos con escasos controles.

 Para limpiar conciencias, la ley aporta a los deportistas falsas limosnas y ayudas. Los deportistas de elite, por ejemplo, tienen gratuidad en la matrícula si deciden estudiar en la universidad pública. Lo que nadie cuenta es que nadie les ayuda a compatibilizar el calendario académico con el calendario deportivo. Todo depende de que al profesor universitario de turno le apetezca hacer una excepción en el encorsetado sistema burocrático que es sacarse una carrera universitaria en nuestro país. Por no hablar de que, para llegar a ser un deportista de elite y poder acceder a estas ayudas, el deportista ha tenido antes que ser un alumno más, con una carga extra: entrenar y competir mientras los demás están a otras cosas.

 Soy un firme creyente en que el deporte puede hacer mucho por el sistema educativo y viceversa. Incluso en la educación superior puede suponer, no sólo ser un igualador social como he comentado antes que ocurre en EEUU, sino que puede ser un factor de atracción del talento que sirva de impulso para que nuestras universidades salgan del letargo funcionarial, endogámico y obolescente en que se encuentran. La realidad está muy lejos de este escenario idílico. Lo ilustraré con una anécdota.

 En una ocasión tuve la oportunidad de hablar con un alto cargo de una universidad pública española sobre este asunto. Coincidíamos en el diagnóstico e incluso en la solución. Sin embargo, la conclusión no pudo ser más decepcionante. “Paco, a mí me encantaría poder coger a un joven en la infancia y en la adolescencia y becarle sus estudios para que pueda ser un gran deportista y que terminara en nuestra universidad. Sería una excelente publicidad para nosotros y daríamos un gran servicio a la sociedad. El problema es que, si lo hago, al final la ley obliga a ese deportista a pasar por el mismo filtro que los demás para acceder a la universidad y eso sigifica que puede que la universidad en la que trabajo haya patrocinado a un deportista para que los éxitos se los lleve otra distinta”. En resumen, apadrinas un deortista y al final tiene que hacer la Selectividad como todo el mundo. Igualitarismo siempre. La burocracia en su forma más pura.

En toda esta vorágine que han sido los Juegos Olímpicos, algunos incluso se permiten criticar que una universidad privada, la UCAM, sí se dedique a captar talento deportivo. Esta actitud no debe preocuparnos en exceso, más allá de que es un síntoma de la vergüenza que nos produce este sistema que tenemos y que se pone en evidencia en las grandes ocasiones. Dentro de unos días volveremos a defender estos servicios públicos que no nos sirven y que cada vez son menos públicos y más de uso y disfrute privativo de los trabajadores que hace tiempo que no los gestionan.

Por lo tanto, apostemos de verdad por el deporte vinculándolo a la educación (de calidad, por supuesto, esa palabra que se cae siempre de las camisetas verdes). Basta ya de abandonar a ex-deportistas como juguetes rotos de niño caprichoso. Por desgracia, el camino es largo y sinuoso. El circo federativo es más poderoso que la razón, la sensatez y la decencia que deben imperar como valores en el ámbito deportivo.

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