Cultura y sociedad

No lo pienses dos veces, está bien

Sobre Dylan, el Nobel y la literatura

14.10.2016 6 minutos

La música de Dylan siempre se ha movido por una difusa línea entre la música y la literatura. Siendo estos mundos tan distintos, esta línea se ha convertido en ocasiones en una frontera electrificada en vez de una simpática y bucólica linde en el camino. El mundo de la literatura siempre ha estado poblado por gigantes abigarrados y reacios a dejarse abrir o admitir entre sus brazos a autores de super ventas o novelas románticas de esas que se leen mejor bajo el anonimato del papel de periódico sobre sus tapas.

Estos gigantes se han hecho oír también hoy con motivo de la entrega del Nobel de literatura y esgrimido viejos argumentos como el de Borges y cómo nunca ganó este galardón, o su incapacidad para pertenecer al panteón de la literatura por ser solo un músico, un trovador o un hilo musical de la lucha por los derechos civiles.

Cuenta el de Minnesota en su autobiografía Chronicles (2004), que no sabía que se podían contar historias o narrar hasta que escuchó a Woody Guthrie. Su lírica provenía de los poemas de Whitman, de la mitificación del paisaje y las gentes de unos jóvenes Estados Unidos que aún carecían de un Olimpo de héroes históricos al que mirar, solo Berkeley antes había alabado de esa forma los extensos pastos o los grandes bosques americanos. Dylan empieza a imitar a Guthrie y su forma de componer, tomando melodías o incluso versos enteros de su maestro con los que consigue un lugar en la industria discográfica.

No es hasta el año 1963 con The Freewheelin’ Bob Dylan cuando encuentra su propia voz con la que dirigirse a una juventud que rápidamente le presta atención. El yo poético de Dylan cambia entonces, Estado Unidos ya no son sus pastos de la abundancia o uniones sindicales, es una nación en medio de una crisis con la otra mitad del mundo, una crisis nuclear. En A Hard Rain's A-Gonna Fall Dylan establece un diálogo generacional con un interlocutor al que explica todo aquello que unos ojos azules (quizás los suyos) han visto para culminar en la profecía de una fuerte lluvia que está a punto de caer del cielo, una referencia al temido fallout; la precipitación de residuos radiactivos tras los estallidos nucleares. Esta imagen de la tormenta que se avecina y la relación paterno-filial nos transporta incluso a A prayer for my daughter de Yeats.

En la segunda mitad de los años 60 deja de ser simplemente narrativo o panfletario para avanzar hacia una mayor complejidad lírica. Sus letras se convierten entonces en una amalgama de símbolos y visiones que transcurren de forma rápida generando una imagen general a la primera escucha y un bello tapiz más tarde, con la atención que estas merecen. Visions of Johanna es un buen ejemplo de esta nueva etapa, Dylan se encuentra aquí con T S Elliot y su Tierra Baldía con escenarios lúgubres y un narrador que discurre entre la fantasía y lo biográfico. En esta misma época entabla amistad con personajes de la vanguardia literaria como Allen Ginsberg o Julian Beck. Escribe Like a rolling stone, con una dicotomía constante entre el pasado y el presente y un narrador que ironiza y satiriza la vida de las clases altas con las que Dylan está cada vez más en contacto.

En los años 70, tras un hiato de 3 años desde 1966 por un accidente de moto pasa de el simplismo country con letras directas de Nashville Skyline al resentimiento por la separación de su exmujer Sara en Blood on the tracks. Es en este disco cuando se acerca a Una temporada en el infierno del maldito Jean Arthur Rimbaud. Se convierte en el narrador de 10 nuevas canciones que están ya lejos del amor y las relaciones ingenuas. “I can’t feel you anymore, I can’t even touch the books you’ve read” (Ya no te puedo sentir, ni siquiera tocar los libros que has leído). Idiot wind es puro resentimiento y tristeza por la perdida, un hombre adulto abriéndose de lleno, entre las potentes metáforas de su etapa eléctrica y la honestidad de la folk; musicalmente se presenta desnudo, tan solo se sirve de una guitarra y un bajo. En Blood on the tracks se suceden las historias desalentadores, el destino juega un papel importante ya sea separando como en Simple twist of fate o haciendo a los personajes reencontrarse una y otra vez en distintas etapas Tangled up in blue. No hay pretensiones líricas, referencias culturales excesivas (como en los personajes de Desolation row) solo dolor y su deseo de exteriorizar sus sentimientos, el mayor catalizador de la obra de un poeta.

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Fotografía realizada por el autor en el último concierto de Dylan en Madrid

Hago aquí un paréntesis en el artículo. Me resulta casi imposible hablar de Dylan sin involucrar mis sentimientos en el resultado final. La noticia del Nobel me ha pillado de vacaciones y he empezado este artículo varias veces en la recepción del hotel. Se me ocurre preguntarle a un enorme recepcionista (que me guarda el ordenador mientras fumo fuera) su opinión acerca de la decisión tomada en Estocolmo; es escéptico y me dice en un inglés con fuerte acento alemán que ha crecido con su música pero quizás no es la categoría adecuada para él. Anna North de The New York Times está de acuerdo con él y lo expresa así en un artículo que leo con algo de dolor “Es grande porque es un gran músico, y cuando el comité da un premio literario a un músico, pierde la oportunidad de otorgárselo a un escritor” Norman Mailer opinaba que si Dylan era un poeta él era un jugador de baloncesto. En la calle no queda nadie y solo circula algún taxi hacia el centro de la ciudad; me viene a la cabeza la frase “así debe de ser la salvación tras un rato” es de Dylan, claro, más concretamente de Visions of Johanna de 1966. Un par de mujeres pasan por delante de mi mesa algo más tarde y me hablan en alemán, son de la generación a la que Dylan habló directamente y vuelvo a formular la misma pregunta; no sabían de la decisión del tribunal pero están de acuerdo. Ahora si que me pregunto si Dylan solo tiene un valor realmente generacional, si su mensaje ha perdido ya algo de sentido. “Esto va a cambiar la historia del Nobel tal y como lo conocemos y seguro que abre un gran debate, eso es bueno” me comenta una de ellas, le digo que estoy de acuerdo y que ya ha comenzado incluso.

En mi opinión, ese gran cambio es un reflejo de la mitad del siglo XX, no ha sido premiado solo un músico sino un transmisor de emociones y quizás ese es el camino que debemos seguir a partir de ahora. Si algo han sido estos últimos 60 años es temperamentales, la contracultura de aquellos años comienza a institucionalizarse. Le comento a una de las mujeres que me ha pedido que le mande el artículo cuando lo termine que quizás lo rechaza como Sartre o no se presenta a la ceremonia. Al fin y al cabo, es Dylan, y no un músico, a quien han dado el Nobel.


El autor del artículo, además de fan del ganador del Nobel, es un músico amateur que comenzó a intentar descubrir su sonido con la obra de Dylan. Escucha aquí su último EP: https://gonzalobarbero.bandcamp.com/

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