Cultura y sociedad

¿Por qué los raperos son de izquierdas?

Analizamos los distintos factores que provocan el monopolio ideológico

27.09.2016 @aantoniodelacru 9 minutos

El otro día se publicaba en El Español una entrevista al famoso rapero Kase O. Esta no sería la única: el diario La Razón se interesaría por el retorno del aclamado MC zaragozano a la música. Javier Ibarra, nombre real del músico, comentaba sus nuevas inspiraciones a la vez que asistía a una curiosidad común de ambos medios: ¿es posible un rap de derechas?, o dicho de otra forma, ¿es el rap un monopolio de la izquierda?

No sería tan entretenido analizar el porqué del rechazo al conservadurismo -resulta razonable que una cultura que promueve valores progresistas se oponga al tradicionalismo- como observar las causas que hacen a todos los raperos  -y personajes del ‘mundillo’ de la cultura en general- ser profundamente anticapitalistas o mostrarse muy desfavorables al proceso de libre cooperación empresarial.

Vamos a dividir en tres partes la reflexión que pretendemos abordar: en primer lugar, analizaremos cuáles son los factores invisibles e inconscientes que crean esta tendencia anticapitalista en el mundo del Hip Hop; en segundo lugar, someteremos a examen cuáles son -por otro lado- los factores conscientes y contextuales que crean dicha unanimidad y, por último, expondremos las conclusiones, en las que incluiremos un juicio de valor correspondiente para sentenciar la racionalidad moral -o no- de este fenómeno.

Para comenzar con los factores invisibles e inconscientes, conviene tener en cuenta un fenómeno digno de ser observado en el examen: la guerra de posiciones. La guerra de posiciones es la consecuencia directa de lo que ciertos politólogos llaman “la búsqueda de la hegemonía”. La búsqueda de la hegemonía es, según palabras de Iñigo Errejón -uno de los mayores estudiosos de este campo en nuestro país-, “una comprensión de la política como disputa por el sentido, en la que el discurso no es lo que se dice (...) sino una práctica de articulación que construye unas posiciones u otras.” Para que entendamos las consecuencias prácticas de este fenómeno, intentaremos ilustrar, a modo de síntesis, ciertas circunstancias que nos permitirán reconocer dicha estrategia.

En las tesis y publicaciones elaboradas por los politólogos -y líderes de Podemos- Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, encontramos ciertos relatos en los que se nos muestran los problemas que ha tenido la izquierda en el último siglo. Nos describen como hay una serie de símbolos clave para la sociedad española que han sido rápidamente identificados con la derecha en su beneficio. Son conceptos como “patria”, “orgullo nacional”, “orden”, “seguridad”. Todos ellos asociados con la derecha española y por lo tanto, pequeñas batallas perdidas en la guerra de posiciones. Podríamos decir que el objetivo es la “transversalidad”, es decir, llegar al máximo número de personas y que esto se consigue acaparando el máximo número posible de posiciones y, por tanto, de símbolos relevantes para el futuro electorado. A su vez, hay valores que inconscientemente relacionamos con la izquierda como pueden ser “igualdad”, “justicia social”, “equidad”, “empatía”, “universalidad”... Todos ellos símbolos perdidos por la derecha liberal en esta peculiar guerra.

Esto traerá dos consecuencias paralelas:

● la simpatía del electorado patriota hacia la derecha,
● la cercanía de los colectivos preocupados por la igualdad y la justicia social con la
izquierda.

De esta manera, una cultura como el Hip Hop, que contempla el antirracismo, la justicia social y la igualdad como algunos de sus pilares básicos, nace condicionada ya a adscribirse políticamente a la izquierda.

Hay un fenómeno curioso en todo esto y es el carácter “sucio” e incluso “rastrero” de este enfrentamiento estratégico. Me permito esta licencia debido a un hecho que no hay que olvidar: no se trata de una guerra de contenido sino de intenciones. Esto quiere decir que el que sale vencedor de dicho conflicto adquiere una serie de “presunciones” que se le niegan al perdedor. Ejemplifiquémoslo: la posición de “luchador por la justicia social” no quiere decir que tengamos las mejores recetas para combatirlas sino que tenemos la intención de combatirla. Intención que le negamos inconscientemente -en este caso- a la derecha al haber perdido dicha posición. No nos deben extrañar discursos en los que los dirigentes de Podemos reparten intenciones a discreción: Ciudadanos, el partido del Íbex (el que defiende sus intereses), o Partido Popular, el partido de los ricos. O, por contraparte, discursos en los que el Partido Popular utiliza su posición “patriótica” para insinuar intereses opuestos en su contraparte; ya sean independentistas, conspiradores o incluso terroristas. En definitiva, es una guerra peligrosa por dos razones:

● Se atribuyen propagandísticamente intereses excluyentes con respecto a la contraparte y que contribuyen a la criminalización del disidente y a la polarización de la sociedad

● Al no darle a todo el espectro político e intelectual posible la “presunción de buena fe” pierde peso el debate sobre el contenido, para embarcarnos en una disputa sesgada por posiciones estratégicas.

toni_el_sucio_de_los_chikos_del_maiz-1Imagen de los Chikos del Maíz


Dentro de la guerra de posiciones hay dos fenómenos que conviene resaltar. Es interesante observar cómo, por medio de la propaganda, se le ha vendido a la sociedad -con acierto o no- el comunismo como antagonista del fascismo. De esta forma se produce un salto lógico inconsciente en nuestras mentes, tal que este: si el fascismo es muy malo y quiero oponerme contundentemente a él, tengo que simpatizar con la izquierda radical que ostenta la posición de “antifascista”. Es claro que tanto el comunismo como el fascismo son expresiones de rasgos totalitarios que coartan libertades para imponer una determinada percepción de lo ideal. Es claro, también, que el problema de estas corrientes no son tanto sus percepciones de lo ideal como su forma de llevarlas a cabo: la imposición violenta. Por lo tanto, podemos aseverar que no son posiciones tan opuestas, ya que su elemento esencial es el mismo: la imposición violenta coartando libertades. De nuevo, nos topamos con que el contenido no es tan importante como la posición. Y como es la izquierda la que ostenta la posición de antifascista, es la que abarca la superioridad moral de posicionarse contra el fascismo.

El segundo fenómeno sería el histórico de nuestro país, que al haber sufrido una dictadura próxima al fascismo consigue que la izquierda se alimente de los contrarios al franquismo gracias de nuevo a su monopolio del rechazo al fascismo (su posición) al tiempo que, al no haber ocurrido una experiencia puramente comunista, no produce el mismo efecto sobre la derecha y no se equilibran las posiciones.

Todo ello trae una serie de consecuencias que ya adelantamos antes:

● se parte de un estado A de simpatía hacia los valores del Hip Hop (igualdad, justicia social, antifascismo…)
● se pasa a un estado B de integración en la cultura mencionada,
● se advierte inconscientemente una estrecha relación entre los valores de la propia cultura con los valores de la izquierda causada dicha relación por la guerra de posiciones, siendo estos valores el antifascismo, la justicia social…
● y se pasa a un estado C de adscripción al pensamiento de izquierdas o de rechazo al pensamiento antagonista: la derecha.

Una vez expuestos y razonados los motivos de dicha predisposición cabe preguntarse: ¿cuáles son los factores conscientes y contextuales que consuman y completan los factores expuestos anteriormente? Para abordar este bloque conviene aclarar que son exactamente los mismos que afectan al colectivo del ‘mundo de la cultura’ en general. Encuentro conveniente usar como referencia las razones que explica Bertrand de Jouvenel, politólogo y economista francés, las cuales he tenido el placer de conocer gracias a la lección magistral del profesor Huerta de Soto titulada “¿Por qué los intelectuales odian al capitalismo?”.

Pese a mi no atrevimiento a suscribir la totalidad del contenido esgrimido por ambos autores, sí reconozco cierta morbosidad que nos puede llevar a acercarnos a la verdad. En primer lugar; el citado autor francés nos apunta un primer motivo de ignorancia, referida -eso sí- a lo referido a la teoría económica. Debemos reconocer el enorme esfuerzo de comprensión que supone el mercado y sus mecanismos de cooperación, así como la complejidad de la teoría económica; y, a la vez que admitimos esto, podemos advertir la escasa formación económica que poseen los integrantes del mundo de la cultura en general (inclúyanse cineastas, novelistas, músicos e incluso sería interesante el debate acerca de la formación económica de los propios periodistas). Cuando se posee un desconocimiento teórico acerca de algo se cae en el error de acoger y difundir ideas que nos encontramos predispuestos a suscribir, a la vez que menospreciamos la ciencia de la materia en cuestión simplificando sus propias reglas.

Sin embargo; no se queda ahí Bertrand de Jouvenel, que opta por subir el tono apuntando una segunda razón de arrogancia. La arrogancia, ya la apuntaba Ortega -con otra nomenclatura- en su ensayo “La rebelión de las masas”, señalando sus razones y poniendo en el punto de mira a la especialización del trabajo. Tratemos de desarrollarla: hay que tener en cuenta que tanto los personajes del mundo de la cultura como los raperos gozan de un respeto social y de un conocimiento de sus respectivas disciplinas bastante elevados. La propia naturaleza de las distintas materias que componen la cultura parece elevar a estas a un pedestal social de cierta superioridad intelectual y moral. Entendamos que estas materias se encuentran impregnadas en sus respectivas expresiones de moralejas y mensajes moralistas y aleccionadores. En muchos casos -y el rap no es una excepción- la condición de seguidores se confunde con la de ‘fans’ y la figura de estos personajes -que adquieren cierta fama- acoge ciertos rasgos de liderazgo social. Todo esto conlleva al siguiente error lógico por parte de los artistas: la extrapolación de sus virtudes en lo que a sus respectivas disciplinas se refiere al resto de materias teóricas que desconoce por completo. Dicho de otra forma: el cineasta -por ejemplo- hace extensible su capacidad de sentar cátedra en ciertos temas de su disciplina a la materia económica, la cual -como hemos apuntado anteriormente- desconoce por completo. Esto les lleva a los integrantes
del mundo de la cultura -y a los raperos en general- a caer en la arrogancia fatal de tratar de sentar cátedra sobre temas que le competen exclusivamente a la teoría económica. Y sobre todo: el pedestal social en el que les encumbran sus seguidores les hace caer en la tentación fatal de efectuar la “ingeniería social” a la que se opone el liberalismo, la cual podríamos definir como la autolegitimación por parte de ciertos sujetos para imponer su idea
de lo bueno y de lo idóneo sobre el resto de la sociedad.

Las manifestaciones de esta ingeniería social serán apuntadas en la tercera, y última, razón que apunta Bertrand de Jouvenel: el resentimiento y la envidia. Evitando todo juicio de valor generalizado sobre los distintos exponentes de la cultura, sí que es conveniente señalar ciertos factores objetivos que tienen que ver con esta tercera razón. El artista observa como el valor productivo que él aporta al mercado es bastante reducido y, en consecuencia, como incultos y poco ilustrados empresarios hacen más dinero que él en el ‘mercado de las masas’. La propia autoconsideración, las múltiples carreras que estos poseen en sus respectivos expedientes, sus distinguidos premios y publicaciones de calidad… en definitiva: las manifestaciones de su presumida intelectualidad le impiden al artista aceptar esta realidad mercantil y doblegarse ante el reflejo de la libre cooperación individual que supone el mercado. Prueba de ello es la apuesta de estos distinguidos personajes por la ingeniería social. Esta se canaliza a través de la exigencia de subvenciones a su trabajo y a la continua reivindicación gremial en favor de privilegios. Recordemos que una subvención -sin incluir aquellas destinadas a los desfavorecidos- supone la creación de una demanda artificial que proporciona el Estado que suple la deficiencia de esta por parte de la sociedad. Es decir, buena parte del mundo de la cultura exige una serie de ingresos mínimos anuales, que de no ser concedidos por la sociedad serán otorgados forzosamente por el Estado tras haber realizado la correspondiente expropiación a sus ciudadanos. En definitiva, su autopercepción de superioridad intelectual les impide acatar las reglas de un mercado regido por las necesidades de la sociedad y les lleva a adscribirse a tendencias intervencionistas donde crear una sociedad justa que les estime en la medida en la que estos creen ser merecedores.

La conclusión a la que llegamos es bien sencilla: sin ánimo de enjuiciar la idoneidad o no del pensamiento de izquierdas, sí que podríamos sentenciar la dudosa objetividad contextual a la que están sometidos los raperos, la cual les hace actuar de forma sesgada y estratégica en contra del capitalismo y sus manifestaciones.

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