Cultura y sociedad

Presos

Algunos internos en el hospital psiquiátrico San Francisco de Asís mueren en vida a fuego lento

07.10.2018 @danielnz97 15 minutos

“José Núñez, 56 años, nacido en Málaga. Casado, con un hijo y una hija. Amante de la pesca y los viajes. Licenciado en Económicas. Alcohólico desde hace un año y medio, cuando fue despedido del banco en el que trabajaba. Irritable, depresivo y nocivo para su familia.

Insomnio, temblores, taquicardia y amenazas de suicidio que acaban siendo sustituidas por nuevas botellas de Cacique o Almirante, según el color de los billetes de la cartera de su esposa”. Un perfil inventado, un padre inexistente y una conversación telefónica que acaba con una cita concertada para ver, dos días más tarde, un viernes, el Hospital Psiquiátrico San Francisco de Asís (El Palo, Málaga). Un ingreso que nunca se va a producir; y la única forma posible de visitarlo.

Capítulo I – La falsa visita

Puertas abiertas y una pequeña rampa presagian una acústica diferente. Un edificio atávico de tres plantas, blanco y rojo, con algunos mosaicos en la fachada y dos jarrones de cerámica que hacen de centinelas a ambos lados de la entrada principal. En frente, un vasto patio que recrea una nueva versión, alejada de la lujuria, de El Jardín de las Delicias de El Bosco: preponderancia del color verde, escenas inverosímiles, elementos tupidos, una granja con gallinas... En el interior, las paredes blancas y amarillas acompañan a los arcaicos sillones y al resto de mosaicos. Una decoración clásica y un ruido de fondo que nada tiene que ver con la señora de la derecha que cree hablar por teléfono con un pariente a través de la cabina azul y verde de Telefónica que ofrece el hospital.

En la sala de espera, con mi madre, un cruce de miradas a evitar. Un primo muy lejano de mi padre real nos observa con incertidumbre, confusión y agonía. Una pregunta debe circular por su mente a la velocidad de la moto de Marc Márquez: "¿Qué harán aquí?" Nuestros ojos contemplan un suelo de mármol que no tiene nada que mirar. Se acerca y saluda. Efusivo, sin templanza. El resto, extrañados, nos mira. Una excusa estéril para cerrar la conversación cuando justo llega la trabajadora social que nos va a enseñar el centro. Los 3.200€ a abonar por los primeros 30 días de estancia, más los 2.400€ durante el resto de meses y otros 2.400€ de depósito inicial (reembolsables tras el alta médica) entran por mis oídos con la tranquilidad de que no saldrán de mi cuenta bancaria ni de la de nadie de mi familia. 40 minutos más tarde, con un "nos lo pensaremos", acaba la visita.

Capítulo II – El encuentro

Por la tarde, ya solo, vuelvo a la calle donde se ubica el hospital. Durante el día la Avenida Hernán Núñez de Toledo se convierte en un tránsito continuo de enfermos con permiso (entre 50 y 60), la mayoría de ellos apáticos, desvencijados, encorvados, paso despacio... Del ocultamiento a la búsqueda; de la mirada baja a la cabeza alta; de lo pasivo a lo activo. Mi principal objetivo es, ahora, el primo muy lejano de mi padre. Pero antes me acerco a un hombre alto, arrugado, consumido por la vida y cuya masa muscular está bajo mínimos. Está sentado en un muro, solo, esperando, quizá, a que llegue la hora de regresar a 'casa'.

 

—Buenas. Perdone, ¿usted está en el San Francisco de Asís?

—¿Eh?

—¿Usted está en el San Francisco?

—No, yo estoy aquí.

—Ah, vale. Hasta luego.

 

Con afasia y resuello responde pero no contesta. Sin posibilidad de diálogo fluido, mis piernas suben y bajan la avenida más de una vez y recorren también las zonas más frecuentadas de Echevarría del Palo con la esperanza de encontrarlo en una de las cafeterías del barrio. La limitación horaria, la cercanía física y el presupuesto máximo de dos euros al día para salir se convierten en mis principales argumentos para aventurarme a bajar a sus bulliciosas y agitadas calles. Entre coches en doble fila sorteo miradas que se esfuman como los días para los pacientes del hospital. Con presencia aún del sol, en las inmediaciones del San Francisco de Asís, aparece. Entonces le explico a Antonio lo sucedido antes. Todo queda en un café a la mañana siguiente. A las 10:00 horas, en el mismo lugar.

Capítulo III – De Antonio a Felipe

Mis ojos ven llegar a un hombre refinado y cuidado. Un largo abrigo negro y una bufanda se convierten en su principal atuendo para combatir el frío. Los dedos de su mano derecha agarran con fuerza una libreta tamaño folio y un robusto libro con portada blanca. Gafas de ver y barba de tres días definen su semblante. Unos cascos azules, grandes, abrazan sus oídos a ritmo de música electrónica a un elevado volumen. Sus pasos parecen hacer creer que pierde el último autobús, que llega tarde a una entrevista de trabajo, que se agota el plazo de devolución del libro que porta, o todo eso junto. A su lado, aunque un poco más atrás, con unos 15 centímetros menos y unos 15 kilos más, un hombre canoso que ronda las cinco décadas. Y una escena que hace volver a principios del siglo XVII y a un tal Miguel de Cervantes.

Un paseo de algo menos de 10 minutos. Los tramos de sombra y la falta de conversación convierten los pocos grados positivos en negativos. Sobre todo, para alguien que no está aún acostumbrado a la humedad de Málaga, pero ni siquiera eso le desenamora de la ciudad. Un madrileño reconocible que hace una confesión: "Se me está pegando el acento". Un testimonio difícil de creer cuando todas las "eses" salen de paseo. Al fin, llegamos a su particular templo, en plena Avenida Juan Sebastián Elcano. Un lugar en el que ni se reza, ni se celebran misas; se llega, se coge sitio y se dice: "Lo de siempre". Y el camarero trae un café. Eso si te conoce, como a Felipe, porque yo, convencido de que se llamaba Antonio, me entero, gracias a su cafetería de todas las mañanas, La Oficina, de que se llama Felipe.

Cucharilla en movimiento circular continuo, presente durante la media hora, y mirada fija a los ojos que solo baja cuando toca sacar la cucharilla y beber del vaso. 4321, la novela de Paul Auster, sobre la mesa. Paco, su fiel escudero, le invita al café. Choque de manos y sonrisa cómplice. Es el momento favorito del día para ambos. Un soplo de aire fresco cuando toca salir de una burbuja que absorbe. Un soplo de vida que les hace seguir sintiéndose personas. Porque dentro del hospital vuelven a ser enfermos mentales. Todos los días, de 10:00 a 12:45, quince minutos antes del almuerzo, y de 14:00 a 18:45, un cuarto de hora antes de la cena, respiran.

A partir de las 20:15, la libertad se desvanece. Una minúscula habitación, doble o triple, de decoración minimalista, en la que soportar las noches. Aislados, la única forma de avisar si ocurre algo es repiquetear. Poco antes de entrar, les registran para evitar, por ejemplo, tener que hacer uso de los extintores, tal y como relata una fuente anónima del personal. La pantalla del televisor es la mejor forma de olvidar que hasta dentro de 14 horas no subirán la pequeña rampa que marca la frontera del San Francisco de Asís con la calle, salvo si llueve, que entonces no pueden salir. Quizá por eso esté tan enamorado de la ciudad del espeto.

Felipe, drogadicto en rehabilitación, y Paco, que trata de abandonar una depresión, deciden poner fin a una charla que ha durado media hora. Y que ha girado en torno a la abominación contra el hospital y, en especial, con Antonio y Francisco de Linares Castro, nietos de Francisco de Linares y Vivar, primer psiquiatra de España y fundador de la institución en 1935. Una conversación insuficiente que se prolonga para la mañana del próximo martes, tres días más tarde.

Capítulo IV – El Trankimazin que nunca llegó

Mismo lugar. Misma hora. Pero Felipe, que se olvida de la cita, la procrastina para dentro de 24 horas. Resignado, no solo por el madrugón, decido volver a casa, pero un chaval, a trote ligero y con aparente prisa, me frena.

 

—Perdona, ¿tienes un euro para un cafelillo?

—No tengo nada, lo siento.

 

Pasan tres segundos. El joven comienza a alejarse.

 

—¡Oye, espera! Sí tengo. Venga, que te acompaño.

—Pero, me lo vas a dar, ¿no?

—Sí, sí. Ahora te lo doy.

 

Un chándal desaliñado y una barba tímida sobresalen más que su casi metro ochenta y fina complexión. Un camino interrumpido en más de una ocasión por el dolor que siente, operado de pies planos, y con la uña del pulgar derecho, de la que no recuerda en un pasado reciente la visita del cortaúñas, más larga de lo recomendado. Las pausas, breves, no son más que desabrochar y volver a abrochar el velcro de unos adefesios de zapatos, porque no pueden usar cordones. Cada semáforo en rojo es un suspiro para Raúl, melillense de 20 años. Su prisa, pese a las molestias, se debe a que se ha escapado, con poca dificultad, del psiquiátrico, pero son las 10:20 horas, y las llamadas de los familiares comienzan en cuarenta minutos. Y su padre, que nunca se olvida, puede que lo haga a partir de las 11:00. Si no llega para entonces, el castigo es no poder salir de su habitación durante un tiempo. Aunque tampoco es la primera vez que lo hace.

No cuenta con permisos, al contrario que Felipe, Paco y decenas de pacientes, por dar positivo en drogas durante su estancia en el San Francisco de Asís. Concretamente, por hachís. Porros que, como otros, fuma a escondidas entre el verde de los jardines del centro y que se cuelan en el interior para el trapicheo con quienes no pueden salir. Para Raúl, de mucha peor calidad y más elevado precio que en Melilla, aunque, en general, le gusta más Málaga. Positivos en chocolate que, quizá, podría haber sorteado si no tuviesen que orinar delante del personal, según cuenta una trabajadora. La misma que habla de analíticas sorpresa y de enfermos que roban las llaves a las limpiadoras para hacerles copia.

Por el camino, con aparentes ganas de contarlo, el joven revela que su internamiento se debe a un brote psicótico producido en mayo de 2017 tras una noche de fiesta en la que, bajo los efectos de la droga y el alcohol, mantuvo relaciones sexuales con una prostituta, a la que vilipendia al contar lo ocurrido. Engañado por la mujer al no estar en plenas facultades, según narra, no usó preservativo. Al darse cuenta, creyó haber contraído una enfermedad de transmisión sexual. Las pruebas dieron negativo, pero en su cabeza, ocho meses después, sigue el recuerdo de aquella noche primaveral. Como motivo menor de su ingreso, también habla de los estupefacientes. Lleva poco más de tres meses bajo el techo del San Francisco de Asís.

La conversación avanza y confiesa que el euro no es para un café. De hecho, en su bolsillo izquierdo ya tiene uno, que lo ha conseguido al vender tabaco a otros pacientes, ya que, como máximo, el centro ofrece un paquete al día por persona. Así, aprovecha y le vende los cigarros que le sobran a quienes no tienen suficiente con esa cantidad. De la cafeína pasa al Trankimazin, un fuerte ansiolítico que requiere de prescripción médica y que se toma para mitigar los niveles de ansiedad. No me ha engañado. El otro lo necesita para comprarse una lata de Redbull. Porque "eso es una bomba". Y más aún tras haber tomado la medicación unas dos horas antes en el propio hospital. Tras ignorar mi consejo, nos acercamos a la calle Miguel Moya, en El Palo. Allí, junto al Supermercado Día, a pesar del volumen de personas que hay, debe estar el camello, que, a diario, dice que frecuenta la puerta del establecimiento y que también vende heroína y metadona, entre otras sustancias, aunque aún es pronto. Frente al Mercado Municipal - El Palo, a escasos 50 metros del lugar donde se va a producir el intercambio, me recomienda que le espere.

Un minuto y medio más tarde regresa con las dos monedas y sin la ansiada pastilla. Se reafirma en que es demasiado pronto. Deja a un lado la taurina y decide sustituirla por una litrona de cerveza. Y se vuelve a ir. Tras ir al comercio chino más cercano, también en la calle Miguel Moya, propone ir al paseo marítimo para tomársela. Me pregunta la hora. "Son las once menos veinticinco", respondo. Convencido de que no es la correcta, se lo toma con calma. Frente al histórico y extinto Casa Pedro, en un banco azul, incómodo y férreo, con una temperatura poco invernal y un sol con sello malagueño, le pide la hora a un señor que pasa. Sin reloj y con poca seguridad, el hombre cree que son las 10:20. Raúl me mira y lo celebra. Como si hubiese marcado un gol durante un partido de fútbol en la consola. El siguiente que pasa, mira su muñeca y zanja el asunto. Son las once menos cuarto.

Entonces, las prisas y los nervios recorren el cuerpo del joven al igual que la cerveza, cuyos sorbos son cada vez más largos. Sin todavía haber sacado el euro de mi cartera, al final, le doy dos. Entre eructos, muestra su preocupación por la posible llamada de su padre y el anhelo del Trankimazin, que cada vez lo siente más lejos. La idea de tomárselo junto a la cerveza, pese a tener un efecto menor que con el Redbull según me explica, desaparece tras beberse la botella entera en un lapso inferior a 20 minutos. Poco convencido, regresamos al Día. Mismo modus operandi. No hay nadie, pero me dice que le espere allí, en las escaleras de un portal contiguo, con él. No pasan ni los primeros 120 segundos desde que nos sentamos cuando decide ir a por una mandarina a la frutería de en frente, a unos 15 metros. Yo, desde la distancia, observo. Se la da, pero él no suelta moneda. "¿Te la ha regalado?", le pregunto. Y asiente. Apenas ha empezado a comérsela cuando, cansado de esperar, decide que nos vamos.

Dirección al hospital, a la altura de una peluquería-barbería cercana al colegio San Estanislao de Kostka, para y entra. A los 10 segundos, desde dentro, abre un poco la puerta y me pide que pase. Yo, sin intención ninguna de cortarme y/o teñirme el pelo, ni la barba, porque no tengo, y con una situación sibilina y un ambiente viciado entre cuatro paredes, que lejos de excitarme, me agobia; le doy la mano, él a mí las gracias y, tras una hora inverosímil, toca volver a una vida en la que no se beben litronas para desayunar ni se pretende mezclar ansiolíticos con taurina.

 

Capítulo V – Entre recaídas y libros

A la mañana siguiente, de nuevo a las 10:00, Felipe baja, otra vez con Paco, a un ritmo inferior al del día anterior. Al llegar a La Oficina, su cafetería habitual, este último se va a echar la quiniela, aunque regresa 25 minutos más tarde. Mismo escenario. Misma hora.

Mismo libro sobre la mesa. Mismo café. Pero no todo es igual. Ni está Paco, ni es la misma mesa, ni su rostro irradia los efluvios de simpatía del sábado. Quizá porque aún es miércoles. O, como cuenta durante el camino, porque ha dormido mal. Sin más. Ni siquiera el tema de conversación es el mismo. Su cara, hierática y tersa, solo se arruga para hablar de su pasado y de su madre.

Una joven Rafaella Carrá empezaba a brillar en los escenarios, el guateque se convertía en el plan de moda de los jóvenes, España empezaba a olvidar la televisión en blanco y negro y Adolfo Suárez empezaba a liderar la Transición cuando, en 1977, Felipe, desde Madrid, se asomaba al mundo. Era un niño más de los miles que reían y lloraban en la capital. Con sus dientes de leche, sus vacunas, su colegio... Solo el alto poder adquisitivo de su familia descollaba a veces. Aunque en un entorno cercano de clase alta, ni siquiera eso. Soñaba con ser astrónomo.

Con los primeros granos en el rostro, llegaron los porros y la cocaína. Tenía 16 años y un círculo de amigos que, sin él darse cuenta, le empezaban a introducir en un terreno oscuro del que un cuarto de siglo después aún lucharía por abandonar. Cada fin de semana para Felipe se iba a convertir en una sensación de éxtasis, locura y felicidad, y, años más tarde, en un peldaño cada vez más difícil de superar para dejar atrás la adicción. En pubs, bares, discotecas... Su cartera se vaciaba cada viernes: 80 euros entre cocaína, un gramo por lo general, y porros, a ritmo de música industrial, electrónica y techno trance, que, a día de hoy, escucha, eso sí, desde sus enormes cascos azules y lejos de cualquier sustancia.

Estudió hasta el actual Bachillerato. Con unos 20 años, amante ya de la lectura, leyó el libro que más le ha conmovido hasta el momento: El crepúsculo de los ídolos, de Nietzsche. De pasarlo bien cuando la luna brillaba a no poder vivir sin la droga. Una juventud marcada por los estupefacientes y los libros, por ese orden. Y un cambio radical en 2007, con 30 años, para recuperar a aquella persona cuyo cuerpo no conocía la cocaína ni la marihuana, a la que había que retroceder media vida atrás. De las opulentas y lujosas mansiones de la urbanización Puerta de Hierro, con precios que rondan los dos millones y medio de euros, una de las zonas más exclusivas y ricas de Madrid, a los sombríos jardines y las reducidas habitaciones del San Francisco de Asís. Una ciudad diferente, una serie de influencias alejadas y un duro recorrido por delante, con síndromes de abstinencia convertidos en infiernos.

Ocho meses más tarde, aparentemente recuperado, recibió el alta médica. Su estancia en Málaga, superado su problema, parecía haber acabado. Pero al poco tiempo, tras sufrir una fuerte recaída, volvió a ingresar. Había vuelto al punto de partida. Un progreso que quedó en nada. Y pasaron seis años hasta que volvió a salir. Con la sensación de haber cumplido un ciclo en el hospital, tras más de un lustro lejos de las drogas, regresó a casa, con su madre, con la confianza de no tener que volver a la capital de la Costa del Sol si no era para ir a la playa en verano. Trató también de continuar los estudios de Física, su gran pasión, que había empezado en la provincia andaluza, pero a falta de concentración acabó dejándolo.

Felipe empezó a sentirse dueño de su vida. Y así estuvo durante dos años, hasta que, de forma inesperada, volvió a recaer. La pena y el llanto invadieron el cuerpo de su madre, que, tras un paréntesis, de nuevo tenía que separarse de su hijo ya en 2016. Tercer y último ingreso hasta ahora. Su camino es el adecuado, como también lo era en los dos anteriores. Con mucha rabia admite no estar aún preparado para salir. Cada mes o mes y medio recibe, como en Navidad, la visita de su madre, que es su mejor terapeuta. Aun así, echa en falta estar en casa con ella mientras ven la televisión en el sofá. Las largas horas, las que tiene que pasar en el centro, las mata 'a librazos'. Cinco o seis en 30 días. Como El médico, de Noah Gordon, su favorito junto al de Friedrich Nietzsche. Y también escribe. Pero como así no se puede poner en forma, camina con frecuencia hasta la Plaza de Toros de la ciudad, o lo que es lo mismo, más de diez kilómetros en total.

Raúl y Felipe. Dos presos sin rejas. Una cárcel intangible. Una cárcel que no se ve, que no es el San Asís. Son presos del pasado. Incluso del presente en el caso del primero. El acelerador que Raúl concibe como el único pedal en una carretera cuyo destino es oscuro; el freno que Felipe trata de no soltar para salir de su propia prisión. Freno que se pisa de forma automática entre las paredes del San Francisco, en el que los segundos son minutos, los minutos son horas y las horas son días. Morir en vida a fuego lento. Como un cigarro encendido que nadie fuma pero que poco a poco se va consumiendo.

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