Cultura y sociedad

¿Qué hay detrás de La pasión de Cristo, de Mel Gibson?

Una reflexión al respecto enriquecida por la experiencia del sacerdote Miguel Segura, testigo del rodaje de la película

06.04.2017 @juanromerafadon 11 minutos

En muchas ocasiones, en los créditos finales de una película, aparecen pequeños secretos que contienen una gran historia detrás. Ciertamente, puede resultar tedioso aguantar sentado los casi ocho minutos durante los que se sucede una interminable lista de nombres. Sin embargo, en La pasión de Cristo (2004), esto resulta primordial para comprender la historia en cuestión que vamos a tratar. En el último fotograma aparecen los agradecimientos a dos grupos religiosos concretos: La Compañía de Jesús y Los Legionarios de Cristo. A este último pertenece el protagonista -testigo y fuente de lo próximamente narrado - de lo ocurrido durante el rodaje de la película en 2003. El padre Miguel Segura (1970, Valencia) se encontraba en Roma como vicerrector del seminario. Había sido ordenado sacerdote dos años antes y era licenciado en teología y filosofía. Tiempo después marcharía a Sudamérica y Kazajstán de misionero hasta acabar siendo a día de hoy encargado de la pastoral juvenil en Madrid y en los centros educativos de la Legión de Cristo en España. Pero eso ocurriría tiempo después, así que volvamos al año de partida. Fueron las casualidades, el destino -o sabe Dios qué en este caso- lo que hizo que en acabaran sentados en una mesa Mel Gibson, su equipo de guionistas y el sacerdote Segura junto con otro grupo de Legionarios de Cristo. El desenlace de aquella cena, cuyas conversaciones desconocemos, conllevó a la participación de los religiosos en la elaboración de los diálogos en latín de la película, especialmente las que conciernen al papel desempeñado por Poncio Pilato y los sayones romanos. A cambio de ello, pidieron poder visitar los estudios algunos días durante el rodaje y poder conocer de primera mano el funcionamiento detrás de las cámaras.

Inicio y motivación de Mel Gibson

Ninguno de los sacerdotes fueron conscientes de lo que suponía participar en el rodaje de una película, que no dejaría indiferente a nadie, hasta que Gibson comenzó a darle forma a la idea que tenía en mente. Justificaba la filmación debido al buen momento espiritual en el que se encontraba. Cabe recordar que el neoyorkino pertenece a una corriente teológica minoritaria, defensora de la invalidez de la elección papal después del Concilio Vaticano II, lo que conlleva una "sede vacante"; de ahí su denominación sedevacantista. Salvo por ese matiz, las creencias son las mismas que las del catolicismo actual. Parece ser que Mel había encontrado en Dios la paz que se había visto alterada unos meses antes por su ruptura matrimonial y su problema por el alcohol. Y es justo aquí, en la fortaleza de su espíritu, donde el director encuentra la motivación del rodaje, sustentada principalmente en dos puntos: el primero, realizar una reflexión teológica por encima de lo histórico. La conversación interna que tiempo después compartió con su equipo fue: "Yo no sé si esto fue así, pero sé que he tratado a Dios así. Quiero que esto sea lo que se vea, como alguien paga por los pecados de todos". De esta forma, aquel que fuera al cine -y, siempre, desde un punto de vista mínimamente creyente- tuviera en cuenta el mensaje de Salvación narrado en los Evangelios. En el segundo ítem entraría en juego la visión estética influenciada por las distintas corrientes artística. La saciedad del director por los "crucificados de plástico" era tal que necesitaba contar la dureza de aquello que ocurrió según nos ha llegado a nuestros días.

Pese a las intenciones iniciales se podría decir, empleando el argot puramente pasionista, que el proceso fue un calvario. Para cualquier cristiano la película carece de un trasfondo sociopolítico extrapolable con ningún conflicto actual. Pero, y a ojos de un judío, no se puede pasar por alto que la película relata con extremo realismo la violencia desempeñada por un grupo de israelitas a un palestino. Y esto, en Hollywood, conlleva un serio problema. Miguel Segura comenta que era habitual que en los meses previos al comienzo del rodaje se sucedieran los problemas como la baja de un productor o la clasificación como película R. "A ello hay que sumar una fuerte campaña de un grupo de musulmanes contra la película a través de su distribución manipulada y que carecía de la escena final", añadió. Fue en este punto de declive cuando entraron en juego los sacerdotes mencionados anteriormente: la contrapropaganda. La película fue mostrada sin la incorporación de la banda sonora al cardenal Darío Castrillón. Tal fue su asombro que durante algunas semanas se realizaron sesiones de cine en su propia casa para difundir la obra de Gibson.

La película, más allá de la vertiente espiritual, también recoge una clara ambición comercial. Todo estaba diseñado para que recibiera la estatuilla dorada a mejor película extranjera: rodada en arameo, latín y griego; un electo de actores, en su mayoría extranjeros; y, sobre todo, filmada en su totalidad en Italia. La mayoría de la grabación se produjo en los estudios romanos de Cinnecittà pero, una pequeña parte de la cinta, se rodó en Matera, al sur de Italia. Las casualidades hicieron que el lugar coincidiera con el que usó Pier Paolo Pasolini cincuenta años antes para El Evangelio según san Mateo. Gibson lo sabía y por ello quería diferenciarse de "la mejor película sobre Jesús" según L´Osservatore Romano. Mientras que esta última trata sobre "un hombre bueno, que hace cosas buenas al que le hacen cosas malas", La pasión de Cristo tenía que intentar ensalzar la divinidad del protagonista, como es el caso de los milagros o de la lucha con el demonio.

Actores y curiosidades del reparto

Asegurado está que desde un mes antes, y durante los días de rodaje, todos los participantes en la película comulgaron en la misa que se oficiaba antes de la jornada de trabajo. Eso sí, por un sacerdote ordenado antes del Concilio Vaticano II (1962-1965). Sin embargo, hay una serie de casualidades que engrandecen el halo de las curiosidades, y casi misterioso, que rodea a esta película. El elenco de actores es un ejemplo de ello. Mel Gibson le propuso a Jim Caviezel realizar una película sobre el surf, algo que poco o nada tiene que ver con el producto final. El director, al verse "acorralado" por las preguntas del interesado actor, no tuvo más remedio que confesar su idea. La respuesta, curiosa cuanto menos, fue que las iniciales de su nombre eran JC y que por aquel entonces tenía 33 años. El motivo de su elección se debió al papel desempeñado en La delgada línea roja (1998), en la que encarna a un médico objetor de conciencia que se niega a matar. La fe profesada por el actor es tal que, pasado un tiempo del estreno, marchó a México como misionero junto con 10 trabajadores de Hollywood. "La gente le pedía milagros", contó anecdóticamente Segura. La actriz encargada de interpretar a la Virgen es Maïa Morgenstern, rumana de nacimiento pero de origen alemán. Su apellido, traducido al español, significa "Estrella de la mañana", correspondiente con una de las letanías del Rosario. También resulta curioso el caso del demonio, interpretado por Rosalinda Celentano, hija del famoso actor y cantante italiano Adriano Celentano. Fue elegida para el papel por sus rasgos andróginos. El padre Miguel Segura afirmó que el caso de Juan Evangelista le causó una gran decepción de primera hora. En todas las películas anteriores, había sido representado como un palestino fuerte, activo y enérgico. Todo eso cambió en esta película: su papel rozaba la timidez y la vergüenza en cuanto al carácter, y sus rasgos eran los propios de un griego de la época. Fue una vez acabada la película cuando el sacerdote cayó en la cuenta de este motivo, y es que san Juan escribió el Evangelio, las Cartas y el Apocalipsis en griego.

Volviendo al enclave fílmico, es de destacar el doble cameo que realizó Mel Gibson, incorporando dos escenas a la cinta cargadas de simbolismo. El primero se produce después de la flagelación. Le son entregados una toallas a María Magdalena y a la Virgen María para que recoja la sangre derramada por los azotes, representándose en realidad la limpieza del cáliz después de la Comunión. Durante ese ejercicio, María Magdalena recuerda aquella ocasión en la que iba a ser apedreada por pecadora y Jesús dijo: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra", salvándola de la muerte. Es en esa escena en la que las manos de Gibson trazan una línea en el suelo. Ahí, justo en ese momento, aparece por primera vez delante de las cámaras.

Fotograma de la película. Mano izquierda de Mel Gibson

 

La segunda vez que aparece es durante la crucifixión. La mano del director empuña con fuerza el mazo que acabará presionando el clavo de la mano de Jesús. La idea es representar el daño que cada cristiano es capaz de hacer con sus pecados. Acto seguido, la imagen de Jesús rezando y pidiendo por cada una de las personas que no son capaces de ver las consecuencias que cometen con sus actos y que, pese a todo, acaban recibiendo el perdón. Aquí está Gibson en estado puro.

Fotograma de la película. Mano derecha de Mel Gibson

 

Interpretación del director

La película está rodada en clave de conversión y reflexión, recogida de un modo dual en los diferentes encuentros que se va teniendo durante la pasión y muerte de Jesús. Igual que en una catequesis, se intentó que todos los que vieran la película fueran testigos del encuentro con Dios. Es por ello que Jesús cruza la mirada con todos y cada uno de las personas con las que se cruza. Un intercambio de planos en los que se entrelazan los ojos del protagonista con los distintos personajes. Con Barrabás esto sucede mediante un intercambio de planos escorzos debido a la dificultad de Jim Caviezel para mantener la mirada con el preso liberado. La única excepción por la que no hay cruce de miradas -ni de palabras- se produce con Herodes. El motivo que le dió Mel al actor es que Jesús no fue capaz de encontrar a la persona dentro de aquel cascarón de materialismo. Aquel que haya visto la película tan solo tiene que recordar la escena con el rey Herodes, rodeada de extravagancias y de silencios incómodos que reflejan la impersonalidad de aquel ser cubierto de oro.

Pero el mensaje evangelizador tiene un punto más allá del encuentro. Si hubiera que definir con una palabra a la película, esta sería voluntad. En todo momento, superando las tentaciones y completando el ciclo. "Gibson tenía que que mostrar la entrega a la cruz de Cristo como un gesto de voluntad", recordó Miguel Segura. Tenía que recogerlo a través de la magia del cine. En aquellos momentos en los que la tentación es evidente (demonio, los azotes, la cruz...), la música crea un ambiente de emoción que culmina con Jesús levantándose y entregándose a su destino. "No puedo creerlo, su resistencia es increíble. A lo mejor le gusta", musitan los sayones durante la flagelación. Y justo ahí, en la incorporación sobre el patibulum, se produce la drástica decisión de coger el flagelum que da lugar a una de las escenas más dramática (incluso gore) de la película. Lo mismo ocurre con la entrega de la cruz, a la que abraza mientras oye la risa de los soldados; o una vez que llega al Gólgota y Él mismo se coloca en posición para ser crucificado. Durante estas escenas se produce un intercambio de imágenes entre el demonio y la Virgen. Una mera metáfora de la delgada línea entre la que camina el protagonista, pudiendo sucumbirse a la tentación pero sin caer en ella. No es capaz de pensar en sí mismo.

Mel Gibson dando indicaciones a Jim Caviezel durante el rodaje

 

Rodaje y final

El sacerdote Miguel Segura llegó por primera vez a los estudios de Cinecittà durante el rodaje de la escena de la coronación de espinas. Faltaban quince minutos para comenzar y el equipo estaba comiendo en una mesas puestas en el exterior. Reconoció de espaldas a Caviezel, ataviado y maquillado tal y como aparece en la película. Su impresión al verle fue tal que olvidó por completo la frase que tenía pensada. Tan solo pudo decir: "¡Es impresionante!". "Para mí también lo es", le respondió. Un grito de "¡A rodar!" rompió aquel momento y todos se distribuyeron en sus puestos. Para aquella escena en concreto se tuvieron que filmar 20 tomas e intervinieron 120 personas. Durante una de las muchas repeticiones, Segura vio a un americano con un rosario en la mano. Le preguntó si era católico, a lo que respondió que no, pero que se iba a convertir en Semana Santa. Asombrado con el comentario, buscó corriendo a un compañero también sacerdote pero, cuando lo encontró, se dio cuenta de que estaba confesando al productor italiano. "El rodaje fue un continuo proceso de evangelización". Hasta tal punto que Caviezel, católico confeso y practicante, rezaba el rosario de rodillas durante la película. Esto, sin embargo, queda como anécdota si tenemos en cuenta lo sacrificado que supuso para él todo el proceso: las sesiones de maquillaje duraban ocho horas y comenzaban a las dos de la mañana, sufrió una dislocación del hombro, tuvo que cargar con una cruz durante las horas de rodaje que pesaba 70 kilos y, para más inri (válgase el gag) recibió dos latigazos en la espalda que obligaron a parar durante dos días. Precisamente, las marcas del golpe fueron utilizadas como referencia para la reconstrucción de todas las heridas.

Todo ese hilo de curiosidades y anécdotas quedaría inconexo si no habláramos de la última escena de la película. El mayor ejercicio evangelizador y espiritual que crea Mel Gibson. Todo una ocurrencia al alcance de muy pocos. La crucifixión y la Última Cena crean un cuadro único en el que se van superponiendo distintas escenas de cada suceso. Todo ello ante la atenta mirada de un asustadizo san Juan. En el momento de levantar la cruz en el Gólgota, el evangelista recuerda a Jesús mostrando el pan a sus discípulos y lo levantándolo al cielo, la ofrenda a Dios. "Este es mi cuerpo", y la cruz queda erguida. "Esta es mi sangre", y aparece cayendo por el codo de Jesús. Justo ahí, Juan entiende el significado de todo lo ocurrido. La representación perfecta de la Comunión y el cumplimiento de las profecías. Su mirada cambia y el proceso teologal queda completado. Entonces, aquí, podemos decir que la obra de Gibson alcanza la rotundidad, dando como resultado un cuadro cinematográfico y religioso exquisito y pleno. Dentro del periodo de Cuaresma, La pasión de Cristo encabeza una lista de aquellas películas de vista obligada, fundamentales para la compresión, la reflexión y el entendimiento de la celebración magna de los cristianos. Es después de verla cuando el creyente tiene que responder a la pregunta: "Y vosotros, ¿quién decís que soy?".

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