Cultura y sociedad

¿Quedan aún románticos?

El Romanticismo, como movimiento histórico, social y político aplicado en la segunda mitad del siglo XVIII, hoy en día retorna a retomar vigencia. Existen románticos en la actualidad por todas las ciudades del mundo. Sólo hay que buscarlos e ir enumerándolos. Este tiempo de caos sólo se salvará si es a partir de la rebelión y de la romántica transformación social.

11.06.2016 @emilioarnao 15 minutos

Creo que firmemente el Romanticismo ya no debe encorsetarse a un modelo sociocultural y político de una época, de unos siglos, aquellos que comprendieron la mitad del siglo XVIII y todo el XIX, pues, si he de atenerme a todo lo que observo en estos mismos momentos a mi alrededor, desde la regeneración de una nueva rebeldía, las ansias por comprender el porqué de las emociones, la politización de unas ciudades que nos rodean y nos angustian, el anhelo por ser uno en su más ordenada búsqueda de la libertad, todo aquello que motivó los conceptos y sistemas de una nueva era que empezaba, a la que podemos denominar modernización de la Historia, cuando los poetas y los filósofos se dieron cuenta que el presente, aquel instante en que estaban viviendo no iba hacia delante, sino que retrocedía como un ejército abatido, hoy se sigue cumpliendo y estatuando en estos primeros años del siglo XXI. Yo no sé si hay alguien que adquiera los valores que produjeron los románticos históricos, pero si sé que yo mismo me considero, esta mañana en que empiezo a escribir este artículo, uno de ellos, en efecto, propongo que me dejen ser romántico. Sólo quiero respirar tranquilo, aunque la angustia me atraviese los labios cuando salgo al mundo y me doy cuenta en qué éste se ha convertido. Sólo desde el Romanticismo se podrá de nuevo cambiar la vida. Por lo menos la mía, que, de momento, es la que más me interesa.

El yo romántico perdura en el tiempo desde el mismo momento en que se concreta el método y la experiencia vivida con que concurrir en un tiempo que ya no parece nuestro, sino sibilinamente adueñado por la capacidad que tienen las estructuras políticas y económicas de domeñar al individuo y conformarlo en única materia capaz de producir y erigir la monumentalidad de una nación, de un Estado, de toda una globalización que secuestra ferozmente todo espacio para la libertad. Gilles Deleuze y Felix Guattari dijeron: “No nos falta comunicación, al contrario, tenemos demasiada. Lo que nos falta es creación. Nos falta resistencia al presente”. Esta resistencia de la que hablan estos dos teóricos de la posmodernidad se define como eminentemente romántica, y es, a partir de ahí, como debemos mediar ante los regímenes modernos del poder que no resuelven en su totalidad los conflictos sociales que se nos han amedallado desde la imposición de un totalitarismo –Michael Hardt y Antonio Negri lo llamarán “imperio”-, que no nos deja avanzar hacia la potenciación que nuestros cuerpos y nuestra imaginación están intensificando continuamente para solicitar la construcción de un nuevo mundo, abandonando lo que San Agustín llamaría “las dos ciudades”: “el ascenso, el desarrollo y los fines a los que están condenadas las dos ciudades (…) que ahora encontramos entretejidas (…) y entrelazadas entre sí”. Todo romanticismo parte desde la individualidad para ejercer su maquinaria que compone en su completud toda multitud. Es la multitud la que investiga al sujeto político y lo desautoriza desde su vinculación con la naturaleza, con su hibridación moral y desde una realidad que, una vez soñada o imaginada, es necesario que se deposite entre los espejos de las tierras, la anulación de las fronteras, el desnudismo de una nueva ontología, la aplicación de los derechos de una comunidad que no soporta más el exterminio de una hipermodernidad que, por genética, les pertenece. El romántico de hoy en día se rebela contra el sistema y adquiere un nuevo escenario mundial, una extensibilidad de su propia autonomía a la hora de crear algo bello, que ya es el hombre mismo. En “Das älteste Systemprogrammm des deutschen Idealismus”, Hegel, Hölderlin y Schelling argumentaron: “Las grandes masas necesitan una religión material de los sentidos. Y no sólo las grandes masas, también el filósofo la necesita. El monoteísmo de la razón y el corazón, el politeísmo de la imaginación y el arte, esto es lo que necesitamos (…). Debemos tener una nueva mitología, pero debe ser una mitología que esté al servicio de las ideas. Debe ser una mitología de la razón”. Quizá sea por eso que hoy más que nunca se necesita al filósofo, al pensador que desde un idealismo no utópico componga el verdadero sentido del ser como construcción del proyectil romántico. Mi filosofía, la que leo, la que entiendo, la que asumo y analizo, me lleva a pensar que, sin creatividad y sin compulsión hacia las formas del pensamiento, no existirá jamás un romanticismo encargado de organizar de nuevo este milenio que hace tan sólo unos años acabamos de comenzar. El romanticismo se resume desde la investidura de un nuevo hombre que inaugure la inteligencia y unifique las dos ciudades de San Agustín.

¿Es, pues, necesario un Romanticismo regenerador y activo en este nuevo siglo que no hace muchos años se acaba de abrir como el Mar Rojo de Moisés? Me gustaría decir que no sólo lo considero necesario, sino que ya se está construyendo, mejor dicho, reconstruyendo desde la óptica que ya ha obliterado la mera resistencia –fundamental en todo inicio de actitud romántica-, sino que está adivinando, sobre todo desde una juventud intelectual y que acude a los libros donde se propone una alternativa al modelo político y económico que deriva desde un neoliberalismo que sucumbe, nacido desde la praxis de una globalización que fractura el mundo en dos, tres, cuatro realidades –las dos ciudades de San Agustín-, ampliadas en su campo semántico y morfológico dentro de una gramática amenazadora que se desenvuelve a partir de los mecanismos de fuerza y opresión que desarrollan los países que, a partir de los gobiernos de Reagan y Thatcher, se encaminaron hacia un fundamentalismo de las políticas monetarias y financieras que en principio debía servir para contribuir a la justicia universal y al reparto de la producción de esos territorios en donde el misterio de la miseria y la pudrición se ha visto todavía más deconstruido por culpa del monopolio de las grandes tribus economicistas y un capitalismo que en estos precisos instantes ha provocado como consecuencia una grave crisis financiera. Ante todo, este fracaso se ha instalado en la zona social, lo cual yo preveo llevará años para salir de este intenso criminalismo en que los oligarcas de la política y de los mercados nos ha incubado como si la multitud, la ciudadanía, las clases trabajadoras, los humillados, los desempleados, los represaliados, toda esa comunidad que ya no considera la vida como un bien, sino como un paseo por este infierno que quizá habría que leer en Dante. Este dantismo se ha declarado como lugar de hábitat sin opción a la imaginación de la gran tormenta heiniana que debe caer en esos paraísos donde se ha ungido el papel del economicismo frente al pensamiento filosófico, el cual plantea una liberación definitiva del nuevo hombre que espera, que desea, que supura un irrebatible dolor tanto en la memoria como en la conciencia y que, por lo que está sucediendo, ya ha optado por salir de su casa para cruzar este Rubicón y desplazarse hasta los centros donde está ocurriendo esta guerra invisible. “Los hombres luchan y pierden la batalla; aquello por lo que pelearon se consigue, a pesar de la derrota, y entonces resulta no ser lo que ellos tenían intención de lograr, de modo que otros hombres tienen que luchar para obtener lo mismo que aquellos deseaban, aunque ahora lo llaman de otro modo”, escribió William Morris, aquel activista político, pintor y diseñador británico, fundador del movimiento Arts and Crafts, quien, a su vez, estuvo estrechamente vinculado a la Hermandad Prerrafaelista, una asociación de pintores, poetas y críticos ingleses, fundada en 1848 en Londres por John Everett Millais, Dante Gabriel Rossetti y William Holman Hunt, movimiento que rechazaba la producción industrial en las artes decorativas y la arquitecturas, a la vez que propugnaba un retorno a la artesanía medieval, considerando que los artesanos merecían el rango de artistas.

Considero que esta artesanía medievalista del prerrafaelismo en estos momentos adquiere plena vigencia, pues se hace como imprescindible que la economía neoliberal no sólo considera como óptimo los modelos de industrialización –nacidos en Inglaterra en el siglo XVIII- para reanudar su apetencia de objetos productivos que son desviados desde el mismo control del mercado a partir de la especulación y la eficiencia que ha cobrado ya el poder de la cibernética. Todo objeto que se produce no es más que una mediación entre lo que realmente significa y lo que en verdad acumula, es decir, el solsticio de la riqueza y la subasta del capital, los cuales únicamente acaban incorporados a las clases dominantes, que son las que han pensado la creación de una globalización liberal que es marginadora, depredadora, abusiva, inquisidora. Todo romántico del siglo XXI debe considerarse un activista contra esta gran cruzada que es el pensamiento ultracapitalista, no sólo por un concepto de captura y presa ideológica, sino por el advenimiento de las libertades públicas que hoy por hoy están exoneradas del espacio global.

El Romanticismo del nuevo milenio debe encaminarse hacia la destrucción de la informatización de la producción macroeconómica. Yo denuncio todo esto desde aquí, ahora que me estoy leyendo una Historia de las revoluciones del siglo XIX, eminentemente surgida desde el romanticismo que se opuso a la era de la industrialización. La revolución industrial, procesada primero en Gran Bretaña en el siglo XVIII y extendida a otros países como Norteamérica, Japón y Rusia, ocasionaba el paso de la sociedad agraria a la sociedad industrial, de la sociedad rural a la sociedad urbana, de la manufactura a la maquifactura, del uso de la mano de obra al uso de capitales, y tuvo como pensadores revolucionarios a todos aquellos que se estaban dando cuenta que aquella presunta modernización de los tiempos no ocasionaba otra sintomatología que las desigualdades sociales, la defenestración del proletariado, el abuso de los horarios laborales, la minimidad de los salarios, el triunfo del liberalismo, el nacimiento de los gremios, maestros, oficiales, aprendices, que vieron como su situación social era esquilmada y manipulada, el uso de niños para elaborar los objetos de producción, en definitiva, el enclaustramiento de la clase obrera que se sintió desfavorecida por el auge de una nueva burguesía que era la que realmente se había apoderado de los avances de la industrialización y cuyas consecuencias derivaban en un claro enfrentamiento entre las clases sociales. Con la industrialización, o mejor, como protesta ante ella, surgió el movimiento obrero, alentado por escritores como Victor Hugo o Dickens, además de todo un activismo de pensadores y filósofos que ya se habían dado cuenta que el siglo XIX derivaba hacia la explotación de las masas proletarias y campesinas. De este modo, surgió la contramodernización de la Europa industrializada en forma, primero de resistencia, y posteriormente de reacción desde la teorización llevada a la práctica del sindicalismo, el socialismo o el anarquismo. Así se apuntalan el movimiento luddita, el cartismo, con O’Brien y O’Connors, el socialismo utópico de Saint-Simon, los falansterios de Charles Fourier, el cooperativismo de Robert Owen, el socialismo científico de Karl Marx, el comunismo de Augusto Blanqui, Louis Blanc, líder del movimiento más radical de la revolución parisina de 1848, el anarquismo de Proudhon o de Bakunin, o toda una conformación de ententes Internacionales Obreras que, por realizar una breve concisión de lo ocurrido, fueron lanzadas desde la utopía hasta lograr un verdadero cambio entre las estructuras del poder y la ciudadanía más expurgada.

He concedido este comentario sobre el nacimiento de la industrialización y su protesta desde los sistemas revolucionarios aplicados a lo largo del XIX, los cuales posteriormente evolucionaron y dieron paso a las distintas insurrecciones de todo un siglo XX –en las cuales de momento no me mantendré en su definición-, con el motivo de que sea comprensible esta nueva y necesaria subversión contra todo aquello que está produciendo una gravísima crisis moral, social, económica, cultural o política. Como decía, este nuevo Romanticismo que hoy se está posicionando ante el arrebato de un neocapitalismo ya prácticamente insufrible debe considerar la vigilancia de esta hipereconomía que se radicaliza por culpa de los mecanismos de la informatización, porque éstos son por consecuencia incontrolables. De modo que se presta como voluntad de fe adquirir la negatividad de este proceso de posmodernización económica que, a través de los medios que desde la cibernética fomentan una clara imposibilidad de detener el expolio y el exterminio de toda convivencia con un mundo civilizado. Habrá que hallar un sentido de culpabilidad en los paradigmas dominantes de los mercados informatizados que sólo venden humo, abstracciones, índices de bolsa, inversiones que no son reales, mundos imposibles que se barajan en los inmensos centros de poder de la macroeconomía, y que solicitan por sí mismo una contestación que se arraigue definitivamente en la conciencia de una verdadera ciudadanía global, que es la que sufre este evangelismo de la neocapitalización del mundo entero. El Neoromanticismo –lo iré definiendo de esta manera- debe emprender el camino de la insurrección y de la rebeldía a partir de su compromiso leal con el que sólo, desde esta filosofía romántica, podremos en verdad cambiar el sentido de la historia moderna.

El Neoromanticismo debe suponer la aparición de una conciencia colectiva que difumine moralmente lo que el neocapitalismo denomina como “aldea global”. Yo, que he leído el libro del filósofo canadiense Marshall McLuhan “Guerra y paz en la Aldea Global”, editado en 1968, donde se describen las consecuencias socioculturales de la comunicación inmediata y mundial de todo tipo de información que posibilita y estimula los medios electrónicos de la comunicación, me he dado cuenta de qué manera la comunicación puede pervertir el mensaje, así como sea utilizado y por quién. MacLuhan no previó la llegada de Internet y de las nuevas tecnologías, las cuales están siendo usadas aleatoriamente, aunque éstas no dudo que hayan afianzado una hipermodernización que está protagonizando, por un lado, las distintas individualidades que son capaces de adquirir nuevas vías de conocimiento, de multiculturalidad o de comunicación rápida y global; sin embargo, el dominio de la “Aldea Global” que se está ejerciendo por parte de los poderes económicos, políticos y mercantiles subrayan este apagón de las libertades de los hombres de este siglo que se siente manejado y prestidigitado por la manera en que la globalización se impone por todas partes facilitando, como digo, un sprint del desarrollo más que caótico en lo que se viene denominando desde hace tiempo atrás –George Bush padre- el Nuevo Orden Mundial - que fue motivo, por cierto, del contenido de la devastadora letra de la canción del grupo de Industry Metal “Ministry”-. Yo me pregunto: ¿dónde reside en realidad este nuevo orden mundial, esta aldea global que facilita que la pobreza y la injusticia social hayan crecido en no pocos años desde este bestialismo que es la imposición del neocapitalismo en todas las zonas de este mundo? Sólo desde nuestra derogación de la informatización de la producción y desde la habilitación de la incorporación del hombre en lo que el hombre mismo desea ser, sentir, pensar, entender, crear, trabajar, asistir a un tiempo donde el placer, la felicidad, el humanismo o la concienciación de una nueva era será posible la mutación. Esta mutación debe ser sostenida únicamente por la filosofía que venga desde la ciudadanía y desde los pueblos que procuren acuñar los verdaderos principios de una democracia que en estos momentos no es real, en todo caso, virtual, insolidaria, marginadora, donde el control de los países se unifica a un poder que especialmente está estudiado para enriquecer a la misma riqueza que traspasa mares, océanos, continentes, montañas y hasta niños con sida para dinamitar el esfuerzo final que nos conduzca a ese mundo feliz, que ya Huxley tradujo como imposible, que el ser humano necesita. El romanticismo adopta una esencia de este secreto indescifrable por el que hay que seguir luchando, sobre todo, apartando ya la resistencia y produciendo un activismo y una interpretación de la revolución que nazca siempre desde el pacifismo o desde lo que aprendimos del gandhismo.

Por eso, el Neoromanticismo nos llevará, si seguimos leyendo a Heine, a Stéphane Hessel, a Ignacio Ramonet, a Noam Chomsky, a un idealismo pragmático en el que sobrevendrá una cultura de lo social y de la clemencia que ajustará, como grilletes reforzados por un lenguaje que aporte las bases de una convivencia común que consolide los perfiles que deben dibujar este nuevo milenio, las reformas, no ya de un republicanismo de izquierdas, sino desde la definitiva teorización de un cambio de sistema, de geopolítica, de una multitud en donde el tiempo sea el mismo tiempo en el que intenta perdurar, habitar, confraternizar, organizar alrededor suyo y no alrededor de lo que el actual sistema neocapitalista nos aporta. Para ello es necesario que el hombre del siglo XXI se origine desde la vertebración de la belleza moral, el paisajismo de la igualdad entre naciones y pueblos que deben ser considerados como una concordia global y universal, de la creatividad y el pensamiento crítico que mejore las alianzas entre todos los mundos que sólo están siendo reducidos a un único mundo, a un pensamiento único que se estudia en Harvard, en Princenton o en Cambridge, y que Francis Fukuyama definió en su polémico libro “El fin de la historia y el último hombre” -1992-. En ese texto se pronosticaba el triunfo definitivo del liberalismo económico y político, una vez derrotados sucesivamente los totalitarismos fascistas y comunistas. Fukuyama, desde la estela de Hegel, proponía que la historia de dos siglos de enfrentamientos ya había acabado, donde el mundo desarrollado, al haber sido eliminados los combates del pasado, pronosticará un periodo poshistórico donde “la democracia liberal constituye la mejor manera al problema humano”.

Yo mando al cadalso protohistórico a Fukuyama, pues éste, antes de escribir su aberrante libro, desconocía por completo que, en esos precisos momentos, estaba emergiendo una ciudadanía global que, desde un romanticismo de Thomas Carlyle, de John Ruskin o de William Morris, estaba procurando de nuevo reinventar el futuro, basado en la conectividad de un humanitarismo universal, una fraternidad principiada en 1789, una nueva revisión de “La Libertad guiando al pueblo”, pintada por Eugène Delacroix en 1830, o una concentración máxima en que la revolución poscapitalista se originará desde la filosofía combativa, la admiración del hombre mismo frente al espejo, o la convulsión oclusiva del telos de la imaginación, la belleza de los ideales o la creencia absoluta en el arte y la creatividad, como formas de intelectualismo que definan un rumbo diferente por el que ahora navegamos al pairo. La creatividad, es decir, el hombre pensándose a sí mismo, conjugando sus propios valores desde la interpretación de una estética que adivine la pulsión de toda vida, cualquier vida, la vida de todos, debe considerarse como el esse-nosse-posse –ser-conocer-poder- si pretendemos que el aura romántica sea de nuevo asimilada como método no de evasión, sino de conducción de este viaje a la Virtud y a la Verdad que tanto necesitamos. Dijo William Morris en una conferencia pronunciada en el auditorio del University College de Oxford el día 14 de noviembre de 1883, titulada “El arte bajo la plutocracia”: “…el arte ha enfermado debido a esa superstición de que el comercio es un fin en sí mismo, de que el hombre está hecho para el comercio (…). Las máquinas, los ferrocarriles y otros inventos semejantes, que ahora con toda veracidad nos controlan, pudieran haber sido controlados por nosotros si no hubiéramos decidido tan resueltamente obtener beneficios y empleos al precio de establecer durante cierto tiempo esa anarquía corrompida y degradante que ha usurpado el hombre de la sociedad. Es mi propósito aquí, esta noche, (…) suponer que os encontráis satisfechos con el estado actual de las cosas (…), satisfechos, por último, de vivir por encima de esa miseria indescriptible y repugnante de la cual nos llegan, una vez más, algunos ecos, como si se tratara de algún país lejano y desdichado, del cual difícilmente podríamos saber nada, pero que, os lo confieso, es la base necesaria sobre la cual descansa nuestra sociedad, nuestra anarquía”.

Mi pregunta se dibuja ante un poema leído por Matthew Arnold. ¿Quedan aún románticos? Todo romántico es aquel que quiere ocupar Wall Street y que continúa maravillándose por las ruinas del castillo de Griffen. Mi romanticismo no se consuela con las noticias que siguen apareciendo en la

CNN, que no son otra cosa sino una forma de dialogar con Francis Fukuyama.

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