Cultura y sociedad

Silencio: la fe de Scorsese

Un análisis de la fe del director neoyorquino a través de su filmografía

12.01.2017 @juanromerafadon 5 minutos

Martin Scorsese (Nueva York, 1942) es director de cine, artista, genio. Podría haber sido un gánster, y darle uso a los tópicos de sus orígenes italoamericanos; también misionero, vida de la que en más de una ocasión reconoce sentirse fascinado. Pero todos los sondeos apuntaron en su momento a que el neoyorquino acabaría recibiendo el sacramento de la ordenación. Afortunadamente para muchos, cogió la cámara antes que el cáliz. Pese a todo, en ninguna de sus más de 20 producciones ha dejado la fe de lado. Quizá en lo personal cambie la cosa, como reconoció durante el Festival de Cine de Marrakech: "Siempre he tenido dudas sobre la existencia de Dios".

Puede resultar contradictorio encontrar atisbos de Deus en las grandes odas al pistolerismo gansteril de los 70, 80 y los 90, pero Scorsese deja un rastro de migas de pan que conducen a sus creencias. En Mean Street (1973), con ese Cristo enmarcado en el retablo de la iglesia y ensalzado en las alturas; o la cruz de la Justicia que lleva tatuada Robert de Niro en la espalda en Cape fear (1991); incluso el símil de la Salvación a través del sacrificio de Travis Bickle en Taxi Driver (1976). Su gran bloque de la filmografía "oscura" es en sí misma una auténtica metáfora de las enseñanzas bíblicas como la violencia en Toro Salvaje (1980), la lujuria y el placer en El lobo de Wall Street (2013) o la traición en Gangs of New York (2002).

Fotograma de Silencio (2016)

Semejante enclave (muy escueto a mi pesar debido al vasto despliegue) son meros ejemplos de cristianismo, tanto material como metafórico, de algunas de las piezas más brillantes de la carrera de Martin Scorsese. El afamado director ha cerrado la trinidad de sus obras más espirituales (La última tentación de Cristo (1988), basada en la obra homónima de Nikos Kazantzakis y Kundun (1997)) con el estreno de Silencio (2016). Rodada en un tiempo exprés (72 días), está inspirada en la novela de Shusaku Endo, que narra la aventura de dos jesuitas portugueses que viajan a Japón a recuperar al padre Ferreira, un sacerdote que ha renunciado a su fe. La escasez numérica del libro -250 páginas- ha sido extendida de manera excelente durante casi tres horas. Quizá el culmen a una búsqueda espiritual que ha durado 30 años. Pero lo que hay que valorar de esta "trilogía" es el nexo común que en ellas se recoge: "El hombre hecho carne".

Se puede mover un río o una montaña, pero la naturaleza del hombre es inamovible

Es especialmente en la de 1988 y esta última en la que encontramos una mayor penetración en la consciencia humana, en la que toda actitud gira en torno a la duda. Esa irrespondible pregunta (¿estás ahí, Dios?) que hace al hombre caer en la tentación y huir de la cruz. De la carga particular que se entiende que le ha sido asignada. Martin Scorsese recoge el pecado como esa meta en la redención del ser ante un camino imposible de sucumbir y es, precisamente, la posibilidad de evitar el dolor, lo que provoca la caída. En la "teología" del director, el hombre intenta luchar contra el sufrimiento, recortando la complejidad de la vida que se le ha sido otorgada para intentar coger el atajo. Quizá sea todo resultado de la tragedia clásica. El héroe que lucha contra su destino, contra Dios. Scorsese siente la necesidad de redimir sus pecados en el confesionario del diálogo divino: "Rezo por tu perdón". Una angustia unamuniana que persiste en el interior. De hecho, por más que grita sólo recibe la respuesta enmudecida del Silencio.

¿Existe algo que ni el mismo Dios de los cristianos sea capaz de mover? Sí, dijo San Agustín, la voluntad del hombre

Igual que don Miguel, buscando la autocomplacencia de la oración: Oye mi ruego Tú/ Dios que no existes/ y en tu nada recoge estas mis quejas. Es  la capacidad de creer de los demás lo que permite al creyente continuar con su camino. "Tu fe me da fuerza". Si no son capaces de creer otros, ¿cómo lo voy a hacer yo?, soy débil porque sólo soy carne. Se plantea un dilema complejo de resolver en el que el hombre, la persona y el ser tienen la posibilidad de sucumbirse: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea yo como quiero, sino como quieres Tú". Es ahí, en Getsemaní, donde la voluntad, producto de la libertad, tiene que luchar contra el designio divino scorsesiano. A San Agustín le preguntaron una vez si el Dios de los cristianos había creado algo tan grande que ni Él mismo fuera capaz de responder. El Santo respondió que sí, que ya existía y era la voluntad humana. Exactamente, ese proverbio japonés que afirma que se podrán desplazar ríos y montañas, pero nunca la naturaleza del hombre.

En la filmografía de Martin se establece una reproducción adaptada del IV capítulo de El árbol de la ciencia, en el que Hurtado habla con su tío, el doctor Iturrioz, sobre el sentido de la vida. Se antepone un conflicto entre el pragmatismo alemán y el utilitarismo inglés. Es esta la metáfora del cristiano que se encuentra perdido y debe decidir entre la temporalidad o la eternidad; es ahí dónde la duda le reconcome y debe dirimir entre Dios o el valle de lágrimas. Y gracias al juego de las cámaras, uno puede llegar a entender lo que significa para Scorsese la omnipresencia de Dios, del que todo lo ve desde arriba y que no le deja a uno sin más opción que pensar: "Esto es obra de Él". Es así como creo que Martin Scorsese, físico y metafísico, nos muestra su fe, o su duda. Mediante una perpetua oración consigo mismo, esperando una respuesta que guíe al hombre, que sea más que silencio.

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