Cultura y sociedad

Spleen de Madrid

Todo colocado según la norma de Tierno Galván. Al unísono: la capital volvía a ser moderna y las mentes intergeneracionales se ponían de acuerdo

25.06.2017 @marisabellucas 4 minutos

La libertad acompañada de éxito es de los placeres que uno debe exigirse.  Hay quien dice que levantarse y ver Madrid desde la ventana es ya un paso y hay quien además dice que Madrid a base de tanto exigirse ser libre, lo fue y prosperó en su intento. El Madrid del después de, el rejuvenecido, el de la peluca. La capital despertaba tras años tan anestesiada como perdida y a quien le tocó vivirlo en el tiempo estaba decidido a ser partícipe de lo que venía. Eran los 80 y se formaba una tan grande que el objetivo sería recordarla como la movida de todos, donde las corrientes artísticas comenzarían a desinhibirse y a fluir. La sociedad se desnudaba y se colocaba la peluca y las medias de rejilla. Todo colocado siguiendo la norma de Tierno Galván. Al unínoso: Madrid volvía a ser moderna y las mentes intergeneracionales se ponían de acuerdo.

 

Tras años de dictadura, llegaba la democracia al país. Se habían acabado los filtros, las censuras, y los exilios. Aquellos que se fueron, volvieron y para entonces la letra despertaba pidiendo voz. Mientras, la vacía oquedad artística se cubrió de posmodernismo, una corriente presente en Europa desde mediados de siglo. Comenzaban, de esta manera, los movimientos contraculturales. En literatura un nombre sonaría con fuerza. Se trata de Francisco Umbral, quien quiso empapar a la sociedad de los ideales del Modernismo de Pío Baroja, Miguel de Unamuno o Azorín, entre otros. El escritor madrileño, así como hizo de la columna un lugar literario, hizo de Madrid literatura. Este aseguraba que el posmodernismo sería temporal y que las nuevas generaciones impondrían nuevos ideales:

 

Cada generación, en fin, que llega a configurarse como tal, se extiende sobre su tiempo y reina en él. Pero primero tiene que dar batalla contra la generación anterior y luego contra la generación venidera que se amaga con panfletos, pintadas, coñas o simples miradas. Más que la lucha de clases, existe la lucha de generaciones. Y esta lucha es fecunda porque mueve la historia y la ayuda a avanzar.

 

Desde el Gijón, Malasaña retumbaba y Umbral fantaseaba con escribir sobre aquello que tan poco contrastaba con su ambiente intelectual y producto de ello fueron sus columnas en Spleen de Madrid, donde fluirían los valores contraculturales e iconoclastas de aquel movimiento en auge. Como pasara con sus artículos periodísticos, el término movida entraría en la literatura a partir de sus composiciones. Como cronista se le abrió un gran escenario donde la rareza más grande sería no tener nada que contar. A pesar de lo lejos que quedaba el espíritu umbraliano de la calle acostumbrada a la noche, a las crestas de colores y al sonido punk, la relación funcionó, tanto es así que en 1983 se publicó el Diccionario Cheli donde el escritor madrileño daba la bienvenida a un nuevo lenguaje – palabras como demasié, mogollón o yonki-  resultado de la jerga de la calle: 

 

El cheli es un argot casto porque es una empalizada de palabras, un sistema de señales (el verdadero dialecto de la juventud es la música), una jerga guerrera, ofensiva/defensiva, creada y utilizada por la generación marginal que se enfrenta a la ciudad adulta y metropolitana desde fuera o desde dentro: rebeldía de clase o rebeldía familiar.

 

Como un lugar abandonado con ganas de gritar, con fuerzas para superar el grito anterior, Madrid sufría una metamorfosis cultural. Este contexto creativo, vehemente y desenfrenado iba a servir, asímismo, como arma propagandística para los políticos, quienes comenzaron a promover conciertos, siendo conscientes de que lo que estaba ocurriendo en la ciudad se iba a convertir en una masividad y consecuentemente en un reflejo de joven democracia. El alcalde, Enrique Tierno Galván, así lo hizo saber:

 

Queremos que Madrid sea una ciudad viva y la viveza de Madrid depende de las vivezas de estas plazas que estamos recobrando para el pueblo, para la gente alegre y satisfecha o para la gente que no esta satisfecha pero no ha perdido la alegría, para el que quiere divertirse y vivir. Que los muchachos y las muchachas puedan abrazarse y besarse sin que esto signifique deshonestidad. Hay mas deshonestidad en los que miran que en los que hacen. 

 

Y después, todos se colocaron.

 

Para entonces, Madrid se convirtió en la excusa, en la necesidad de aquellos que por caminar entendían volar. Y bajo el deseo, la movida. Madrid se quitó las arrugas y decidió convertirse en el escenario donde se cruzaban los caminos de la expresión. Una época en la que a pesar del estruendo se pudo escuchar el silencio; una movida que fue de todos porque todos se empeñaron en crear un mismo cuadro con un mismo pincel llamado libertad.

Etiquetas, ,
Artículo anterior Artículo siguiente