Cultura y sociedad

Un mes y 128 millones de euros en calle Mármoles

Los vecinos del barrio de La Trinidad vuelven a la realidad tras la lluvia de premios que supuso la llegada del gordo el pasado 22 de diciembre

14.10.2018 @dpelagu 14 minutos

Este reportaje fue realizado en la segunda quincena de enero de 2018, cuando solamente habían pasado unas semanas desde que el terremoto del gordo sacudiera calle Mármoles

Mientras Yossueff Salhi y Noelia Katiuska, niño y niña de San Ildefonso, cantaban a las doce menos cinco el Gordo de la Lotería de Navidad, Catalina Durán había salido de su administración de loterías a hacer un recado. Catalina, Lina, trinitaria de toda la vida, la lotera de “La Biznaga” en calle Mármoles, cero expectativas cara al 22 de diciembre, vio que la administración estaba tranquila y fue a entregar unos papeles a un bar a 50 metros. Conforme salía de allí, recibió una llamada de su hijo, que seguía el sorteo en casa.

-Mamá, ya ha salido el gordo.

-¿Ah, sí? ¿Y en qué ha terminado?

-En 98.

-Ah, pues yo tenía un 71 198.

Fue el primer número que se le vino a la cabeza, pese a los múltiples 98 que habían pasado por las manos de la lotera.

-Mamá, que están diciendo que ha sido en Málaga.

-Uy, en Málaga, ¡qué bien!

-¡Están diciendo que ha sido en calle Mármoles! ¡Mamá, que has sido tú! ¡Que has sido tú!

Y Lina empezó a caminar más rápido hacia su administración.


En Barbarela, a 2 km del que entonces era el lugar más afortunado de España, Antonio Fortes -ludópata rehabilitado- desayunaba con su mujer sin siquiera recordar que el día era aquel en el que el número de jugadores es más alto. Fue su mujer la que lo vio en una de las pantallas:

-Antonio, que el Gordo ha tocado aquí.

-Sí.

Y no pensó en nada en absoluto.


En la panadería de la calle “El peso de la harina”, que acababa de abrir hace tres meses a 200 metros de la administración de loterías de Lina, los niños de san Ildefonso cantaban por la radio. La propietaria, Ana Isabel Díaz, treintañera y de Riogordo, al principio de la mañana prestaba atención, pero se fue disipando conforme entró en faena y los grandes premios no llegaban a las primeras horas. Mientras vendía, amasaba u horneaba, los niños cantaron la cifra premiada con el mayor premio del día, pero ella no se enteró. A los pocos minutos, una vecina llegó corriendo, muy nerviosa, gritándole ininteligiblemente. Ana tuvo que echarle paciencia para entenderla:

-¡Que has vendido el Gordo! Lo he visto en la tele y es nuestro número. Me has vendido el Gordo.

Automáticamente, Ana se contagió de los nervios. No le pareció que fuese real, pero decidió comprobarlo en su móvil. Los dedos le temblaban tanto que no atinaba a las teclas para buscar el número agraciado. Salieron un momento a la calle:

-Eh, chica, perdona. Haz el favor de mirarme en internet qué número ha salido en el sorteo del Gordo.

La joven -que pasaba por ahí- lo buscó, ante los dos manojos de nervios que se lo pidieron.

-El 71 198.

Y Ana, emocionada, chilló.


Pocas horas antes, cuando se despertó de un salto de la cama, el presidente de la Asociación de Vecinos de La Trinidad, Juan Romero, no podía ni imaginar que ese mismo día su barrio aparecería abriendo todos los telediarios y periódicos. La administración de Lina se sitúa en calle Mármoles, lo que Juan considera la frontera entre el barrio de la Trinidad y el del Perchel. No es diferencia baladí, puesto que -aunque ambas son zonas populares con gran solera- para él es realmente importante definir qué es y qué no es trinitario.

Es trinitario, por ejemplo, Nuestro Padre Jesús Cautivo, aunque Juan no se cansa de recordar que también lo son las cofradías de la Soledad y de la Salud. Lo indudable es que la devoción por el Cautivo en La Trinidad es enorme y que es habitual que los negocios del barrio luzcan en su fachada una pequeña estampa de la cofrade efigie. La calle Trinidad, en la que se sitúa la casa hermandad de la cofradía del llamado “Señor de Málaga”, actúa también como una suerte de frontera interior dentro del barrio, para Juan: de Trinidad a Mármoles, la zona de las viviendas sociales, los corralones, la rehabilitación incompleta y la droga; de Trinidad para arriba, donde él vive, la zona en la que se mantiene el verdadero espíritu de la zona. Y es que Antonio, que no se ha mudado de La Trinidad en sus más de sesenta años de vida, tuvo oportunidad de comprarse el apartamento en otro barrio, pero la rechazó por un piso cerca del Hospital Civil, en la zona norte. Si la única opción hubiera sido más al sur de calle Trinidad, habría procedido a despedirse de su barrio: “Con todo lo que hay ahí”, piensa, “yo no me metería en un patio de esos”.

Antes de los años setenta, la zona estaba llena de lo que Juan considera auténticos trinitarios. Vivían en casas que, muchas de ellas, se organizaban en corralones con un único inodoro colectivo. Se produjo entonces una reforma que obligó a los vecinos a mudarse. Cuando sus antiguos hogares fueron derribados, se construyeron viviendas más modernas, se añadieron baños y patios para cada casa, pero ningún antiguo vecino ya quería volver. Otorgaron la vivienda a gente que a Juan le parecía que venía de todas partes menos del barrio:

-Esa gente no ha mamado el espíritu del barrio de La Trinidad. Aquí siempre hemos sido humildes, pero buena gente. Nos ayudábamos los unos a los otros. Ese espíritu no lo ha captado el que ha venido. Aquí va cada uno a lo suyo, a hacerse la puñeta, a creerse los dueños del barrio o del patio. Ese es un cáncer que tenemos ahí. Mientras la droga y la mala gente, esos matones que van por ahí con navaja, sigan haciendo lo que quieran…

El proyecto se quedó a medio hacer, con muchos solares vacíos, y se fundó la AA.VV. La Trinidad -con el primer objetivo de hacer integral la reforma- como sucesora de la entidad vecinal que había propulsado la rehabilitación, aunque fuese parcial, de la zona. El tiempo en la Asociación de Vecinos de La Trinidad se mide por cambios urbanísticas.

Juan llegó a la presidencia cuando se hizo la obra para abrir calle Jaboneros, en el 2000. Esta vía, que va desde el estadio de la Rosaleda hasta Armegual de la Mota y el Corte Inglés, se creó -entre otras cosas- para evitar que se formara un gueto en las rehabilitadas viviendas sociales entre Trinidad y Mármoles. El resultado fue que, en vez de un gueto grande, ahora hay dos guetos pequeños: una a la derecha y otro a la izquierda. Hay droga aquí y hay droga allí. Hay mafias que okupan pisos aquí y hay mafias que okupan pisos allá. Juan pasea, hace recados y no le gusta un pelo cómo está aquello. Le parece que los solares vacíos –“¡Gracias a Dios conseguimos que los vallaran!”- y la droga son el cáncer del barrio. Antonio cree el mayor premio que le puede caer a La Trinidad es que la Junta y el Ayuntamiento se pongan de acuerdo para acabar con los solares vacíos. Y, si encartase, en colocar una comisaría.


A eso de las doce, mientras Juan hacía tareas de casa con su mujer en su piso de calle Sevilla, Lina no se lo creía del todo:

-Pero, ¿qué número ha tocado?

-El que tú me acabas de decir -certificó al otro lado del teléfono su hijo.

Para ese momento, Lina ya había llegado a la puerta de su administración. Dentro estaba la empleada, con la que seguía el sorteo por una pantalla que tienen instalada antes de irse en el minuto clave, teléfono en mano. Ya les habían llamado la prensa y la delegación de Lotería y Apuestas del Estado.

-Lina, ¡que ya están a los teléfonos!

¡Pero si está saliendo el número ahora mismo!, exclamó Lina. Shock. No-puede-ser-que-sí-que-no. Los periodistas de la prensa, que les pareció que estuvieran esperando detrás de la esquina, llegaron antes incluso que los de la Delegación de Apuestas y Loterías del Estado. De repente, el local se llenó de gente que sabía que ahí había caído el Gordo y todos los teléfonos parecieron empezar a sonar a la vez. La prensa vino con una furgoneta de televisión y esta atrajo un reguero de curiosos, más los agraciados que poco tardaron darse cuenta de su nueva condición económica. Por obra y gracia de la delegación de Loterías y Apuestas del Estado, de repente Lina se vio con un cartel, unas camisetas y un champán que aseguraban que había dado el Gordo de la Lotería de Navidad.

Lina, que lleva cincuenta años vendiendo azar en el barrio que le vio nacer, se encontró rodeada de gente que a ella le parecía del barrio y que la besaban, abrazaban, felicitaban, que lloraban o salían en la tele agradeciendo a los cielos y al Cautivo; de tímidos que se acercaban solo para decirle “Mira, que yo he sido, pero no quiero salir en la tele”; “¿Te acuerdas que te dije que le iba a regalar un décimo a cada uno de mis hijos? ¡Pues nos ha tocado a todos!”, “Por fin voy a poder pagarle a mi hija la hipoteca de su casa”, “¡Tapar agujeros!”. Cada uno según sus costumbres y sus ideas, pensó Lina.

En algún momento, entre quién-ha-venido-quién-ha-llegado-quiénes-son, miró una lista en la que apuntaba a qué grupos había vendido cada número y vio que era el que habían adquirido en la panadería de Ana, el gimnasio O2 del Perchel y el área de Movilidad del Ayuntamiento; aparte de todos los afortunados por ventanilla que mayoritariamente estaban celebrando allí con ella. Entre el gentío, había quién todavía quería echar la Primitiva (“¡Entra para dentro! Alguien te despachará”) y sorprendentemente, cada vez más prensa. Lina puso dos papeleras, sacó dos tableros grandes y llamó por teléfono al Telepizza más cercano. Todo aquel que llegó a la Administración de Loterías “La Biznaga” dos horas después de que tocase el Gordo del 22 de diciembre de 2017 se encontró con un trozo de pizza esperándole. No se fueron todos de allí hasta las diez de la noche.


En AMALAJER (Asociación Malagueña de Jugadores de Azar en Rehabilitación), Antonio Fortes y sus compañeros se dedican a intentar ayudar a personas con graves problemas de ludopatía. Antonio puede hablar con conocimiento de causa, ya que estuvo preso de esta enfermedad durante casi media vida. Es muy crítico con el sistema que fomenta y justifica el juego de azar, no cree que la limitación a mayores de 18 o los letreros de “Juega con responsabilidad” sean filtros suficientes. Él cayó en la adicción tras ser inducido desde pequeño en jugar a las cartas, algunas tragaperras, nada demasiado serio, pero una huella en su cabeza que acabaría creciendo.

Conforme creció e incluso se casó, Antonio también le cogió algo más de gusto al juego y empezaba a tener la necesidad compulsiva de jugar. Creía que, en algún momento, sería capaz de ganarse la vida con el azar. Alguna vez le cayó un “gordo”, un premio bastante abultado que alimentaba su ilusión de llegar a ser jugador profesional. Lo que hoy él ya sabe es que, a la postre, siempre gana la banca. Por eso él cree que el mejor jugador es aquel que lo hace por diversión y no por intentar ganar dinero. “El que lo hace por el premio”, dice, “ese ya está camino de la ludopatía”.

El ludópata termina jugando a todo, también a mucha lotería. Aunque no es habitual que esta sea la vía de entrada a la adicción, puesto que el resultado final (recompensas) tarda demasiado en llegar y aquel que tiene personalidad adictiva quiere resultados ya; se preocupó por aquellos que ya pudieran tener un problema con el juego, puesto que sabía que un premio, lejos de solucionarlo, se lo intensificaría. Ojalá a él nunca le hubiera tocado nada. De hecho, todas las Navidades, en su empresa, pasaban un décimo que jugaban todos y él nunca compraba. Él afirma que le da exactamente si a la gente le toca, no le toca o le deja de tocar. Él está feliz, sano, con su familia y eso es más importante que cualquier perspectiva o posibilidad de ganar dinero. “Yo ya me caí en un pozo y mi manera de no volver a hacerlo es ni asomarme”, especifica. El día que él cree que le tocó el Gordo fue cuando entró por la puerta de AMALAJER dispuesto a curarse.

En todo esto trabajaba Antonio a 2 kilómetros del barrio de La Trinidad, mientras todos los ganadores festejaban su buena suerte.


Ana Isabel Díaz Martin, la panadera de “El peso de la harina”, tan solo llevaba tres meses y unas semanas siendo la panadera de “El peso de la harina” cuando se convirtió en la heroína de la calle. Originaria de Riogordo, inauguró su negocio el 15 de septiembre tras encontrarse en el paro y sin perspectiva laboral. A las dos semanas de llegar, como es costumbre en los comercios, se le ocurrió comprar lotería para venderla en su local. Tiene colocada una estampa del Cautivo en su fachada, lo cual la integra perfectamente con el resto del barrio. Mandó a su hermana a traer un número de la administración más cercana, la de la Biznaga, y –como no tenía el que ella quería, el 23105- escogió uno al azar. La suerte fue que la administración era la de la Biznaga.

Cuando supo que le había tocado, sintió que empezaba a llegar gente de todos lados a celebrar. A todos les entró hambre así que le pedían continuamente pitufos, piñas o molletes. Como ella no sabía qué hacer en una situación así, siguió trabajando y despachando a todo aquel que lo pedía. Llegaron los de Canal Sur, los de los periódicos, las cámaras, y cuanta más gente había, más se consumía y ella más trabajaba, ajena a todas las cámaras y los festejos. No quiso salir grabada en ninguna televisión y su mayor aparición en prensa fueron entrevistas con La Opinión de Málaga y Diario Sur, fotografías incluidas. Echó a todos a mediodía para poder cerrar e irse a comer con su familia, pero por la tarde volvió a trabajar y ya no vino nadie más a celebrar el Gordo. A las ocho, con la panadería ya muy tranquila, descorchó una botella de champán.


Tras toda la mañana realizando gestiones en casa ajeno al tema del día, mientras Lina ponía dos tableros con pizzas familiares en su administración, mientras Ana cerraba la panadería para irse a comer con su familia, mientras Antonio seguía con el día más normal de su vida en AMALAJER; Juan Romero se sentó al sofá a ver la televisión con su mujer, que puso los informativos de mediodía de Canal Sur. La noticia del día estaba clara: La Trinidad se había vuelto millonaria, o al menos eso le decían desde la televisión al boquiabierto presidente de su asociación de vecinos. Reconoció inmediatamente la administración de loterías, donde él mismo suele comprar, pero no quiso acercarse a saludar, felicitar, festejar o similar. ¡Si al menos le hubiera tocado! No se trata solo de comprar en cada sitio, también has de acertar con el número concreto. Juan pensó en todo lo bien que le podía ir a todas las familias trinitarias que lo estaban pasando mal y la suerte que habían tenido. Luego, cuando vio por la tele la escena de la administración de Lina, no se sintió del todo satisfecho. De todos los que allí celebraban, solo reconocía como auténticos trinitarios a dos.


La prensa volvió a ir al día siguiente por la mañana a la administración de Lina y ella seguía sin asimilar qué había pasado el día anterior. Goteaba gente para preguntar, a felicitar e incluso a hacerse selfies con el cartel de “Ha caído aquí”, que estaba en la puerta. No había dejado de despertarse la noche anterior a cada rato, con la cabeza todavía dando vueltas.

Cuatro días después se armó de valor y leyó los casi mil mensajes de Whatsapp que tenía en el móvil. Se pudo ver en los vídeos que le enviaban familia y amigos del día D: Lina saltando, celebrando, bailando, brindando, chillando, cantando, festejando. También le llegaron correos de periodistas y vecinos con todas las imágenes y vídeos con las que abrieron telediarios y periódicos:

-¡Qué fatiga las caras que puse!

Pero en el fondo no le importaba demasiado porque se lo había pasado pipa. No imaginaba que diera tanta alegría dar el Gordo.

Desde el día que apareció delante de toda España como la lotera más afortunada del pasado sorteo navideño, en la administración de Lina ha habido veces que no veía la puerta, de lo lleno de gente que estaba, con las colas hasta mitad de la calle; veces que, cerrando hasta las 20’30, tuvieron que quedarse hasta las 21’30 o al mediodía, a veces no cerrar hasta las 14’30: “¡Vámonos, que tendremos que comer al menos!” A Mármoles ahora viene gente nueva que quiere ser partícipe de su suerte y los de Mármoles de siempre, que compran un poquito más. Es algo más de faena, pero bienvenida sea. Las ventas se han multiplicado y ella quiere seguir dando premios, que “ya que le ha cogido el gusto…” La gente le pregunta:

-¿Y ahora qué toca siguiente?

-Usted eche, que ya verá como les doy otro. ¡Que necesitamos más fotos!


Una madre primeriza llega a la panadería de “El peso de la harina” y Ana comenta con ella:

-Los niños quieren el pitufo blando, el mollete blando… Todo blandito.

-Pues eso es.

-¡Con los dientes tan fuertes que tienen!

-Ya, pero… Ya sabes tú.

Ha pasado un mes desde que le tocara el Gordo y Ana no está segura de que sea consciente de lo que ocurrió. Piensa en ese día y no entiende muy bien por qué reaccionó así, “quizá debería haberme una semana de viaje por ahí”, pero se encoge de hombros para sí. Su vida no ha cambiado, más tranquila, menos hipoteca, pero todo igual. Sigue trabajando, sigue con su fluir normal y corriente… Ella solo espera no tener que cerrar la panadería, a la que ha tachado las tardes y los domingos del cartel del horario, que ahora reza: Abierto todos los días LUNES, MARTES, MIÉRCOLES, JUEVES, VIERNES, SÁBADO, DOMINGO. Ana mira a sus vecinos, a los que hizo ricos, y los ve igual. Más contentos, con más cachondeo –el tema de la Lotería siempre sale-, pero iguales.

No tiene por qué cambiar la cosa, se dice, ¡si hubieran sido cuatro mil millones de euros, a lo mejor estarían todos ahora en un barco celebrándolo por ahí! Pero fueron 400 000 euros para cada uno. Es solo dinero.

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