Cultura y sociedad

Veinte años no es nada (un análisis del XX Festival de Cine de Málaga)

Hacía semanas que el engranaje mediático que ampara al Festival de Cine de Málaga hacía llegar a cualquiera que no viviera en una caverna el mensaje de que este era el año de la apertura latinoamericana. Una avispada modificación del título del certamen pronosticaba un movimiento estratégico a todas luces acertado: de una parte, la […]

28.03.2017 @helviox 3 minutos

Hacía semanas que el engranaje mediático que ampara al Festival de Cine de Málaga hacía llegar a cualquiera que no viviera en una caverna el mensaje de que este era el año de la apertura latinoamericana. Una avispada modificación del título del certamen pronosticaba un movimiento estratégico a todas luces acertado: de una parte, la industria patria cada vez maquilla más sus raquíticas cifras a costa de las coproducciones; y de otra, más prosaica todavía, la Sección Oficial llevaba varios años dando síntomas de agotamiento.

Con la presentación de los largometrajes a concurso ya algo se enfrió: en la práctica, como un equipo de mitad de tabla que sube jugadores del filial para meter presión a los titulares -aquí no suena Míchel-, el Festival esquilmaba sus secciones paralelas (ZonaZine, Territorio Latinoamericano y Málaga Premiere, ya desaparecida) para nutrir a la principal, pero adaptando el tono de la selección foránea: menos experimental, más comercial y, para hacerla más apetecible a las casas productoras, con Biznaga propia.

Analizada a posteriori, la expansión internacional no ha sido para tanto (¿qué fue Kóblic el año pasado?), y lo que sí ha escondido es una transición mucho más suave y menos destacable: la del Festival como una cita definitivamente minorista, que no busca tanto su realización en el descubrimiento de nuevos valores fílmicos, como en el crecimiento de sus propias cifras de pernoctaciones, taquillas y retuits.

Queda así en gustos la reflexión sobre si la cacareada ampliación de horizontes resulta o no una cortina de humo para diluir que, veinte años después, Málaga continúa desaprovechando la oportunidad de ser el enclave anual de la cinematografía en español. La industria, mientras tanto, no se pierde nada por no estar. Este año, el certamen apenas estrena en su sección oficial, con nada menos que cuatro cintas recientemente presentadas (de verdad) en Berlín, y varias de ellas estrenadas comercialmente allende los mares.

Precisamente de entre las películas heredadas de la Berlinale han emergido las dos grandes ganadoras: Verano 1993, la magnífica ópera prima de Carla Simón; y Últimos días en La Habana, el drama cubano de Fernando Pérez. Y aunque ha habido espacio para algunas buenas noticias (El otro hermano, No sé qué decir, Selfie) y también alguna propuesta fallida aunque con cierto interés (Pieles), el hecho recurrente en Málaga es que los escasos descubrimientos quedan siempre camuflados entre el habitual batiburrillo de reestrenos patrocinados y telefilmes inimaginables en cualquier otro festival que se dijera tal (La niebla y la doncella, Plan de fuga, Señor, dame paciencia).

Demonios tus ojos, de Pedro Aguilera
Demonios tus ojos, de Pedro Aguilera

 

Mientras, a unas calles del boato, Demonios tus ojos y Julia Ist brillaron calladamente dentro de lo que queda de ZonaZine, alejadas de la pompa cuando más necesitadas estarían de ella. Tampoco han faltado las cintas-síntoma del estado de la industria: con interés pero lastradas por el difícil momento para hacer cine medio incluso para realizadores probadamente solventes como Roser Aguilar (Brava) o Esteban Crespo (Amar). En suma, lo de cada año.

Asentado el modelo, cabe preguntarse entonces si las autoridades competentes dan por bueno un festival con este reparto de cuotas. Parece que sí. Pero dos décadas después ha quedado claro que para atraer a los grandes nombres, recuperar a los que un día brillaron y no vuelven, y ser, en definitiva, la gran cita del cine español, harían falta menos peajes y mejores películas. Aunque quepa la sospecha de que esta directriz podría suponer el descarte de algún patrocinador, y con ello el redimensionamiento del festival. La eterna batalla entre el corto y el largo plazo. Quizá esto sea sólo el comienzo y lo mejor esté por llegar: que veinte años no es nada.

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