Literatura

Así se fue haciendo el niño en hombre

oh pasión jovencísima   Bajo el título La ceniza de tu nombre (Valparaíso ediciones, 2017) Jorge Villalobos, joven y ya imprescindible poeta de la más joven generación que viene despuntando y cuajando desde hace unos pocos años, nos ofrece en un solo volumen dos series de poemas, que parecieran constituir,(como ya pormenorizaremos) por su forma, […]

24.05.2017 9 minutos

oh pasión jovencísima

 

Bajo el título La ceniza de tu nombre (Valparaíso ediciones, 2017) Jorge Villalobos, joven y ya imprescindible poeta de la más joven generación que viene despuntando y cuajando desde hace unos pocos años, nos ofrece en un solo volumen dos series de poemas, que parecieran constituir,(como ya pormenorizaremos) por su forma, por su dicción, dos libros independientes, como bien marca el índice; “Libro primero”, “Libro segundo”, no al modo de primera y segunda parte de un conjunto unitario, sino como dos auténticos “Un libro” y “Otro libro”, a los que bien pudieran corresponder dos deferentes títulos, si se nos ofrecieran en dos diferentes volúmenes. Esto no deja de ser cierto en una primera aproximación: la sucesión temporal de la composición de ambos, el diferente tiempo y esfuerzo empleado en la escritura de cada uno (más breve y fluido el plazo de la primera serie, más laborioso y esforzado el de la segunda) podían hacernos insistir en esta visión dual de la entrega única.

 

Así, como bien señala Antonio Jiménez Millán en su estudio introductorio (que hace casi innecesarias estas notas mías) la primera serie (tal vez separando de ella la ELEGÍA inicial, que se nos ofrece a modo de prólogo, de una forma que acaso gravite en exceso sobre la correcta comprensión dicha serie) constituye una secuencia unitaria, a modo de suite, compuesta por doce secciones (sin título, y numeradas en romano) y que bien pudiera titularse Celebración de aniversario; fecha ésta, 10 de junio, que coincide con el cumpleaños del poeta, y que da unidad a toda la serie, no sólo desde el punto de vista temático, sino con una clara marca léxica que vuelve una y otra vez desde la primera luz de “Hoy”, hasta el acabamiento de la jornada. Celebración que justifica la importancia de las voces familiares, que van deslizando su afectiva coloquialismo en el discurso autorreflexivo del poeta (impregnado a su vez este también de familiaridad, entreverada con una dicción más puramente poética) y que tienen su punto más destacado en la articulación del nombre del poeta y de algunos de los nombres de esas presencias o de esas ausencias que acuden a investirlo de su nueva condición de recién nacido ese preciso 10 de junio, el mismo, y el diferente.

 

El nombre propio es para nuestro `poeta ya una especie de conjuro desde el poema final de su anterior libro,Mi voz, que te reclama: “Mas por qué, te pregunto,/ tú, Jorge Villalobos….”, o en la inicial elegía Elegía a Carolina Portalés, como el de las Amparo, tía y abuela, como el del amigo Pepesteve, como las figuras sin nombre del abuelo, del padre; pero el impostado Jorge Villalobos ya se ha convertido en Jorge, en Jorgito, precisamente cuando el árbol de su vida ha pegado un nuevo estirón, cuando la columna y el templo se han arrancado un poco más del cimiento en busca de las nubes, cuando es preciso renovar la ropa a una nueva talla corporal que es una nueva talla vital, que es una nueva sílaba ardiente, un nuevo verso, un nuevo poema en la página siempre dispuesta para llorar sobre ella y luchar sobre ella contra el tedio y los fantasmas.

 

El crecimiento, el hecho mismo de ir creciéndose, es un tema central en estos poemas de Villalobos, la conciencia de estar contemplando el propio desarrollo, casi vegetal, en el momento mismo de estarse produciendo, in fieri: la niñez o la adolescencia en Villalobos no se ven así con la nostalgia de la lejanía, sino como momentos de un proceso que está haciéndose a cada momento; un crecimiento que lo aboca a la vida, al sufrimiento (a eso que duele) y a la creación; no menos al crecimiento del alma, de sus horizontes y de sus fronteras. Como luego de sus alas (palabra que se hará clave en la segunda serie del volumen).

 

Una de las características de este primer libro es su carácter marcadamente musical, no en la “musicalidad” de su ritmo, sino en la reiteración de leit motivs, no sólo léxicos, sino imaginísticos, o temáticos: la importancia de lo hogareño, no ya de lo doméstico, donde todo es pálpito y latido  (bum), se despliega en una mención constante a las tareas de mesa intimidad (el estudio, el desayuno, la mesa familiar, la escritura) a los espacios (dormitorio, pasillos, salón) y el mobiliario: (la cama del despertar, el armario  y la ropa que en él se contiene, que adquiere casi la impregnación de la ropa del oficiante del rito de la ternura y el afecto). Sólo un ejemplo entre muchos, que pudieran hacerme reescribir el libro entero de Jorge, tomado al azar: “Cuando la camisa de mi alma resultaba herida –alguna vez nos han herido-/ estaba mi abuela Amparo para tejer de nuevo el amor”. No menos simbólica es la contemplación de las perchas del las que cuelgan las prendas del abuelo y que parecen esperar la nueva estatura del joven; de los hechos minúsculos de abrocharse los botones, de anudarse la corbata o los cordones de los zapatos; todo este mundo casi de interior holandés, en que todo elemento material alcanza la categoría de símbolo y el germen de una imagen que metarmofosea la realidad cotidiana en visión lírica.

Fotografía de Ana Alarcón

Esta celebración de aniversario (hoy soy feliz) va culminado en las últimas secciones:

Este día se va completando ante mis ojos

lo rebosa igual que una fotografía al álbum de mi memoria,

parece una plenitud de familia reunida en las cenas de celebración

donde aun esta mi padre con su sonrisa abierta

como un patio de recreo que nunca termina de envejecerse,

Y lo recuerdo feliz,

siendo un mármol alegre de verme jugar en él

un mármol sin agotamiento de ser el suelo de mi infancia.

 

Es cierto que las sombras terminarán ocupando el lugar de las presencias y el mármol adquirirá otras connotaciones más dolorosas, más adelante, pero al final de este día de celebración, en una magistral y grandiosa “escena”, llena de emoción casi operística (de ópera de Debussy, por supuesto) hace su aparición la madre esperada, para culminar la amargura de la separación y la dicha del reencuentro:

 

“Este fuiste

En esto hemos ido viviendo, Jorge, queriéndote

Mientras cambiabas, como cambian las estaciones, pero no la tierra;

Como cambian los cuerpos amantes pero no la verdad de su amor;

Mientras crecías, Jorge,

Con una inocencia de diente de leche,

De diente soñador, blanco como el sabor del mundo a mediodía-

Y es mi madre,

Yo sabía que vendrías a hablarme así…..

Y aún me quieres y esto es suficiente”

 

Concluye así el poeta la celebración de este casi sagrado 10 de junio, conmemoración perpetua de su salida a la vida y cumplimiento de un nuevo anillo en el tronco que lo hace ensancharse y crecer, echarse al camino, a descifrar el enigma, a enfrentarse con la vida. o con la muerte, sin temor a una ni a otra.

 

Desde el principio de estas notas, y desde el principio de mi lectura, he sostenido la diferencia de ambas series de poemas como constituyendo dos libros diferentes: en efecto, en el segundo la forma se hace más constrictiva, el vocabulario más denso, la fluidez se trasforma en espesor y densidad y los leit motivs en entramados iterativos que no nos atrapan y no nos dejan escapar de su campo energético, no como una red, sino como una viscosidad de fulguraciones. Los poemas, ya lo anticipamos, adquieren una estructura más cerrada, el lenguaje se pliega a unas estructuras métricas más tradicionales, en torno al endecasílabo; se hacen más breves y más concentrados; en algunos momentos la voz se hace más sentenciosa y formularia, más solemne y tal vez impostada, “Un poema es un buen hombro en que llorar”, “La sombra de una lágrima es eterna”, “La vida es tan eterna que se acaba, ““La lluvia más humana es la palabra”. Formulaciones estas ante las que el lector no puede más que asentir, y buscar cuál sea la ubicación de tales afirmaciones categóricas en el texto (en el tejido) que se nos propone. Por otra parte se enriquecen las imágenes de la infancia, y junto con la presencia de la rutina y del tedio y el desencanto, se trenzan guirnaldas y se tremolan banderas, en “el globo de feria que era el mundo”. Cierto es que en esta segunda serie se insiste en temas de carácter metapoético, la actividad poética protagoniza algunos de estos poemas, como enigma y como vocación, sin abandonar por ello el tema del crecimiento: “Escribes la inmensidad de tu sombra,/ para entender la luz que te edifica”. Aparecen nuevos temas como el del amor renovado, y la importancia de entidades psíquicas, pero casi corpóreas, a veces no del todo discernibles; alma, espíritu, corazón. que se constituyen como espacios o como proyecciones con las que dialogar o a las que dialogar, también pálpito, igualmente latido.

 

Todo ello es cierto, como ya he repetido, pero una lectura más demorada y más afinada no deja de revelarnos la íntima relación entre ambas colecciones, no porque sea una continuación o evolución de la otra, no por que constituya una alternativa o un nuevo rumbo poético, es más bien como si una se encontrara detrás (o se entrevieras por debajo) de la otra, no en el tiempo, sino de forma simultánea, intercomunicándose, revelándose una bajo el velo trasparente de la otra de forma recíproca, como recíprocos ecos, en definitiva, entrelazadas y necesarias, No en balde el último poema del volumen lleva por título el del libro completo La ceniza de tu nombre y no en  balde en la elegía inicial leemos “Si pudiera olvidarte, pronunciar las cenizas de tu nombre”.

 

Leemos en el poema “Inconquistable” estos versos:

“Hoy llaman por mi nombre un yo anónimo,/ ropa educadamente bien planchada/ al miedo y que no soy”, sobre los cuales resuena como un acorde los versos del poema  I de la primera parte: “Yo aprendí de ti a ser educado hasta dolerme,/ ordenando en mis ojos cada llanto  igual que una cubertería”. En efecto, entre la primera secuencia (celebración del 10 de junio) y la segunda, corren toda una serie de temas recurrentes, nunca contradictorios, sino complementarios, autorreferentes, que a despecho de las diferencias, hacen de este libro un conjunto difícil de deslindar, y a sus poemas piezas inseparables e irremplazables, como versículos de un único salmo. (Al lector de estas líneas invito desde aquí a buscar y trazar esas líneas sutiles que más allá de la ceniza trazan el nombre y el rostro de Jorge Villalobos.

Termino, ya por demás, citando unos versos del también mencionado último poema de Mi voz, que te reclama en este el poeta no se dirige, como Cernuda, a un “Poeta futuro”, cuya lectura daría sentido a su solitaria tarea de desterrado e inquerido, sino que toma la voz del lector inmediato, ( al que parece buscar como para mirarse en un reflejo fraterno), y que se dirige al poeta recién estrenado;

 

Hola, poeta joven y profundo, mas joven.

Soy tu lector querido, a quien le solicitas

con ansia una crítica, y perdóname en ello,

pues no soy un experto no sé de la palabra (…)

Sobre tu estilo noto que es tan atemporal

como a veces complejo, donde las reminiscencias

clásicas, si evidentes en tus gestos, abundan

y nutren (…)

y he aquí tu sabor

 

 

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