Literatura

Charles Baudelaire inventó la modernidad

Charles Baudelaire fue la voz de la ciudad moderna, mientras otros cantaban a los cisnes o a la Venus de Milo. Acabó hemipléjico y sin voz aquel que puso tanta voz a la poesía ya a un paso del siglo XX.

21.05.2016 @emilioarnao 6 minutos

Baudelaire está enterrado en el cementerio de Montparnasse. Voy a verlo y le dejo el maniquí de Ramón Gómez de la Serna. Llueve en París y miro en una página web las fotografías que le hicieron a Charles Baudelaire. Sale feo, como era, con un cabello como de haber pasado mucho tiempo en el Club des Haschischins. Miro por la ventana y veo le Tableaux Parisiens. Recuerdo unos versos suyos: “el legado fatal de una hidrópica vieja, / un valet enamorado y la dama de espadas / dialogan siniestros sobre amores difuntos”. Baudelaire tenía ese aire de caída y de culpa, un gesto personal que acudía siempre a la confesión, el mundo como abismo donde toda vez caía algo que formaba parte de la altura. Quizá Baudelaire podría haber sido ese paseante en la colina que ya pintara Fiedrich. Le gustaba el sexo y la tristeza. Tenía por delante toda una ciudad a la cual modernizar, pues toda modernidad comienza en una ciudad, en una orgía, en el hachís o en un juicio por indecencia. Charles Baudelaire fue un bosque de símbolos, el lujo, calma y voluptuosidad que luego pintara Matisse. Baudelaire o el pelo verde.

Llevo toda la vida leyendo “Las Flores del Mal” y todavía no he encontrado una imagen que no fuera posible, que no sucediera, que no penetrara en el alma humana como penetraba el falo de Henry de Toulouse-Lautrec en el cuerpo de Jane Avril. Miro sus fotos y me doy cuenta que el que veo fue un hombre que sufrió, que paseó por las calles para que las calles dejaran de tener nombre, para que el tiempo no se detuviera nunca, en todo caso, sólo cuando entraba en un café para beber vino o para ver a los pintores de 1846 recreados en el salón, copiando tal vez una novela que llevaría por título “La Fanfarlo”, donde, con tinta y aroma de mujer, Baudelaire se relataría a sí mismo, en nombre del conquistador Samuel Cramer, quien al acabar un libro siempre dejaba caer: “Esto es bastante bello como para ser mío”. Baudelaire se miraba ante el espejo cada vez que le brotaba una lágrima mientras se burlaba del héroe romántico. Su dandismo ocupaba la rue Hautefeuille, según la acuerela de T. Masson, mientras se introducía en un fumadero de opio para poder redactar orientalmente sus paraísos artificiales, a la vez que emitía palabras obscenas contra el coronel Aupick, quien le restringía los francos para que no se fuese de putas. Pero la sífilis lo dejó hemipléjico y afásico y aquel que adivinó todo un lenguaje de la modernidad, con el permiso de Arthur Rimbaud, no pudo al final de sus días emitir ni una sola palabra. Su madre lo llevaba en un carrito de inválidos y lo mostraba por París, para que los poetas entendiesen que en el fondo la poesía es más peligrosa de lo que parece.

Charles Baudelaire amó a la mulata Jeanne Duval después de que su padrastro lo embarcara en un buque con destino a la India, por quitárselo de en medio, pero el dandi Baudelaire regresó desde la isla Mauricio de nuevo a París, porque París era la traducción de Edgard Allan Poe y un Champs-Elysées por donde se paseaba con un blusón de campesino sobre un frac cortado al estilo de Brummel. El dandismo baudelairiano celebraba el lesbianismo y definía el concepto del hombre arrinconado por el exceso de conocimiento. Fue un asesino de los decadentes y originó un programa poético en el que el romanticismo se derrumbaba entre las postales de Victor Hugo o de Lamartine. Ascendió a las buhardillas de la Île de Saint Louis gracias a la ética por la estética, inaugurando junto a Gautier la impasibilidad, la forma perfecta, la indiferencia moral. Baudelaire incubó la Unidad Suprema, mientras Alcide Dusolier le llamaba “un Boileau hystérique”, a la vez que Rimbaud, como vidente posbaudelairiano, se fajó con él atribuyéndole que “la forme, si ventée en lui, est mezquine”. Muchos odiaron a Charles Baudelaire, porque sacó el zumo del tradicionalismo, aún preciso en él, desde ese visionarismo, tan rimbaudiano por otra parte, que le permitía ser moderno cuando la modernidad todavía no estaba inventada. ¿Pero era moderno el contagio de una enfermedad venérea?

La claridad de Baudelaire está ocultada por la máquina de las fotografías, pues, tras su presunta racionalidad, se amagaba detrás de un telón con fondo de tinieblas, de brumas, de helada urbana, donde el misterio y lo secreto producían un terror que no soportaba una mala lectura. Para el juez, sus flores malditas representaban un “grosero y ofensivo tema para el pudor”, como Flaubert y su Bovary. Todo poeta que intenta embellecer el mal siempre es acusado de negro, de travesti, de corruptor de menores, de ladrón de bellezas primeras. Pero ¿y los paisajes exóticos? ¿Acaso no servía de mucho el éxtasis, la alcoba oscura, la cabellera de Duval, el pañuelo ensangrentado por la luz de las farolas de gas? No es fácil explicar por qué “Las Flores del Mal”, además de ser un libro que yo considero como uno de los más importantes que jamás halla escrito un poeta, marca de lleno la entrada en una nueva época. Quizá porque Baudelaire tuvo el arrojo de contar la ciudad con todo su lumpen, con todo su vino, con ese spleen que padecía París, derivando en un amor que por vez primera se suscitaba desde el antirromanticismo, con todas las llagas y todo el veneno que supone amar y no ser correspondido, arder como un vestido de noche y sentirse como un proscrito en un lugar donde la proscripción le relegaba a Baudelaire hacia el malditismo y hacia el dandismo. Lo dandi en Baudelaire no era que intentara a cada momento ser sublime sin interrupción, mirarse al espejo y llorar con un llanto de opio o de fealdad, sino lo que propiamente era el dandismo, es decir, esa manera de epatar y de contravenir las pulsiones de una sociedad burguesa y adinerada que nunca entendería la pintura de Delacroix o la poesía sonámbula de Nerval, quien, antes que romántico, fue a su vez maldito y enfermo de esquizofrenia, en una locura que compartía Baudelaire, para quien la enfermedad no era la sífilis, ni siquiera la tristeza, sino una sociedad horripilante que nunca supo realizar convenientemente la Revolución Francesa.

En 1862, el crítico literario Hetzel le llamó: “ese extraño clásico de las cosas que no son clásicas”. Hetzel no tenía ni idea de lo que Charles Baudelaire estaban intentando, esto es, apelar al símbolo de un orden ideal, de una onírica Unidad Suprema, a la vez racional y moral, dentro de un amoralismo dandi que permanecía frío e hierático en un poeta que adquirió todo un principio poético alejado de las conclusiones con que París abordaba la vida, el tiempo, la muerte, el dolor, la biografía, el día a día, alejándose de la cotidianidad para alumbrar otra cotidianidad más oscura o más cruel, en una crueldad que le venía del hachís y del ramerismo, de las emociones comprimidas “como un papel que se arruga”. Walter Benjamin adivinaría a Charles Baudelaire como ese maldito que fue capaz de contar la gran ciudad, cosmopolita o anónima, en ese “locus” personal que era París para un visionario que padecía de geometría y de una virtud que siempre quiso que fuese alucinada, múltiple, orgiástica, devoradora. La virtud en Baudelaire no existe, lo que existe es esa extraña belleza del hombre envuelto en correctivos urbanos y en coacciones políticas. Baudelaire fue el poeta del dolor, por eso a mí me gusta sobremanera y, siempre que viajo a París, le llevo a Montparnasse unos versos, los cuales coloco sobre el mármol, junto a otras palabras que, ya de paso, dejo en las tumbas de César Vallejo o Julio Cortázar.

Charles Baudelaire realizó uno de los libros más atroces que jamás yo haya leído, permitiendo que su corazón quedara al desnudo y que el lenguaje se mostrara en su forma más pura, más tierna, más ilegítima, más jugadora de la rayuela. Sin voz se quedó aquel que con voz acumuló belleza.

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