Creación literaria

Alcanzar la libertad

10.08.2016 @emilioarnao 3 minutos

Para alcanzar la libertad sólo es necesario desprenderse de las opiniones de los demás. Odio los consejos. Yo soy yo y mis palabras. Mi lenguaje es santo. Nadie tiene que decirme, aun si lo hiciera por buena voluntad, lo que voy a comer hoy, hacia dónde tengo ir, qué ropa me tengo que poner, qué libros tengo que leer. La dulce luz que proviene de los otros lenguajes me aterra, pues la considero muy lejana a mí. Yo únicamente quiero que me dejen a solas con mi cuerpo y con mi conocimiento. Nadie me conoce mejor que yo. Entonces, ¿a qué viene tanta palabrería? El viejo santo sabe que no todo lo que se dice sirve para algo. Por lo natural, un tanto por ciento de lo que se habla es pura banalidad, sandeces que no vienen al caso, elementos de la lingüística que deberían perderse hacia lo finito. Mi cima es lo que escribo. Para escribir sólo necesito mi yoidad y el idioma que sólo yo sé elegir. Hay gente que confunde escribir con exponerse. La escritura no es una exposición del individuo, sino el gran criminal que todos llevamos dentro. ¡Aborrezco la literatura sencilla, acuosa, maleable, por inútil y grosera¡ ¡El lenguaje está hecho para despertar a los más grandiosos monstruosos¡ ¡Escribir es una monstruosidad¡ Mis convicciones no sirven para mucho, aunque parezca lo contrario, si no están redactadas de manera perfecta. Hay quienes escriben para ejercer eso que se define como catarsis. ¡Qué necedad¡ No hay catarsis en la escritura, sino salvación entremezclada con la más pura belleza. El que escribe por pasar el rato es un hombre acomplejado, vago, lento de reflejos, nómada de sí mismo. Hay que perennizarse en la escritura. De todas las palabras que leemos en los diccionarios únicamente hay que abordar las que sirvan de ejemplo, las que sean útiles para continuar terribilizando al mundo con el objetivo de que lo escrito se adscriba a la eternidad. Escribir para una sola época es síntoma de cansancio interior. Yo no me canso de escribir. Creo que he batido récords. ¡Un día de noviembre estuve 37 horas seguidas escribiendo¡ Y no me dormí. Aunque acabé apuntalado en el infierno y en los abismos. ¡Escribir es abismo¡ Eso lo saben los que ejecutan su libertad desde el momento en que controlan todo lo que hacen. Libertad es control. A veces me parece que nací para escribir y para nada más. Quizá la naturaleza determinó mi devenir, pues no puedo aclararme ante este sentido de mi existencia. Pero, en rigor, también debo decir que no creo en el determinismo. Todo lo que uno hace lo refiere según su propia intuición. Los que creen en el destino son unos saboteadores de la verdad. Mienten como zorros ante el gallinero. No hay nada que esté más allá del mismo momento en que vivimos. De la misma manera el pasado no forma parte de nuestra existencia, pues nos colapsa la libertad del propio instante en que se producen las cosas. Si sólo viviéramos de acuerdo a las acciones de la historia, seríamos una piedra lanzada contra una roca, esto es, un chasquido o una ruptura de algo, no sé, quizá siempre estamos rompiendo algo, nuestra esperanza, nuestra bondad, nuestra ecuanimidad. ¡Es necesario creer en uno mismo¡ De otro modo, nos pasaríamos la vida buscando en los demás lo que en nosotros no encontramos. Y a eso yo lo llamo cobardía. Estoy harto de encontrarme con gente pusilánime. ¡No soporto a los que no se enfrentan a los peligros¡ La vida es solamente un peligro continuo. Hacer frente a él es una forma de sentirnos más libres, más ásperos, más fuertes. La debilidad caza el ánimo de los hombres. Escribiendo, el consumo de la luz se hace más propio. Hemos de aprender a existir con todo nuestro cuerpo puesto en fulgurante vigilancia, porque hay zorros que esperan la salida de las gallinas para atraparlas y devorarlas. La vida consuma devoración. ¿Qué significa devorar? Aplicar los mecanismos necesarios para que el hombre medre y por tanto se impida el acceso a todo tipo de libertad.

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