Creación literaria

Amo mi cuerpo

20.07.2016 @emilioarnao 3 minutos

Amo mi cuerpo. Lo amo tanto que jamás desaparece de mi pensamiento. Quiero decir a esos hombres que desprecian su cuerpo que están equivocados, que todavía no han sentido, de forma lógica, lo que es el cuerpo en relación con la vida. Una vida sin cuerpo es algo que no existe, que se traspapela por los andanares de la fatalidad. Yo amo mi cuerpo porque amo lo que seré. Sin porvenir, no hay salida de aprecio ni de acción. El alma no se puede buscar, pues nunca será encontrada. Los hombres que dicen poseer alma o están ebrios o no han sospechado que el pensar les hará libres. El alma debe dejar de ser escrita en los libros de filosofía. El alma está corrupta de historia, de nombres, de seres ancestrales, de una cultura apocalíptica en que se creyó que todo afán para buscar la contentación debía ser considerado desde algo intangible, etéreo, distinto a la materia, difuminado por entre los procelosos caminos de la teología. ¡Malditos teólogos¡ ¡Cuanto sufrimiento han causado a este mundo, ya de por sí sufriente y abnegado¡ Yo maldigo a la teología, porque ha sido la que ha propiciado que los hombres sean intensamente infelices, soberbios, cobardes, hasta derivar en la proscripción. Dios no existe. Sólo mi Dios, como ya he dicho. Mi Dios es mi cuerpo. Mi cuerpo entregado a la sangre y a los átomos, a la lujuria y al materialismo, al gozo y a la misma imagen de mi cuerpo. Mi cuerpo frente a mi cuerpo ante el espejo. Es ahí donde yo me veo, me ausculto, me enorgullezco de ser hombre, de sentirme vivo frente a esa multitud ágrafa que simultanéa la creencia de un alma con la racionalidad de un cuerpo. Pero qué incauta es esa muchedumbre que no se lanza a la calle alegando su cuerpo, presentando su cuerpo desnudo ante los ojos de los fieles, de los creyentes, de los sacerdotes, de los hacedores de dolor. Si tenemos cuerpo, es porque la biología nos hizo madre. Si tenemos cuerpo, es porque la naturaleza cambió de opinión y remató ante las cenizas las santas escrituras. Todo mal advertido en la historia ha sido como consecuencia al odio del cuerpo. De tanto odiar al cuerpo nos hemos odiado a nosotros mismos. Somos animales inferiores. Gente sin músculos, sin piernas para correr a través de todas las ciudades del mundo, sin gotas de sangre chapoteando nuestro calzado, sin vísceras con las que evitar la ira, la fulminación de las plantas, el ocaso de la vida en su mayor plenitud. ¿Quién se siente pleno si antes no ha obtenido de su cuerpo la fantástica pregunta sobre el origen del mundo? Todo es necedad, agobio, distracción, aniquilación, instantes rotos por los posteriores instantes. ¿Quién de verdad cree que el alma flota por el territorio de las ideas? Ha habido sabios, crueles y despreciadores de la vida, que se han ocupado de culpabilizar el cuerpo como resultado de la voluntad primera a la hora de sentirse uno vivo. Ha habido sabios que hay utilizado el conocimiento para racionalizar el alma sin darse cuenta que la razón sólo se puede expresar a través de los sensitivo, de la intuición, del empirismo. Toda experiencia comienza por el cuerpo bajo una tormenta de lluvia. Más allá de ello sólo resta el desprecio, las turbias doctrinas, la acumulación de odio hacia el propio odio ya acumulado. Yo amo mi cuerpo porque conozco que algún día dejará de pertenecerme. ¿Acaso esto es una avalancha de narcisismo?

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