Creación literaria

Canto de una canción de funeral

01.10.2016 @emilioarnao 3 minutos

Canto una canción de funeral para esos que se enriquecen a costa de los demás. ¡Cómo los odio¡ Odio todo lo que tienen, dinero, palacios, familias, industrias en donde expulsan el espíritu de los pobres, leyes propias para amamantar la egolatría, la vanidad, la ecuestre mirada como la vacía conciencia que constituyen. ¡Odio a los hombres enriquecidos a costa de los negros¡ El mundo, en rigor, con constancia, apoya a estos narcisos como valedores de la modernidad. Pero lo moderno sólo es la modestia. Yo soy un hombre terriblemente humilde, aunque suene a paradoja, creyéndome como me creo el Dios de mi Universo. Estos farsantes edifican burdeles en la punta de los labios de los obreros. Son el burgrave de un tiempo que no cesa, que no se detiene ante los atentados morales de una casta que se cree por encima de toda razón. Lucharé hasta el último aliento contra estos sacerdotes de oro que sólo prevén el lucro y la gestión de sus negocios como actitud enmaravillada  que ellos sienten como días de gloria. Un Dios mío les castigará a partir de la pena a la hora de revolcarse en el barro cuando llegue el tiempo en que entren en las espléndidas ciudades los malditos, los harapientos, los generales de la sed, los acróbatas de la bondad. ¡La riqueza burla todo lo viviente¡ Ejercitan la labor de los mitos que un día fueron creados para castigar a los humanos más míseros. Mis causas prometeicas cercean en la cercandanza próxima a estos litigadores de la fe divina. ¡Mal rayo les parta en cuatro mil trozos para que los buitres les pongan el nombre con sus picos oscuros¡ ¡Qué mundo tan absorbido por la ambición del dinero¡ ¡Qué tiempos éstos y los de siempre por surcar la maldad y todas las palabras en latín¡ Sueño por un mundo más libre que posibilite que la dignidad de la gente asome finalmente tras la salida de cada sol. Empiezo a estar harto de tanto elitismo. Vivir impone la muerte del que es considerado paria.

Lucharé hasta el final hasta ver enterrados a estos envenenadores de la moral en sus fosas comunes, donde como único epitafio diga: “Aquí yacen los que un día fueron los aniquiladores de la virtud”. Con precisión y desde mi ajuste de cuentas, deploro la acción del hombre cuando va encaminada hacia la bitácora que conduce al dolor. Mi dolor no estará salvado hasta que, en consecuencia, y frente a frente, los ricos acaben a su vez en el fondo de los mares, donde los peces muerdan sus trajes de fina seda y sus lenguas de liberalismo optimista. ¿Para cuándo la revolución? La sigo esperando. ¿Dónde están los hombres que nos van a salvar de esta tragedia cotidiana, de este afán de percutir en leyes confeccionadas para los poderosos y para los clanes nocturnos? Me duele hasta el aliento. No puedo soportar más esta desigualdad entre los que siguen hoy trabajando en las minas y los que adoran el brillo de los diamantes en las manos de sus mujeres. ¡Malditas sean las mujeres que llevan joyas en el cuello y en sus manos¡ ¡Malditas las mujeres que se empolvan el rostro con maquillaje y perfuman su sexo con el agua de anémonas que cortaron allí donde viven los trabajadores del campo¡ Yo saludo a los pobres porque los considero como mis discípulos, con sus ropas destronchadas y sus zapatos agujereados. Aquí me tenéis, obreros del mundo entero, dispuesto a escribir vuestras biografías con plumas de ave y con toda la inmortalidad de mi alma. Me considero inmortal por el mero hecho de escribir.

¡Abajo los castillos y los parlamentos¡ ¡Abajo los pasteles y los jardines decorados con la inercia de los siglos, de todos los siglos¡ ¡Que se incendien las ciudades en donde viven los que nos trajeron la nariz que esnifa el rapé¡ Yo soy el salvador del mundo. Acudid a mí, obreros que trabajáis en los telares. La máquina de vapor es vuestro peor enemigo. Venid conmigo a estos valles y os alimentaré con palabras que no vengan del azar. Os espero mientras veo en esta noche arriba la luna, como descuadernando la verdad de la humanidad.

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