Creación literaria

Ceguera transitoria

15.06.2016 @SaraRaccoon 3 minutos

Desde hace ya varios días él casi ni la mira. Por supuesto, ella se ha dado cuenta, pero prefiere ajustarse a las distancias, a sus distancias, para no irritarle.

Ella sí que lo mira a él. Percibe cómo últimamente sigue una rutina funesta, que afecta progresivamente a su aspecto exterior y probablemente al interior. Antes siempre traía una libreta a cuestas, le sonreía a las ventanas abiertas cuando se alzaba brisa, y en las noches de plenilunio, agarraba una guitarra y tanteaba un par de acordes. Pero ahora la guitarra ya no está. Las libretas han pasado a ser hojas sueltas por toda la casa, a veces incluso reconvertidas en aviones, flores o ranas de papiroflexia. No le sale la sonrisa.

Hoy no ha sido diferente a los demás días. Se ha despertado con los ojos inflamados y el pelo pegado a la frente, graso y lacio. Ha frotado las palmas de sus manos contra los párpados y tras mirarla un ínfimo segundo, ha dejado ir un bufido y ha apagado el despertador. Casi ni la ve, y desde luego ya no le regala caricias con el desayuno.

Fuma muchísimo más que antes, pero ahora en terrible silencio. Ella le mira desde el butacón del cojín nuevo y le acompaña en su vacío de palabras. A ratos lee, a ratos enciende la tele y no la mira. Se ducha durante un largo rato con la mirada fija en las baldosas azules del baño, y al salir toma la apariencia del monstruo del pantano. Eso a ella le asusta, no logra comprender por qué sus ojeras se pronuncian más, el pelo se le vuelve de un negro de pesadilla, y le roba cualquier rastro de luz a su piel, antaño tostada por el sol, ahora blancuzca y violácea, casi cadavérica, producto del autoimpuesto cautiverio.

Luego se seca con una toalla plagada de humedad, que a ella le repugna, pero es la única que queda en casa. Y vuelve a liarse otro cigarro, y vuelve a abrirse otra lata de cerveza. Pero  descubre, para su enfado, que la de antes era la última boquilla, y ha de acudir a un cajón.

No, no un cajón. El cajón. El que lleva rehuyendo desde que empezó la falta de miradas. Ella apostaría cualquier cosa a que es incapaz de abrirlo, pero, sorprendentemente y sin pensarlo, él cierra los ojos y tira del pomo de plástico. Sube desde el fondo del mueble un olor que ella conoce bien. Un bote de crema de manos ligeramente mal cerrado del que emanan unos aromas escondidos de cereza fresca.  A cada lado del bote él observa que, tal y como esperaba, aún están el paquete de boquillas sin abrir y una bolsita con pequeñas chucherías para gatos.

Ella se pone nerviosa y comienza a acercarse a él con el mayor sigilo. A su vez, él empieza a percibir cómo su cuerpo reacciona ante ese olor al que un día llegó a acostumbrarse. Sus ojos pierden el cauce, y se desbordan las lágrimas.

Sin embargo, y por primera vez en muchos días, por fin la ve a ella a su lado. Tan pequeña, inocente y ajena al infierno por el que ha pasado estas semanas. Decide sacar una chuchería con forma de sardina en miniatura de la bolsa y acercarla a su hocico, mientras acaricia el lomo peludo.

La gata ronronea y suelta un brevísimo maullido. Piensa, mientras vuelve a hacerse una bolita en el butacón del cojín nuevo, que ya no echa tanto de menos a la mujer que antes vivía con ellos, y que se fue hace semanas, entre gritos y portazos.

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