Creación literaria

Del tirón

01.09.2016 @SaraRaccoon 3 minutos

Toca el claxon con todas sus fuerzas mientras arranca. El chaval, ataviado sólo con una camisa abierta, unos calcetines, y desnudo de cintura para abajo, pisa furiosamente los pedales mientras busca de memoria un lugar donde rematar la faena. La chica ve a través de la luna trasera cómo el punto de luz a lo lejos se hace cada vez más difuso y pequeño. Hoy se han saltado la cena para devorarse en el asiento trasero del coche, lejos de las luces y las terrazas del centro. Sin embargo, ya pasados los preliminares, un Škoda ha aparcado justo frente a ellos, aniquilando el momento de forma irremediable. Poco más tarde, en un camino cortado, vuelven a clavarse las uñas en la espalda, los dientes en la yugular. Pero ya no sienten lo mismo, y la mueca que a ambos se les ha quedado en la cara habla por ello. Paran en el acto, y sin mediar palabra, él se pone al volante y retoma el camino de vuelta a casa. Entre los dos asientos ha aparecido una pared de silencio frío. Él con los ojos en la carretera y ella en el retrovisor, evitan cruzar las miradas.

La misma noche, en un local abarrotado del centro de la ciudad, el fotógrafo contratado por el pub mira embobado a una chica que frunce el ceño en la barra. Hace rato que ha pedido educadamente una copa de tinto, pero no llega y comienza a desesperarse. Desde que plantó un pie dentro del edificio, él se ha aprendido de carrerilla cada curva y cada gesto de la muchacha. Se desboca el corazón dentro de su pecho cada vez que el tirante se escurre por su hombro y ella lo engancha al vuelo, retornándolo a su lugar. De vez en cuando lo mira pero no lo ve, escondido tras el objetivo, y vuelve a intentar en vano llamar a la camarera. Él sabe que es su momento, que está sola y tiene la oportunidad de captar su atención. Camina hacia la bella impaciente, toca suavemente su costado y ella se gira, recogiendo un mechón fugitivo tras su oreja. Él carraspea y separa los labios, pero no nota ninguna palabra subir por su garganta. Tras unos segundos eternos de incómoda vaciedad, ella tuerce la sonrisa y camina hasta la salida. Él, paralizado bajo el movimiento esquizofrénico de las luces del local, cierra la boca para sujetar las palabras que han sido incapaces de salir.

Poco más tarde, tras huir del local, la chica llega a casa, se acomoda en el sofá y se sirve ella misma la copa de tinto que ha sido imposible conseguir antes. Enciende su portátil y se queda mirando la página en blanco, que amenaza con llenarse en pocos minutos. Hace semanas que no escribe y hoy vuelan los dedos sobre el teclado, como si les hubiesen dado de beber tras un tiempo de sequía. Se lee y se gusta, hasta sonríe al repasar lo ya escrito. Súbitamente, su teléfono comienza a sonar de forma escandalosa y tras descolgarlo, la voz de su hermana dispara preguntas indiscretas. Desde que se mudó de país, las conversaciones entre ellas se han reducido a los pocos ratos en los que la diferencia horaria no se hace insoportable, e intenta resumir en unas cuantas palabras las novedades que han surgido desde su despedida. Tras más de una hora de charla, incluyendo la anécdota del pub, cuelga y retoma la escritura. Pero ha perdido el hilo y ya no recuerda cómo quería finalizar ese artículo. Enfurruñada, cierra el portátil y se mete en la cama, dejando salir de sus pulmones un fuerte suspiro.

En una tela de araña de frustración, diferentes individuos de la ciudad han descubierto esta noche el doble filo de la navaja que es el tiempo, que cura pero también mata. Que hay que saltar a la vía y a la vida antes de que el tren se escape. Que hay que hacer las cosas del tirón. O no. Igual el polvo no iba a ser bueno. Igual la chica era una estúpida. Igual el artículo no iba a tener ningún éxito y era mejor dejarlo así. Igual el tiempo es sabio y nos recoloca donde tenemos que estar. A saber.

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