Creación literaria

El hombre es malo por naturaleza

12.10.2016 @emilioarnao 4 minutos

¡Qué luz entra por la ventana de mi cabaña¡ ¡Qué generosidad del sol por saludarme para que yo despierte de mis pesadillas nocturnas¡ ¡A veces creo que un mal sueño sólo bifronta el cáliz de la vida¡ Pero, mientras ando hacia la cumbre, comprendo que los hombres jamás serán esos locos que exclaman su cordura. No quiero bajar a las ciudades. Me dan miedo. Yo diría, tal vez, que algo más que asco. ¿Para que quiero yo conversar con la gente? ¿Acaso no me valgo de mí mismo para mis propios monólogos? La tersura del sol me apremia para que no descienda a las profundidades de las cloacas, pues allí se encuentran los hombres que se piensan que son virtuosos. Pero ¿qué es la virtud? Vengo repitiéndolo todo el rato. La virtud consiste en amarse a uno mismo y no depender de los demás para fluctuar la esperanza que nos anima a seguir vivos por lo menos hasta que dejemos de enlazarnos con la maldad, con la contrariedad, contra esos conjuros que los hombres baten como una forma de modelo estoico. No creo en el estoicismo. Como el cristianismo, me parecen una cobardía. La fuerza del hombre redunda en sus propias convicciones morales. Sin ética personal, el mundo cae estrepitosamente contra las nieves de las cumbres. Empiezo a estar confuso cuando a veces bajo a la ciudad para avituarme de libros o de ciertos instrumentos musicales. Lo digo porque es en la ciudad, en todas las ciudades, donde yo antes vivía, en donde se producen las nauseas y un lenguaje destrozado. Bajo a la ciudad y a toda velocidad compro lo necesario para regresar a mi montaña, que hoy está nevada por el ritmo de la historia que ha convocado desde siempre a la naturaleza. ¡Maldigo a esa gente que se cree virtuosa por el hecho de tener fe y creer en sí misma por naderías que tienen que ver con la cotidianidad, con el aburrimiento, con el tedio de sentirse unida hasta el final de los tiempos con algo, con alguien, con Dios¡ La gente detiene la alegría. Yo soy el hombre más alegre de este mundo. Río con las gacelas y con los renos. Río con las acacias y con la madera con que he construido mi choza. Río con mi responsabilidad de sentirme ser humano alejado de la injusticia que recaba el empuje de la normatividad. Lo normal no es lo que sucede, sino lo que la realidad impone como verdadera síntesis de lo que existe o deja de existir. A veces pienso que los hombres están demasiado sujetos a un devenir que ya de por sí está corrompido. No hay justicia entre estos bárbaros, entre estos señores y damas glorificadas por la decadencia. El hombre es malo por naturaleza.

Cuando la intuición me salva de la tristeza, hago hogueras en la montaña para sentirme más salvaje y más presente. Vivo el día a día como si fuera el tiempo que jamás ha de volver. ¡Qué cínicos son aquellos que compran pólizas de seguro, que se gastan el dinero en productos de eternización¡ ¡Qué humillados debieran sentirse ante los prolegómenos de una larga vida¡ ¿Acaso no se dan cuenta que la vida sólo es un suspiro, un día, dos, quizá mil semanas¡ ¡Ante esta cortedad del tiempo, qué bellaquería inunda al mundo al sentirse inmortales por el mero hecho de creer que son felices¡ Pero no son felices. ¿Por qué? Porque jamás sintieron en su cuerpo la bienaventuranza de la dignidad. Los hombres son indignos desde el momento en que muerden el vino o el sexo de las mujeres para convertirse en la plaga del deseo. El deseo, al cual yo ya me he acostumbrado largo y tendido, solicita de la gente una mayor comprensión, una alianza con el contentamiento, una luz en la luz que lentamente se va apagando. ¿Por qué no hay luz en las ciudades? Sencillamente, porque el hombre se cree virtuoso, pero lo único que es es presa de toda su aniquilación. Vuelvo a la cabaña y leo las últimas páginas de un libro. Se escucha el sonido de las hojas de los árboles movidas por el viento. ¿Acaso no es éste el camino de la virtud? ¿Acaso no es éste el destino de un hombre que sólo tiene lo que desea en minúsculas porciones, como si fuera el plumaje de los pájaros o la transparencia de las aguas? Bebo vino y me embriago. ¡Ah, qué placer cuando después miro hacia el cielo y persevero en que las estrellas han estado siempre ahí¡ Los hombres mueren, pero el cielo es infinito.

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