Creación literaria

El hombre es un drama

15.09.2016 @emilioarnao 5 minutos

El hombre es un debate constante y abierto con la vida. He querido empezar estas disquisiciones filosóficas con esta frase con la intención hermenéutica de contrarrestar lo que Cristo dijo: “Yo he vencido al mundo”. ¿Qué significa ese vencer? Vencer es una absurdidad, un reo de lo imposible, una actitud que no se sostiene desde el momento en que el hombre, de por sí, tiene que anudarse con sus propias imperfecciones. Tertuliano dijo: “Creo porque es absurdo”. Esa creencia verifica que no todo es verdad, que la verdad del hombre depende de su imposibilidad de hallarla. El hombre es lo mejor que le puede ocurrir al hombre. Pero existen tantas dificultades para que ello ocurra que todo se suele simplificar desde la gnosis del conocimiento. El conocimiento, en ocasiones, no clasifica la libertad de lo humano, pues las mismas contradicciones cognitivas conducen al reduccionismo de toda lealtad del hombre consigo mismo. No obstante, el conocer es una meta en la que hallarse. Todo hombre es una batalla. Salir de ella pronostica un esfuerzo contumaz que no corresponde con el vértigo de la realidad. El ser humano debe comprender toda realidad, sólo de este modo logrará adquirir una estable coherencia muy próxima a la verdad. La dificultad del hombre por ser tal depende de su circunstancialidad con el mundo. El hombre será mundo siempre que llegue a desvelar todos los secretos que éste le impone. La variabilidad de la mente humana ocasiona que lo que asumimos hoy como real al día siguiente se convierta en ideal. Ante estas contradicciones el ser humano barzonea continuamente por la vida sin comprender que sólo buscándose a sí mismo, sólo entrando dentro de sí, como indicaba San Agustín, podrá producir la calma y la estabilidad. Desde las más profundas arterias del ser humano se habilitan los anuncios metafísicos que pueden regular una situación que en sí misma puede ser dramática.

El hombre es un drama. A partir de ahí, su vida tiene que encaminarse a legislar su relación con el mundo hasta que se verifique en él una cementera de ejemplaridad. Pero ¿qué es un hombre ejemplar? Digamos que aquel que está no sólo de acuerdo con lo que hace para sí, sino lo que realiza en relación con el contorno. La circunstancialidad somete a este pasajero de la vida que es el hombre a un duro enfrentamiento con lo que es, con dónde está y hacia dónde quiere ir.

Toda forma de dominio aclara según qué refractarias emociones, pues lo emocional sufraga el éxito de la templanza, de la serenidad, del consecuencialismo íntimo. ¿Es necesaria la intimidad para alcanzar esos albores del equilibrio? Supongo que sí, que todo ser debería estar capacitado para no lesionarse con las tormentosas parcelas de la mundanidad. Para crecer como persona primero hay que estar seguro que uno es tal. El desmembramiento entre materia y mente conlleva al caos primero y, posteriormente, a la muerte intelectual. Sin intelecto, no hay pacificación personal. Todo conocimiento tiene que servir para conmemorar la estancia en el tiempo que tanto quita o tanto pone, según los casos. Atrapar el tiempo es una forma de conocimiento. Por eso Abelardo dijo: “Intelligo ut credam” -”conozco para creer”-. Conocer algo, aunque sea la polinización de las plantas, adecúa la respetuosa estancia en la vida, en la cual la creencia nada tiene que ver con la idea, pues creencia es convivencia y colectividad, mientras que la idea presiona algo estático, algo que no es movible, que queda sujeto al sujeto. Creer en uno mismo flirtea con esa máxima aspiración a que todo ser humano está obligado a obtener, esto es, su clara, diáfana, irrepetible residencia en la tierra.

Con este cúmulo de artículos pretendo, después de estas ideas lanzadas al albur, buscar epistemológicamente el estro del hombre conexionado con la vida. Para ello trataré de aplicar una manera de pensar que vaya desde la fatalidad de lo humano hasta su propia salvación. Las salvaciones del hombre se producen cuando éticamente se orientan hacia el flotación del sentido mismo del mundo. Sin ese flotamiento, es decir, sin esa salvación, la vida se hace prácticamente desfavorable. El hombre es lo único que tiene el hombre. Por tanto, exigirle que proceda a una intervención sobre sí mismo desde la alienación con lo que es y con lo que está redunda en una actitud de prosperidad filosófica. El hombre es filosófico o no será. Todo lo demás, todo lo que le rodea ha de comprenderse desde esa facticidad de lo puramente gnoseológico. Sin conocimiento, no hay ser. Pero ¿qué diferencia existe entre ser y hombre? Difícil versión para unas reflexiones que sólo intentan ser artículos filosóficos mínimos sobre la cuestión antropológica embreada desde lo diagnósticamente epistemológico. Ya entraremos en esta cuestión más adelante.

Ahora lo que me gustaría advertir es que todo ser humano tiene su sentido, su voluntad, su capacidad para alterar el rumbo de las cosas. No confundamos hombre con humanidad, pues humanidad pertenece al ámbito de los universales que ya viera Aristóteles y los escolásticos, mientras que hombre es el nominalismo de una idea abstracta que se acoda a la corporeidad en el sentido de la física y del método científico. El hombre es el Número de Pitágoras, algo así como una cualidad exacta que depende o no de su propia exactitud.

En posteriores artículos, trataré de reproducir un pensamiento concreto -adobado desde el esencialismo- sobre esa gran pregunta de qué es el hombre. Esta quiquidad presupone ajustarse a unas determinadas cogniciones que se irán desarrollando e intentando razonar a lo largo de todo este trayecto. Para ello me valdré de las diferentes metodologías que yo calculo me servirán para tratar de acosar ontológicamente las valoraciones humanas no sin florear todos sus impedimentos. Así hablaré de una “filosofía del amor”, de una “filosofía de la acción” o de una “vitalidad lumínica”. Llega la hora de la geminación del hombre en su condición de ser vivo alrededor de su circunstancialidad. Convivencia e individualismo serán el rastro nuevo o viejo que sacuda estos estudios sobre una antropología que no pretende ser original, sino únicamente narrativa, dentro de una narratividad del pensamiento, que ya es mi pensamiento.

Etiquetas, , , ,
Artículo anterior Artículo siguiente