Creación literaria

Epístola

07.11.2016 @97Juanga 3 minutos

Querido amigo:

Llevas muchos meses lejos de mí amigo mío. Los días han pasado con una lentitud agobiante al tenerte lejos de mi lado.

Y es que sencillamente, no puedo evitar pensar en ti y recordarte cada día de mi vida.

Es que, es cierto al final eso de que la distancia separa cuerpos y no corazones, pues mi corazón aún mantiene intacto esos valores tan admirables que tú sembraste en él.

No puedo olvidar esos momentos juntos en los que me contagiabas con tu encantadora forma de ser.

No puedo olvidar esos días en los que estaba triste y cabizbajo, y un simple mensaje tuyo me sacaba una sonrisa por difícil que pareciera.

No puedo olvidar esos días en los que el afecto que nos teníamos el uno al otro era tan grande que para salir y vernos ni siquiera nos importaba que una lluvia intensísima estuviera aquejando nuestra calle, todo nos valía para tocar uno a la puerta del otro y darnos una vuelta charlando, enseñándonos cosas necesarias de la vida el uno al otro, alimentando nuestras respectivas felicidad.

Aún recuerdo cuando me encontraba inquieto y deprimido por mis numerosos problemas y ahí estabas tú; esperándome con los brazos abiertos en la puerta de tu casa, dispuesto a permitirme sentir escuchado y a ayudarme aconsejándome.

Inolvidables son esas noches enteras en tu habitación jugando a la consola y tomándonos algo al mismo tiempo que manteníamos conversaciones sobre tantas cosas que me nos emocionaban a los dos: las chicas que nos gustaban, las discusiones con nuestros padres, las preocupaciones por la dificultad de los estudios... Y nos transmitíamos mucha madurez el uno al otro.

No puedo evitar acordarme de las travesuras que cometíamos y lográbamos salir impunes después de mucho temer, aprendiendo de manera divertida y didáctica que en la vida no siempre hay virtudes y refinamientos.

Aún me acuerdo de aquella noche, en la fiesta por el cumpleaños de tu primo, cuando pillé mi primera borrachera y estaba tan fatigado y mareado que tú me llevaste a mi casa sobre la espalda, pese a estar a medio kilómetro de mi casa.

Aún recuerdo cuando estábamos en el mismo equipo de fútbol y me lesione en un partido, tú estuviste todo el rato a mi lado hasta que vino la ambulancia interesándote por mi salud.

Jamás olvidaré todos esos gestos de fidelidad y de afectos que me mostraste a mí favor, ni que jamás decidiste acabar con el cariño hacia mí no empequeñecerlo pese a conocer mi amplia lista de defectos.

En fin, muchas gracias por tanto.

Nos volveremos a ver pronto.

Todos los días rezo por ti.

Todos los días doy gracias a la vida por haberme permitido darle un papel tan prestigioso en mi vida.

Un fuerte abrazo amigo, o mejor dicho: hermano. Te quiero mucho.

Artículo anterior Artículo siguiente