Creación literaria

Inditex quiere poner de moda el color mostaza

04.03.2017 @SaraRaccoon 4 minutos

La alarma suena en sus oídos a zumbido de avispa cosido con el hilo musical de un ascensor. Pretende que los ojos se le acostumbren al faro asesino del móvil a la vez que doscientos tambores revientan en su pecho como en un día de fiesta. Un, dos, tres, cuatro. Inspira. Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Aguanta el aire. Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Expira. Comienza a controlar el bailoteo arrítmico de los pulmones. Sus pies calientes se funden con el frío del suelo, y se incorpora para ir a ducharse.

El agua y el sueño le atraviesan la espalda y rasgan sus fuerzas. Resopla, y se sienta en el plato de ducha. Por la ventana del baño entra el ruido de otras duchas y otras vidas que comienzan a funcionar. Después de vestirse, abandona en la encimera media tostada al lado de una taza llena de muescas y con el fondo manchado de café de sobre. En el campo de batalla de su estómago explotan los ardores, como una venganza por el trato atroz que le da cada mañana a su cuerpo. Comprueba si tiene las llaves en el bolsillo y disimula que se ha dejado abierto el pecho. Pero en el hueco del pecho entran las arañas del miedo, y construyen densas redes por las que no puede pasar el aire.

Al pisar la calle, la brisa que suspira desde la playa percute contra esa membrana intangible que le roba el oxígeno. El leve vaivén del viento acaba acelerándose en sincronía con los latidos de su pecho deshabitado, y el olor del puerto le rodea el cuello como una serpiente de sal. Crecen a su alrededor los edificios, se deforman y erosionan las esquinas de su ánimo hasta hacer de éste un granito de arena. Busca un banco para encontrar la calma que el aire le usurpa. Aromas de barniz emanan de la madera, chocan contra las fosas nasales y parecen esconderle de la ciudad y del mar durante un rato. El refugio se pliega sobre sí mismo hasta llegar al centro de su frágil equilibrio. Dentro de su caja torácica hay ovillos enmarañados, cintas, cremalleras quebradas y agujas del revés, con la punta plagada de óxido. Se extiende el robín por sus venas hasta la yema de sus dedos, y le contagia un terrible temblor a sus manos.

La pesadilla pasea ante sus ojos en forma de abrigos, chaquetas y bufandas manchadas de invierno, de colores de río estancado. Y entre la marea monocroma, una grieta color mostaza, que parte en pedazos el paisaje y su pupila. Consigue imponerse al plano onírico en el que su ansiedad le sumerge y camina hacia el metro con paso firme.

Entra en el vagón y encaja su espalda con otras espaldas menos rotas que la suya, que hunden como presas de piedra sus pulmones. Las entrañas de la ciudad hieden a rutina y a herrumbre, a lunes eterno. Esa maraña de facciones borradas por la costumbre parece acoger en sus brazos la tranquilidad, pero todo cae de repente. Más abrigos color mostaza, tres o cuatro en el mismo vagón, le trepan por el iris hasta punzarle las sienes. Y la sensación de ahogo, de una angustia que le traspasa las costillas, vuelve a subir por su espina dorsal.

Sale a la superficie de forma atropellada, con la vergüenza cargada a los hombros como una cruz, y un terremoto sacudiéndole las piernas y los brazos. El aire escapa de su boca entreabierta y los ojos se le nublan de llanto. Arde la ciudad y arde cada paso hacia la plaza en la que desemboca la estación de metro. Los escaparates que rodean la calle, como heridas abiertas, sangran mostaza en cada prenda, en cada esquina y cada botón. Y se disuelve el mundo ante su mirada de plata. Cae de bruces entre las caras sin apellido, que le ven abocarse al suelo con la violencia de la lluvia en primavera.

Cada músculo de su cuerpo está paralizado por el miedo. Por la grieta absurda que un color ha abierto en la brevísima capa de calma de su día a día. Como si el mundo quisiera verle derrumbarse. Como si Inditex quisiera poner de moda el color mostaza para hacerle perder sus ya dañados nervios.

Etiquetas,
Artículo anterior Artículo siguiente
Etiquetas,