Creación literaria

La calma en una calada

21.11.2016 @Mary_Lex12 2 minutos

Tan rendida estaba, que su profundo sueño no le había permitido escuchar la lluvia que horas antes había mojado el suelo de la ciudad. La calle, moteada por charcos, le mostraba el espectáculo climatológico de esa madrugada. Sus pies anduvieron el camino de cada mañana. Sentía frío, a pesar de llevar el abrigo. El ambiente estaba fresco y aquella avenida tan amplia estaba desprovista de toda calidez. Coches y más coches. Raro era contemplarla sin tráfico. Siempre estaba transitada, ya fuera por rostros humanos con ojos legañosos, u otros vestidos elegantemente, pero sin sonrisas que regalar. O por coches. Infinidad de impacientes y ruidosos coches. Quizá, únicamente, el día de la Cabalgata aquella gran calle era alegría, motivada por una chiquillería inocente, ilusionante, despreocupada y feliz. Suspiró. “Benditos días” se dijo.

Llegó a la oficina. Se situó frente a la puerta de entrada y contempló el edificio. Hacía tiempo que no analizaba las dimensiones de aquel bloque, tan alto, que tapaba hasta al mismo rey astro. Minutos después decidió pasar. Saludó a la chica de recepción y llegó hasta los ascensores.

— Undécima planta –la voz monótona del ascensor informaba, como cada mañana. Como cada tarde.

Alcanzó su mesa y tomó asiento. Encendió pausadamente su ordenador. Mientras el aparato se decidía a arrancar, miró por la ventana, parecía que el sol se decidía a brillar. Sonrió por primera vez en lo que había transcurrido de mañana. Le atormentaban las preguntas sin respuestas, pero parecía que aquel rayo de luz y vida aliviaba ese tormento.

Comenzó a deambular con el ratón por la pantalla, encontró el archivo que buscaba, comenzó a releerlo y a anotar en su libreta las modificaciones pertinentes. Así las agujas del reloj danzaron, inexplicablemente, por la esfera durante 120 rápidos minutos. Alzó la cabeza y vio a su incondicional compañero.

— Jorge, bajo a tomar el aire –llamó la atención del chico mientras le mostraba, sonriente, el pitillo que sostenían sus dedos.
— Te acompaño.
— No esperaba menos –comentó divertida–. El vicio es así de tentador.
Ya en la acera, encendidos sendos cigarros, Jorge no dudó en preguntarle:
— ¿Cómo has pasado la noche?
A ella se le oscureció la mirada. No le apetecía recordar. Sin embargo, tenía enfrente a la única persona a quien podía confiarle los rincones amargos de su alma con la certeza de que podría revertirlos en esplendor.
— Bien –musitó–, caí en los brazos de Morfeo y dormí como un lirón.

Agachó la cabeza, ocultando los ojos. El silencio reinó.

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