Creación literaria

No soporto a los hombres que temen a la muerte

21.09.2016 @emilioarnao 3 minutos

No soporto a los hombres que caen en la enfermedad. Lo enfermo consiste en la puerilidad, en la debilidad, en todo germen de eufemismo verbal. Un hombre enfermo pierde el habla. Por eso no articula palabras que sean óptimas, sino que usa el lenguaje para farfullar y para acometer la nolición de las cosas. En plena naturaleza, no puedo advertir a todos esos feriantes que, entre la hoguera de las vanidades y el candil de la fatalidad, consienten que, filosóficamente, el mundo se derrumbe por las traseras de los callejones en donde hacen sexo los homosexuales. La homosexualidad es una enfermedad, como el cristianismo, el platonismo o el olor de las tabernas. Los borrachos, sin embargo, son mis amigos, porque con ellos siempre pude hablar de cosas intranscendentes, futiles, amargas. La amargura de los borrachos se semeja a la angustia de los creyentes en Dios. Toda creencia no es más que una sociabilidad de las ideas. El hombre ha dejado de tener ideas innatas, para sólo tener ideas que se invisibilizan al momento de ser dichas. El idealismo cruza el peor de los síntomas de la voluntad de poder, porque no sabe muy bien qué es un universal y qué es el ser. Yo sí lo sé: un universal es aquello que está por encima de mí y que me quiere avergonzar delante de los demás. Yo le digo: ¡ten paciencia síntoma del mal, que tú no eres quien para hacer valer una filosofía que ya está defenestrada, olvidada, cultivada con trampas para zorros¡ En cuanto a las ideas diré que no sólo no existen, sino que miden su decrepitud al lado de los  valedores de la estulticia, de los aglutinadores de la insensatez, de los idiotas que aún siguen pensando que toda idea representa a cualquier sentido o forma. A mí los sentidos, el placer, la belleza de las cosas son lo único que me hacen sentirme fuerte, inalterable, cojín de mis espaldas ya apoltronadas en servicio a la realidad. No existe más que lo real, lo que tocamos, lo que vemos, lo que diseñamos para nuestra volición de la razón. La razón que yo practico se muestra como una razón vital, en la que la vida se suporpone por encima de todo entendimiento. Los idealistas detonan todo perjuicio contra la bondad, contra la ejemplaridad de los sonidos y los colores, contra la significación de las cosas mismas. Solamente desde la concreción uno puede salvarse del mundo. El vitalismo, comulgado con las acciones heréticas, produce mucho más tiempo que esas necedades del alma, de la inmortalidad del hombre o de la presunción de los universales. Mi universalismo soy yo conmigo mismo, entre este huerto que me da verduras para comer, entre estas cosas livianas, como el agua o como el barro, que son los que me hacen comprender el inmenso ocaso de los ídolos.

¿Quién va a venir a mí a decirme cómo debo pensar? Antes, tendrán que saltar las vallas de mi cadáver. No soporto a aquellos que, queriendo ser mis amigos, son enemigos. Esto ya está dicho. La vida quizá sea incluso demasiado larga para los que creemos que la yoidad hincha el último recurso de nuestras formas. La idea es un absoluto que no tiene por permiso la arribada a la libertad, todo lo contrario, contra más ideas se produzcan mayor será la fatalidad del ser humano. El ser cose homilías contra sí mismo. Ni hay ser ni universales, sólo existencia de arriba a abajo, entre todos los puntos y las casas en donde el hombre vive. La experiencia gravita por todas partes y es la única que es capaz de evitar la cercanía de la muerte. Sólo existiendo nos alejamos del morir. Morir no me asusta. Lo que me duele es morir embarrado entre esos hombres que verdaderamente tienen miedo a la muerte.

Etiquetas, , , ,
Artículo anterior Artículo siguiente