Creación literaria

¡Oh, tiranos, aquí me tenéis de nuevo¡

17.08.2016 @emilioarnao 3 minutos

He caminado por tierras y ciudades, por aldeas y campos, y he cruzado mares en donde me perdí. Vi la luz en donde sólo había oscuridad. Y me encontré en la oscuridad allí donde todo estaba todavía más oscuro. ¿Qué demonios me pasaba? ¿Qué era lo que me atenazaba como la lepra a un cuerpo? ¿Por qué tanta inseguridad? ¿Acaso la timidez bunkeriza lo que uno quiere ser y no puede? No sé. Fue todo tan extraño. Tal vez quise ver cosas en donde no había nada. Tal vez me percaté que los océanos estaban vacíos de materia viva, pues toda su fauna y flora había muerto. No me encontré con ninguna navegación durante mi dura travesía. Iba yo solo ante el timón y nadie venía conmigo. El mar me pareció la soledad que yo tanto iba buscando. Me hice duro y conquisté el uso de mis nuevos valores. A partir de esos momentos -deduje- se había acabado mi relación con el mundo, con la sociedad, con la gente que tanto dolor me había procurado. De ahí vino mi aborrecimiento por los hombres, pues éstos seguían siendo egoístas, príncipes de lo suyo, amantes del oro, esa joya por donde ha recorrido toda la historia de la humanidad. El oro es para el hombre lo que la muerte para un santo, algo especialmente deseado, furtivamente educado, pretenciosamente buscado. Me di cuenta, en mi travesía por ciudades, océanos y continentes, que los hombres no habían cambiado. Proseguían con su degeneración absoluta y permanente. Yo no quería ser un ser degenerado, porque nada tenía que ver mi imagen con esas bestias con armas, con corazones podridos, con luchas fatricidas, con esa voluntad de poder que yo sólo ansiaba para mí mismo. Mi poder sostenía mi cuerpo a grandes trazos dibujados. Entonces, al llegar a puerto, exclamé: ¡Oh, tiranos, aquí me tenéis de nuevo¡ ¡Yo no soy vosotros, robadores de oro, perturbados de conciencia, serpientes enroscadas, brutos por la inercia¡ Y continué exclamando, pues tanta era mi ira: ¡Vosotros, hombres que necesitáis para vivir la acumulación de toda riqueza, retiraos del mundo tal y como voy a hacer yo y no sigáis derramando sangre allá por donde paséis¡ ¡Os pido que renovéis el valor de las cosas, pues, de otro modo, nunca administraréis vuestro conocimiento y nunca seréis dadivosos¡ ¡La dádiva lamenta vuestro servicio en esta tierra¡ ¡Ah, hombres de la historia, cuántas mentiras os cubren la cabeza, cuánto dolor habéis causado a vuestros prójimos, cuántos símbolos habéis interpretado con rezos, con la aniquilación de la inteligencia, con turbas agotadas ante lo que pasado y presente han conseguido perforar vuestra virtud¡

De ese modo, me fui a una montaña para ver si desde ahí era capaz de conocerme a mí mismo. No pasaron ni tres años cuando descubrí que era un hombre completamente diferente a los que yo había visto en mi andadura por el mundo. El hombre fraterniza con la animalidad. No conoce cuál es su reino y dónde debe habitar para adquirir el verdadero mensaje de la paz, de la igualdad, de la libertad, de la naturaleza. Hombre que estás perdido, acostúmbrate a descansar y a soñar una nueva tierra. Una tierra en donde se acaben las matanzas, las crisis del dinero, la riqueza de los vestidos, la técnica mal empleada. Os aviso, hombres de la falsedad y el oprobio, que pronto llegará un héroe que os hará sonrojar, que os rasgará vuestra piel, que os morderá el rostro, que os enseñará en donde se halla la virtud que debéis empezar a practicar. Todo hombre virtuoso agiliza una nueva generación. Hacia esas nuevas generaciones también me dirijo. Amplío mis conocimientos para repetir una y otra vez que la vida no es lujo ni esencias de perfumes, que la vida no es economía ni Estados derruidos, que la vida sólo es amor, el amor hacia uno mismo. Dejad, nuevas generaciones, de amar a lo que queréis poseer y amad vuestro drama para reconvertirlo en luz más allá de la caída de los ídolos.

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