Creación literaria

Oye, preciosa

23.09.2016 @SaraRaccoon 4 minutos

No hay derecho. Que me hagan volver a casa a estas horas, joder. Yo, que siempre he preferido ir de mañanas. No tengo ni un día bueno, o me toca poner las calles o me toca quitarlas. O peor, ambas cosas. Ya traigo más ojeras que cara, y sólo estamos a martes. Con suerte, cuando llegue a casa recuerdo por qué página iba y retomo la lectura, que hay que ver lo mal que llevo el tema de usar puntos de libro. O tal vez debería empezar a ponerme al día con las lecturas de clase, pero yo que sé, ya tendré tiempo.

Espera.

Juraría que ese tipo estaba sentado delante de mí en el vagón del metro. Juraría que es el mismo que no paraba de mirarme, que me hacía sentir incómoda. Pero por qué sigue ahí y no se mueve. Por qué se ha puesto a caminar cuando he pasado por su lado. Y ahora me chilla algo. Mejor me quito un auricular. “¿Oye, no te vas a parar, rubia? Vamos, que no te voy a hacer nada”. Me siento demasiado cansada como para caminar ágil. Respira y cálmate, desaparecerá en nada.

Pero no está desapareciendo, y ha cruzado toda la avenida a menos de dos metros de mi espalda. Ya sólo me faltaba esto, hoy. Después de estar todo el día aguantando clases insufribles, recorriendo toda la ciudad y con el portátil encima. Y esta contractura del hombro, que me está matando. Y ahora empieza la cuesta arriba, ya no puedo ir más rápido. Cada vez me parece peor idea haberme puesto falda y unos zapatos con plataforma. O no llevar sujetador. Y para qué me habré maquillado.

Cada zancada que doy me acerca más a estar en casa. Que lo voy a estar. Que esto no puede pasarme a mí. Que esto no me puede estar pasando. Debería dejar marcado el número de casa, o el de mi hermano, porque soy incapaz de recordar el de la policía. Vamos, tranquilízate, no le escuches. Saca las llaves y póntelas entre los dedos. No te muestres insegura. Mis padres no pensarían jamás que la culpa es de lo que llevo puesto, no me han educado así. Pero ahora no me siento la hija de nadie, la hermana de nadie, la amiga de nadie. Soy una chica sola, que intenta caminar deprisa, muerta de miedo, y con la voz atascada en la garganta. Y detrás tengo a una persona que le da igual si soy la hija de alguien, la hermana de alguien o la amiga de alguien. Porque únicamente ve a una presa sola, que camina a trompicones, muerta de miedo e incapaz de pronunciar una palabra de reproche.

Los pies me pesan como si llevase plomo en las suelas. Las rodillas comienzan a temblarme. Se está dando cuenta y se ríe de mí. Y grita cada vez más alto, y cosas más obscenas. Pero si  no lo pierdo de vista en esta calle estoy vendida, dudo que tenga tiempo de abrir la portería antes de que me alcance. Aguanta el llanto, tienes que poner los cinco sentidos en llegar a la puerta sin derrumbarte. Y qué he hecho yo para merecer este miedo. Y qué hecho para que las pocas personas que me he cruzado no hayan tenido el valor ni de mirarme a los ojos. Ni han hecho ademán de molestarse. Que no iba con ellos, era mi responsabilidad, por llamar la atención. Que yo iba provocando. Rabia, terror, cansancio. Y más temblores, y el pulso acelerado. Tengo que llegar a la puerta. Aguanta el llanto. Corre. No vuelvas la cabeza.

Sale alguien de mi portería. Un perro. Un perro enorme, con su enorme dueño detrás. Según lo veo ahora mismo, debe medir tres o cuatro metros, por lo menos, o a mí me lo parece. Me muestra una sonrisa -también enorme-, y alza la mano que le queda libre. No tiene la menor idea de lo que acaba de hacer con su sola presencia. El tipo de mis espaldas se ha girado tal cual lo ha visto saludarme. Entro. Hoy la puerta, el bolso, los párpados y los labios tiran de mí con una violencia inusual.

Por fin puedo deshacerme el nudo en la garganta. O intentarlo.  “¿Qué te pasa? ¡Qué cara traes hoy!”, me dicen. Suspiro y callo. Que hoy yo he llegado, pero igual otra no. Otra que ni siquiera llevase falda, o zapatos con plataforma, o maquillaje. Que no tuviese un vecino enorme con un perro enorme. Que hoy yo he llegado, pero igual mañana no.

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