Creación literaria

Psique entre lo real y ficticio

29.06.2016 2 minutos

Llega el verano y el calor aprieta. La temperatura sube frenéticamente y la sensación térmica es bochornosa. Camino exhausto hacia la biblioteca con ritmo moribundo, acompañado de una ligera sombra bajo mis axilas, dispuesto a afrontar la recta final del curso. Voy con el objetivo de no encontrar distracción y vuelvo con el resultado de un estrepitoso fracaso.

Empiezo firme, serio, convincente. Me centro en mis infumables apuntes. Tan infumables que hasta un yonki en su “éxtasis monal” rechazaría para liarse un buen caramelo. Lo cierto es que empiezo a ceder. Mis amigos son culpables, aunque resisto el bache. Hasta que ella aparece. Con su 1,75 aproximadamente, su largo y ondulado pelo castaño se sienta en frente, a la derecha. Maldigo aquel momento que provocaría mi perdición por su piel morena y ojos verdes.

Empiezo a fantasear. A mi mente llega la imagen de la hermosísima escultura de Antonio Canova, Eros y Psique. Mostrando el ideal de belleza masculina y femenina, me imagino a centímetros de su rostro mientras ella me acaricia mis sonrojadas mejillas. Es el instante previo al centro de atención de la obra, unida por cada una de sus dos seductoras comisuras de los labios con su belleza ocular: el beso.

Eros, enamorado, construyó un palacio para Psique, donde se encontraría en cada una de mis noches, bajo la condición de la clandestinidad de su cara. Psique llevó una vela en una de las noches para descubrir al detalle su rostro, pero Eros huyó. La diosa, muerta de curiosidad, recurrió al oráculo de Venus, quien le manda al Hades en busca de la “belleza eterna”. Una belleza que no puede ver y provoca el  profundo sueño de Psique, con la única salvación del beso de Eros. Un beso que la despierte de su sueño, O un beso que me despierte del mío.

Entonces es cuando escapo de mis cinco minutos de frenesí. Un ridículo nerviosismo corrompe mi ser al intercambiar miradas. Yo tan cerca, tú tan lejos. En mi mundo de imposibles, de  frustración, de los del buen ojo pero mala puntería. Pensar en tu boca, echarte de menos y enredarme en tu pelo. Y yo que solo quería estudiar.

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