Creación literaria

Romance del Amargo

06.07.2016 @SaraRaccoon 3 minutos

Abro los ojos. Sigue a mi lado una cabecita azul que duerme y profiere tiernos ronroneos en el sofá-cama del salón, que hace a las veces de cocina.Han dejado preparado café y croissants en la encimera. Por la ventana que da a los tejados de Malasaña entra un sol impertinente, que reta a la resistencia de mi protector de factor 50. La buhardilla está pintada de blanco, pero oyendo las carcajadas del día anterior, cualquiera diría que retiene en sus paredes cada color que nuestras pupilas han recibido.“Me molesta tenerte lejos”, me había dicho una semana antes. Tiene en la mirada la bondad de las personas a las que han intentado romper de una y mil formas, y aun así aman hasta partirse el alma. Salgo de la ducha, dejo el desayuno intacto, me calzo unos zapatos cómodos y me lanzo al sol.No siento la ciudad extraña. Mis pies acarician sus calles sabiendo que abrazan el hogar. Que vengo de la casa de los artistas, y me voy derecha a lo más hondo de mis entrañas. Un rato después, me encuentro escalando la Calle de las Huertas, y noto retumbar en mis pulmones la música de otros días, el vino de la primavera que diluvió sobre nuestras cabezas, y pese a ello fuimos incapaces de percibir el frío.Llego hasta una cafetería de Antón Martín, y suelto al sentarme todo el aire que hasta entonces he ido acumulando en el pecho, que celaba como si fuera mío, o como si con él se hubieran de marchar las letras que llevo escritas en el costado. “Café con hielo”, pido, para afrontar el calor y el sueño. Café con hielo, para afrontar un año entero poniendo mis nervios al límite, desmoronando los latidos.Soy incapaz de adivinar qué pensará de mí la camarera que, desde la barra, ve cómo una rubia destroza su boli a mordiscos y mira fijamente a una libreta desde hace media hora, mientras su móvil da un concierto en Mi menor de vibraciones y pitidos. Siento pánico escénico ante esa mirada inquisidora, y vuelvo a darle otra oportunidad al solano peleón que cae sobre Atocha.Entro en trance con el olor a fritanga de la calle, y súbitamente dejo de oír al tipo que me chilla como un cavernícola en celo desde la terraza de un bar, al yogurín que me ofrece el panfleto de un restaurante dos calles más allá, a los guiris despistados que me preguntan por la Plaza Mayor, y hasta la voz de Drexler cantándome La trama y el desenlace en el auricular que aún me funciona.Sin embargo, un sonido se alza por encima de los otros, claro como un altavoz: el de mis tripas exigiendo que me suba en el próximo metro de vuelta a casa, que no aguantan más ese patético ayuno. Tomo la línea 1 hasta Tribunal y adopto la mueca de enfado que se dibuja en mi cara cuando realmente tengo hambre.Parpadeo fuerte. Abro los ojos de nuevo.Vuelvo a estar en Barcelona. El sol que entra por la ventana arrasa todo lo que toca sin pudor alguno. La cafetera no está preparada.

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