Creación literaria

Si sueñas... loterías

29.05.2016 5 minutos

Parecían sacados del elenco de “Los lunes al sol”. Era un mediodía cualquiera, en una ciudad cualquiera, frente a una barra de bar cualquiera. Hablaban pestes de la dichosa crisis, del paro y del politiqueo más bajuno. Dos españoles y un marroquí, ex trabajadores de la construcción. En esas estaban cuando de buenas a primeras apareció por la puerta una lotera malencarada y zarrapastrosa. Su aspecto detestable obedecía a los gajes del oficio, supongo. Repartir tanto la suerte es lo que tiene, que al final apenas quedan migajas -de esa suerte- para una misma.

-Si no compras no te toca- declaraba en un ejercicio de lógica aplastante.

Omar, Luis y Paco decidieron hacerse con un cupón conjuntamente -más por inercia que por esperanza- y la pobre mujer vio el cielo abierto. Al cabo de un rato, reclamaron mi ayuda para que les echara una foto.

-La prueba del delito. No se os ocurra largaros con el décimo en caso de que nos toque, chavales – les espetó Omar a sus dos colegas, bromeando entre risas.

La penitencia del desempleado es la de percibir cómo las agujas desdeñosas de los relojes giran al margen del tiempo. Esa noche, Omar se sorprendió a sí mismo llorando tras conocer la noticia de la muerte de su madre. Dejó caer el teléfono a los pies del sofá y de manera un tanto atropellada reunió en un hatillo los enseres que tenía más a mano. Debía salir hacia Marruecos cuanto antes para dar el último adiós a su madre.

El teléfono que se dejó olvidado en la casa no paró de sonar en toda la noche, ni en los días que la siguieron. Para asombro de muchos, Dios les vino a ver en forma de cupón de lotería alterando por completo sus monótonas existencias; que ríete tú del “Hoy, nada” que escribió en su diario Luis XVI el día de la toma de la Bastilla.

No se habría levantado tanto revuelo si no fuera porque, precisamente, Omar tenía en su poder el boleto. Sobrecarga kafkiana para el caso... Los primeros mensajes en el buzón de voz, como no podía ser de otra forma, emanaban una euforia incontenible. Sin embargo, a medida que las llamadas se sucedían sin respuesta al otro lado de la línea, Luis y Paco iban perdiendo los estribos. Las muestras de felicidad exultante fueron degenerando en un estado rayano la desesperación, dando paso, ahora sí, a una cascada antológica de amenazas e intimidaciones. A juicio de ambos, de la inminente e inconcebible desaparición de Omar solo se podía desprender la más ruin de las traiciones: la huida con el décimo premiado.

Tras dar sepultura a su madre, Omar volvió a casa ajeno a todo el barullo que se había venido entretejiendo en su ausencia. Las pintadas racistas que halló en la fachada no le hicieron presagiar nada bueno. El rosario de mensajes de voz le sacó de dudas. Verificó que, efectivamente, no se trataba de ninguna broma: el maldito décimo estaba premiado. Sopesó la idea de dejar en la estacada a los que, hasta la fecha, él creía sus colegas, pero concluyó que el remordimiento de conciencia no le dejaría vivir.

Acto seguido, contactó, cabina telefónica mediante, con sus otrora amigos y les puso sobre aviso del motivo de su viaje. Luis y Paco, sobrecogidos, se encomendaron a los Dioses para que Omar no hubiera visto las pintadas ni escuchado los mensajes. Él recién huérfano aplacó sus miedos asegurando que desafortunadamente le habían robado el móvil en el trayecto. Mintió para no hacerlos sentir mal y porque en el fondo de su corazón, aún albergaba la esperanza de cierto propósito de enmienda en sus actitudes. Las disculpas se quedaron en el camino. Se apreció un suspiro de alivio al otro lado del hilo telefónico. Convinieron en concertar un encuentro y zanjar de una vez por todas el reparto del premio que tantos quebraderos de cabeza había ocasionado.

Cuando cada cual recibió lo que le pertenecía, las mofas hacia Omar no se hicieron esperar.

-Creíamos que te pirabas con nuestro dinero, moro de mierda. Menos mal que te robaron el móvil, porque si llegas a escuchar los mensajes del contestador, esta vez sí que sí, te hubieras quedado con todo el premio. Y con razón…

Se burlaron lo indecible. No solo es que habían desconfiado de su amigo sino que, para más inri, lo habían vapuleado descarnadamente. Los muy estúpidos ni siquiera eran conscientes de la proverbial lección de moral que les acababa de impartir Omar. Si Rosa Parks se levantó sentándose en aquel famoso autobús, Omar demostró que hay silencios que revientan tímpanos.

Andando el tiempo, una vez transcendió la noticia, en el barrio aun hoy le reprochan su puritanismo en el fondo y en las formas. La mayoría piensa que hizo mal en no largarse con la pasta y mandar a paseo a semejantes miserables. Lo cierto es que Omar les aplicó una amarga venganza, la que se sirve en plato frío –o en vajillas de cientos de miles de euros, según como se mire-. Luis y Paco gastaron a manos llenas todo el dinero, contrajeron deudas y son esclavos de la droga. Omar, en cambio, invirtió su parte en montar un negocio y podría decirse que goza de cierto colchón financiero.
Curiosamente, los empobreció dándoles dinero; les jodió la vida colmándolos de recursos. En efecto, el dinero no cambia a las personas, las muestra tal cual son.

En la zona cero de toda esta historia con vida propia, frente a la misma barra de bar, los juicios de valor de unos y otros, a nadie dejan indiferentes. María, vecina del barrio, es la encargada de templar gaitas a este respecto: “¡Peor fui mi caso! ¡¡20 años jugando el mismo número a la lotería, y el día que sale premiado resulta que a mi Manolo, que en paz descanse, se le olvidó sellarlo!!”

Huelga decir, que desconozco por completo si el infeliz de Manolo murió a causa de un arrebato colérico de su mujer el día de autos. Sería comprensible. La hipótesis, digo.

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