Creación literaria

Teoría de la rubiedad

08.10.2016 @JesusNJurado 4 minutos

Marta Manzzani Bernstein. Argentina. Rubia. Un crisol en sí misma de la belleza porteña. Sangre italiana, judía holandesa, o alemana, corriendo por sus cuadales sanguíneos, y por la fina anatomía que cubre, diariamente, sus mallas de deporte. Hermosa. Ojos verdes refulgiendo en torno a un revoltillo de pecas; y desde lejos, a esa distancia prudencial desde la que se observan las obras de arte, una piel bronceada y pálida que invitaba a ser acariciada. Bernardito se la cruzaba, no recuerda desde cuándo, en las carreras mañaneras; y la bella porteña sonríe, con los amplios cascos desde los que escucha, seguro, a Joaquín Sabina o Calamaro. Le guiña desde esa altivez amable de la argentinidad, y sigue con su running, mientras danza un trasero que a Bernardito le va resultando el motivo único de sus despertares. Y luego, el pobre Bernardito desnortado por el amanecer se hace el encontradizo, diariamente, a la vez que no puede disimular una turbación repentina que le hace recorrer una “S” en la vocación rectilínea de su carrera.

Luego acordaron, después de esos encuentros puntuales y cómicos, una llamada, un teléfono, una promesa lejana de cerveza, “algún día un capricho al cuerpo, que de correr no vive el hombre”. Y se vieron en una cervecería de la Latina, minimalista y castiza -si esta conjunción de epítetos es posible-, Bar Polo, o algo así. Una barra atendida por un profesional del gremio, con esa simpatía zarzuelera que aún rezuman algunos callejones de Madrid. Jamón de Salamanca, a la vista, presidiendo un esmerado altar gastronómico a la comida española y cerca, en un azulejo sacrosanto y kitsch, la Virgen de la Paloma, bendita entre el sonido del televisor y la música industrial de la tragaperras.

“A botellines“, insistió Bernardo, y probaron la mejor tortilla de España, sin duda, avanzando en animada plática del corralito al papel mesiánico de Maradona, pero todo, a decir verdad, en una temperatura de corrección y civismo que incluso le pareció forzadamente falsa. Después, con el avance de la velada, comprobó que por ventura Marta humedecía su boca; y era en esos brillos fatuos de sus labios, tan primorosamente argentinos, cuando a Bernardo no le quedaba sino mirar al suelo, reír forzadamente y darle conversación incidiendo en la quintaesencia de lo argentino, que conocía de una adolescencia masturbatoria, con algo de Borges y mucho de tangos de Discépolo, Gardel y Sosa. El gran Sosa.

“Bernardito, otra cañita para ti y tu amiga, invita la casa. Que no se diga de la gente del Sur”. A lo que Bernardo, herido por esa ubicación geográfica de urgencia, respondía con desgana. Y así, botella o botella el reloj desvencijado de la pared se acercaba a la media noche, y ya, en ese momento mágico que sólo da el metacrilato de una barra de bar, Bernardito, ese héroe de versos y pajas, propuso tomar la penúltima en un sitio más tranquilo a lo que la argentina, mirando al suelo emulándolo conscientemente, accedió con una libidinosa disposición en su tan verde y recordada mirada.

“Oye, Marta, pues sí que sabemos hacer otra cosa que footing”. Sonrió la argentina y le dio un pescozón en la nuca que Bernardito calculó como, cuanto menos, dos horas más de tertulia antes de un supuesto encamamiento en “su piso”, razonó, pues “el mío está lleno de mierda”, y fue este ligero temor de que Marta, la idealizada Marta, descubriera algo de la impostura de su existencia lo que le despejó brevemente los sentidos, le hizo retomar las riendas de la situación y adquirir una seguridad en sí mismo que llegó a sorprenderle y asustarle.

El tiempo, aquella insustancial medida de la nada, iba pasando muy veloz en la licorería de diseño donde principiaron a compartir confidencias. A Bernardito le sorprendió, de primeras, la receptividad de un ser tan bello; le resultaba extraña aquella simpatía; pero ni por asomo había sido capaz de predecir que Marta, animal hermoso, como cincelado a golpes de perfección, pudiese albergar una conversación tan interesante. La teoría de la rubia tonta que le había desarrollado desde siempre Alejandro Sánchez se desvaneció, de repente, cuando Marta encendió el primer cigarrillo de la noche, se atusó el cabello, e inició un panorama depresivo y general de su patria.

“Loco, acá llevo cinco años. No podés imaginar el quilombo de mi país. Es extraño, pero nunca frente a un gallego hablé tan claro de la Argentina a nadie. Sos un privilegiado, flaco”. Y Marta enfatizaba “flaco” cada cierto tiempo, como relativizando una conversación donde se estaba desnudando ante un desconocido. “Y vos, Bernardito, qué hacés. ¿En qué laburas?” inquirió, con el segundo cigarro, mientras que Bernardo tragó medio vaso de ron, experimentó una gozosa taquicardia, y respondió que era escritor, que huía de quien había sido antes y que con ella, en su compañía, sabía que obró bien el día en que mandó “a la mierda la provincia del Sur” y se “vino a Madrid a ser algo, alguien”. Luego, desfogándose en un atisbo de comicidad, confesó que a “ganar plata, vieja”, a “ser alguien y a matar, moralmente, claro, a los hijos deputa de donde nací“. Así, a toro pasado, Bernardito recordaría siempre la violencia de esas palabras y entendería que un azar desconocido puso en su boca un brochazo de futuro que habría de unirlos, a ambos, en una espiral de pulsiones y venganzas, hasta el punto que la vida, en ese momento, sin normas, le habría de resultar mucho más real y salvaje.

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