Creación literaria

Vivo en una cabaña

27.08.2016 @emilioarnao 4 minutos

Vivo en una cabaña desde donde se ven, abajo, los valles con su verdor de espuma. La montaña en donde moro es grande como una cosa demasiado viva, fuerte, arrebatada. Cada mañana, al despertar, bebo un vaso de leche y cocino unas verduras que yo mismo planto en un pequeño huerto que he compuesto con mis manos de filósofo. La filosofía no sirve para aquellos hombres que ven en ella sólo una forma de conocimiento. Mi filosofía derriba universos y contrae etcéteras con la naturaleza. Mis sentidos atraen a las aves cuando las miro y me doy cuenta que los animales son los únicos seres perfectos en su deambular por el mundo. Amo esta vida de eremita y simpleza. ¿Para qué me sirven a mí todas esas ropas chapadas, todos esas industrias, todos esas tabernas en donde la gente se embriaga para resistir, en constancia, ese sufrimiento que le invade? Mi intuición del mundo es aforística, pero plena, abierta a las calendas que se suceden, bella como el sol que me traen los mitos en que siempre creí. Yo sólo creo en los mitos, pues de ellos desprendo la voluntad de poder que para mí y para nadie más florea mi entusiasmo por estar vivo. Mi vida transporta mitología por todas las partes de la naturaleza. Así nieve, llueva o caiga el rocío por las madrugadas, yo conjuro mi alegría y me abotono la verdad en la que perdura. Mi verdad asoma por entre esta naturaleza, por entre estas montañas, por los lobos que cruzan por delante de mi cabaña y acaricio como si fueran mis hijos, mis niños, mis pequeños nacimientos. Yo no nací para traer familia a esta tierra. Si mi familia ha de estar propuesta para este mundo en donde los demonios tajan el pan y debaten sobre aconticimientos políticos, ¿de qué me sirve a mí una familia sufriente? El mundo debería ser exterminado con una glaciación interminable para que sólo resistieran los más fuertes, los sanos de mente, los seres robustos, los hombres incapaces de mentir y de provocar fatalidades agónicas o luchas por venganza. ¡Maldigo a todos esos hombres que combaten por las geografías¡ ¡Maldigo a todos aquellos que esparcen su riqueza como contraprestación a los pobres, a los humildes, a los que nacen y mueren proscritos¡ Hay hombres elocuentes que hacen saber su pensamiento para denigrar a todas aquellas naciones que se rompen con tan sólo mirarlas.

Por eso yo vivo aquí, en mi choza, como un eremita que descubre cada mañana un mito, un árbol, una hoja llena de vida y sin ira. Hay que observar la historia con ira, porque ella ha sido la culpable de que hoy todo sea devastación, miseria y guerras. El hombre siempre será el mismo hombre que nació en las cavernas. Aquellos hombres primitivos nos trajeron lanzas y hierro, migraciones y asesinatos. Hoy el ser humano sigue siendo el mismo que aquellos primitivos que comían la carne cruda antes de que descubrieran el fuego. Hoy ya todo es fuego, alimañas que se incendian a partir de un sistema inhumano. El fuego prehistórico fue el principio de todo. Gracias al fuego, surgió el mal, la hipocresía y la vanidad. ¡Cuántas falsedades más hemos de soportar por querer llevar entre las manos la empuñadura del fuego¡ El fuego que yo uso sirve para calentarme el cuerpo y para cocer las hierbas con las que me alimento. Jamás maté a un animal para alimentarme. Las bestias tienen más derecho a vivir que todos los hombres que están deforestando el tiempo, los valores éticos, el carácter inteligente de una sociedad enferma. El mundo brinca enfermo por entre los barandales de la luna.

Vivo muy alto, casi en la cima de la montaña, para que nadie me encuentre. Lo he perdido todo: riquezas, amigos, amores, telas para cubrirme, la técnica de esta modernidad, el lugar de la riqueza, los viajes alrededor del mundo, la abundancia de mercados, un balneario en la playa, los medios de transporte, hasta la visita a los museos. A cambio, he ganado en sabiduría. Leo y escribo y ando los caminos en donde los renos me acompañan y en donde el polvo cubre mis pies desnudos. Mi filosofía se está construyendo a marchas forzadas. No quiero dejar nada en el tintero hasta el día de mi muerte, que presiento lejana como un perro vagabundo. Mi felicidad está completa. Mientras, el mundo se suma a la avanzadilla de los grandes crimenes.

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