Creación literaria

Ya no quiero ser musa

29.03.2016 @SaraRaccoon 3 minutos

"Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres", decía Galeano. Vivimos por encima de nuestras posibilidades, pedimos peras al olmo, buscamos la cuadratura del círculo. Incluso yo, tres veces rebelde, siento a menudo la necesidad de escaparme del espacio que me ha sido impuesto (que no otorgado), para poder respirar. Pero luego vuelvo a mí, o a lo que se supone que soy yo, y lo entiendo: es la imposibilidad de dejar de ser lo que me mantiene viva.

Nací en el peor sitio para quien necesita un nombre, hablo las peores lenguas para quien necesita una voz, y soy mujer en una sociedad que sigue encorsetada. Condenada al silencio por parte de los grandes señores de las artes, batallo también a diario contra los pequeños señores, que me ponen palos en las ruedas cuando camino desde mi casa hasta el lugar donde me es permitido hablar. Me desborda el sentimiento, por lo visto. Soy excesiva para unos y para otros, pero escasa para otros y para unos: no puedo a contentar a nadie. Si mis zapatos pisan la Academia probablemente ardan, y en la calle se incendian solos. De un tiempo a esta parte se me ha hecho saber que no puedo proyectarme, en tanto que no merezco proyección.

Se supone que yo debía ser musa, el mundo me hizo crecer bajo este presupuesto. Debía inspirar, sin dolerle a nadie, sin molestar. Inspirar desde lo bueno, desde lo bello. Como una Venus estática, mutilada para hacerla incapaz de hablar, alzar los brazos, de rebelarse o tener una identidad. Una estatua fría, que inspira pero no estorba: está para ser observada al detalle, con una admiración mediada, que no se dirige a ella sino a su creador.

Y sin embargo, después de muchos años, lo he comprendido. No puedo inspirar, yo no soy musa. Ni el tiempo, ni el dolor, ni los grandes o pequeños señores me han logrado mutilar. Sigo entera, y mi lengua corre más que las lenguas que la pisan. Hace unos días me escribí (con el pronombre por delante), alertándome de mi incapacidad de ser canción: la música no me pertenece, no está escrita para mí. Ahora no me desdigo; yo no soy canción, no puedo ser contenida en las letras. Se me quedan pequeños los escalones del pentagrama o las esquinas afiladas del papel.

No pretendo reducir a las musas a un vago motivo para la creación artística, pero construyo una confesión con estas palabras. Tengo el propósito de perderle el miedo a no ser lo que esperaba de mí hace unos años, y abrazar a quienes, como yo, no son inspiradoras sino inspiradas; las que dejaron de ser Nadies de otros creadores, y construyeron galaxias desde el fondo de su pecho.

Reside, en este texto, la intención de una queja, que a su vez tiende la mano a una advertencia:

A los poetas, los músicos, los artistas, les insto a no mutilar a las musas. Escribidles un universo, pero no le cantéis a lo que se ve, sino a la quintaesencia de sus almas, y así será inmortal la obra y la musa. Que el tiempo rompe y desgarra la piel, pero lo de dentro es eterno. Y a quienes me inspiran, les advierto de mi rechazo a mutilarles. Mis palabras son incapaces de conteneros, y, por lo tanto, caminaréis al lado de lo que escribo pero jamás estaréis dentro: seréis mis compañeros.

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