Literatura

El pupitre de Shakespeare

Nos acercamos a Stratford-upon-Avon, la cuna del "menos inglés de los poetas", el pueblo y las raíces de 'El Bardo'

16.10.2017 4 minutos

Salimos de Oxford a media mañana en el coche de S, un Ford rojo, pequeño, coqueto. En la radio suena jazz. Apoyo el codo izquierdo en la ventanilla. Contemplo el exterior. El viento agita unas bolsas de plástico en el arcén, como aquella bolsa que grababa el chico raro de American Beauty en el patio del instituto. Unos prados verdes se extienden alrededor de la carretera. Nos adentramos en Woodstock. Una maceta con tulipanes rojos tapa el cartel de bienvenida. Hay dos señores mayores tomando café en la puerta de un bar, con pinta de no enterarse de la mitad de las cosas que están pasando. También hay casitas de piedras color miel con ventanales relucientes y entradas ajardinadas. Oteo un campo de colzas entre las colinas. Dibujan un hermoso manto amarillo que contrasta con los tonos ocres de la tierra baldía. Bebo un poco de agua y vuelvo al paisaje. Unas ovejas blancas y orondas pastan plácidamente. Hay unos invernaderos enormes en mitad de una llanura, a las afueras de un pueblo enclavado en una colina. Adelantamos a varios ciclistas, corredores y caminantes. Suspiro. Escucho el saxofón de la radio. Nos acercamos a Tierra Santa, Stratford-upon-Avon, la cuna del "menos inglés de los poetas", el pueblo y las raíces de El Bardo.

Paramos en una estación de servicio. Nos tomamos un café y compramos cruasanes con almendras. Retomamos la marcha. Diez minutos después entramos en Stratford. Buscamos aparcamiento en las inmediaciones de un parque. El recinto está muy concurrido. El camión de los helados circula por uno de los carriles centrales. Hay niños por todas partes. Unos juegan al fútbol, otros se balancean en los columpios, y los más traviesos se lanzan puñados de arena cuando sus padres no les prestan atención. La autoridad local cuida el césped con esmero; luce corto, fresco, verde. Para llegar al centro hay que cruzar el río Avon. Podríamos haber pasado por un puente de piedra, pero decidimos subirnos a un bote con una docena de turistas. El encargado de la embarcación, un joven rubio y menudo, maneja el bote girando una polea instalada en un lateral. Un cisne blanco nada a nuestro alrededor, dejando una estela suave a su paso. En la otra orilla, subimos una escalinata y seguimos paseando. De las farolas cuelgan unos carteles con los escudos de los pueblos que contribuyen al mantenimiento de las infraestructuras locales. Atravesamos un mercadillo ambulante. Todos los puestos están cubiertos por unos toldos azules y amarillos. En High Street hay una exposición de coches antiguos. Un tipo simula abrir la puerta de un Mustang mientras su amigo le hace una foto. La ranciedad no conoce fronteras.

Al final de la calle está el ayuntamiento, un edificio pequeño, bajo, de piedras doradas, vidrieras estrechas y arcos de medio punto. En la esquina de enfrente hay una sucursal del HSBC. Una larga cola aguarda su turno para sacar dinero del cajero automático. Esa imagen me reconforta, ya no tengo motivos para viajar a Grecia. Llegamos al teatro de la Royal Shakespeare Company. Es una construcción sobria funcional, con ladrillos cobrizos, cristaleras azuladas y una torre anexa. Intentamos entrar, pero un vigilante nos corta el paso. Está cerrado. Visitamos la tienda de souvenirs. Hay posavasos, chapas, peluches, cómics, libros y postales con citas y retratos del hijo más célebre del pueblo. Salimos con las manos vacías y buscamos la escuela de Shakespeare. Desandamos el camino recorrido y brujuleamos por el casco histórico hasta encontrar la señal idónea. La escuela 'King Edward V'I está en Church Street.

En la entrada hay un niño rubio, pecoso y uniformado. Reparte folletos y saluda a los transeúntes. La escuela es un edificio rectangular con paredes blancas, puntales de madera y tejados a dos aguas. Entramos. En una de las salas se proyecta un documental sobre la historia del centro. El narrador nos cuenta que entre esas paredes Shakespeare empezó a sentir devoción por el teatro asistiendo a las actuaciones de las compañías que llegaban de Londres. El centro sigue funcionando como escuela de Gramática. Alrededor de las escaleras que conducen a la primera planta hay retratos de los directores de la escuela. Las aulas están intactas. El suelo cruje bajo nuestros pies. Hay tres filas de pupitres de madera noble, surcados de nombres, iniciales, fechas y rayaduras. En el otro extremo de la sala está el sitio del profesor. El sillón y la mesa descansan sobre una tarima. Tomo asiento y observo el aula en silencio. Me imagino al Shakespeare de siete años sentado en una de las bancas, atento a las lecciones del profesor, gastando bromas a los compañeros, o dando cabezadas sobre el pupitre, soñoliento y aburrido. Me levanto y me acerco a la primera fila. En uno de los pupitres hay un portafolios, una pluma y un tintero para imitar la firma del genio. Las hojas en blanco refulgen bajo los rayos del atardecer. Empuño la pluma, observo el folio y la dejo en el tintero. No tengo nada que añadir.  Alfred North Whitehead dijo que "toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica". Algo parecido ocurre con Shakespeare y la literatura. Un bebé llora en la calle. Recuerdo una cita del rey Lear: “Al nacer, lloramos porque entramos en este vasto manicomio”.

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