Literatura

El vuelo de albatros de Emili Sánchez-Rubio

Una vanguardia muy personal que alterna con un misticismo abocado a la naturaleza al sentido de la vida humana

14.12.2016 @emilioarnao 5 minutos

Emili Sánchez-Rubio hoy por hoy, segunda década del tercer milenio, según Jesucristo, es uno de los mejores poetas a nivel nacional. Siendo todavía muy joven, ostenta los veintilargos, realiza un tipo de ejercicio creativo que supera la realidad española y lo conduce hasta el síntoma de la auténtica noción de lo que es o debe ser la literatura. Nacido en Palma de Mallorca, tanto aborda la lengua española como la catalana, incluso tiene obras bilingües, como “Tedi[o]”, un libro ejemplar que devanea entre el pensamiento, la naturaleza y una vanguardia que no podríamos decidir como surrealista, sino inventada por él. La poesía de Emili S-R es cutánea y panteísta, pues acostumbra a buscar entre las piedras y los bosques todo ese depósito que aproximan las emociones a la belleza. Pero su sentimentalismo se siente recodado por su alterado y culminante lenguaje, el cual utiliza para reconducir su biografía moral y sus estados anímicos.

Recuerdo el día en que le conocí: íbamos Antonio Rigo y yo a recitar a un salón rojo rococó de una mansión convertida en centro cultural en Palma cuando de repente apareció Emili, casi adolescente y con unos versos en el abrigo. Debo decir con toda claridad que al principio no me entusiasmé con él, pues pensé que era uno más de los que se dedicaban a emborronar cuartillas pero a falta de un estilo personal y una experiencia creativa que marque las diferencias. Pero a medida que lo fui conociendo, sobre todo después de leer su libro “Jardín en construcción”, al momento comprendí que estaba ante todo un poeta vivo y muy joven. A partir de ahí se solidificó una relación entre Emili y yo que fue de amistad y de propia versión de los conocimientos poéticos. Estudiante de Historia, lee mucha filosofía y ha obtenido un onirismo cultural, el cual le ayuda a precipitarse por los barandales de una verdadera Ars Poética. Nos hemos ido alguna vez de viaje, sobre todo a Moguer, para ver la sepultura de Juan Ramón Jiménez y para leer versos en el congreso que se monta cada año en el pueblo de Platero. Nos une, pues, la amistad, el viaje, la poesía, el recital y muchas noches de alcohol en las que hemos acabado escribiendo versos muy cerca del mar. La naturaleza de Emili Sánchez-Rubio es pánica, panteísta y filtradora del autoconocimiento. Escribe Emili: Tedio, de nuevo, frente al televisor / Esta vez está algo más que medio dormido. / Es afición la suya la vida contemplativa del 1 al 23 de julio, / escuchar los comentarios de las etapas llanas del Tour. / Un pelotón es una multitud, un rebaño cómodo e indiferente / a esos locos con prisa: los tête de la course”.  Emili sabe que escribir es un proceso lento, diríamos que al contrario que yo, si se me permite este acotamiento, pero sin prisas, pero sin olvidar el tiempo, va publicando y ganando premios nacionales así como Tedio va sangrando en su cepillo de dientes. Mano a mano, en las barras de los clubs nocturnos, le hemos echado en varias ocasiones un pulso a la poesía y siempre nos ha salido algo como mañanero, madrugador, indecente o geométrico. Emili escribe desde la arquitectura de un idioma –sea, ya digo, catalán o castellano- que viene a reforzar su profundo mundo interior, su pasión por las cosas, por las piedras, por los árboles, por la arena, por los caracoles, en una especie de taoísmo donde la brevedad es obra de arte. No acostumbra a realizar versículos de gran tonelaje, pues hace, como Cristóbal Serra, un devoto de Chuang-Tsé y cotiledonio, de la brevedad bandera. Las banderas piratas de Emili soplan al viento cuando habla y cuando se mueve, pues su cuerpo en sí ya está preparado para alcanzar esa inercia mágica con que se atisba cada cosa, cada acto, cada acontecimiento que van sucediendo en el día. Emili atrapa el acontecimiento y luego lo escribe. “D’un mateix element / neixen diferents pedres i actitus. / Així, igual que succeeix amb el carboni, / les pressions fan de l’home / grafits o diamants”. Fuma mucho, cada vez menos, al revés que yo, Emili Sánchez-Rubio y cuando recita lo hace con dramaturgia hamletiana, como si fuera un actor del Actor’s Studio, con fuerza y brillantez, con humor y elocuencia. Ha publicado “Jardín en construcción”, “Breviari d’antipodas”, Revisar-te el nom”, “Pájaros de plomo”, “Els (in)continents eufórics” –éste en colectivo-, “31 poemas breves…” y otros.

Emili Sánchez-Rubio viene de Platón, de Catulo, de Epicuro, de Demóstenes, de un clasicismo que él ha convertido en modernidad, en ese Renacentismo siglo XXI que obliga al hombre a pensarse, a mitigar los golpes de Dios –Vallejo- con la sabiduría y la autorreflexión, porque Emili sabe que sin pensamiento no hay poesía, sin gnosis no salen las metáforas, porque el mundo ya es demasiado cruel como para dejarse llevar por la enfermedad, el spleen o la lluvia en los zapatos. Usa pelo largo, a lo parnasiano, aunque en estas fechas, según me cuenta por el móvil, se lo ha cortado, porque su poesía a su vez en un corte, un sancho breviario de acotaciones y de palabras juntas que nunca lo hubieran estado –dadaísmo- y de un aforismo que le aproximo, insisto, al taoísmo y a las culturas orientales. Como renacentista que es, Emili hace uso de la naturaleza para invadirse de ella y luego contarla como si la natura fuera humana, indiscreta, aeroportuaria, esteta. De ahí le viene a su vez el panteísmo, porque la luna no lo es hasta que el hombre, el poeta la hace suya y la dicta según su proceso filosófico, según su mantis religiosa embadurnada por el pellizco de los colores, de las formas, del autobiografismo. Un hombre que se cuenta a sí mismo siendo poeta, si encima posee estilo, ya no es un hombre ni un poeta, sino una orientación del nacimiento hasta las robustas presas de lo natural y de lo mágico. Este magicismo emilianense –sin ser todavía las glosas- le permite jugar con el lenguaje hasta fabricarlo desde la cacharrería hasta el concesionario de venta, donde el idioma toma origen para ser conducido hasta la vida en toda su plenitud. Emili es un poeta vivo que vive, pero no frívolamente, sino desde el nudo gordiano de ese clasicismo moderno del que habla. Su vanguardia refleja ya una época en que no están ni Tzara ni Aragon, ni Marinetti ni Maiakovski, pues Emili S-R sabe muy bien que para ser moderno es necesario entablar un noviazgo con el tiempo en que vive, pues si un poeta intenta dejarse llevar por las lavas de la tradición podemos decir que está dando cuatro pasos atrás y todo queda en plagio, en pseudo, en influencia, en nada.

Emili Sánchez-Rubio bebe cerveza y hace versos como un Boeing 737 que siempre está sobrevolando ciudades, sin pararse a apostar en aeropuerto alguno. Se trata del vuelo del albatros.

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