Literatura

Escribir es lo único importante

El arte como fracaso impone al poeta su individualidad

15.06.2016 @emilioarnao 9 minutos

Al poeta sólo le debe interesar la poesía cuando la escribe. Todo lo demás ya no forma parte de él. El poeta es uno mismo, más allá de sus libros y su entrega al lector. En cuanto el lector lee al poeta, éste ya ha desaparecido, se ha evanescido por las fronteras de la mundanidad. Ocurre que en la madrugada, después de fumar un cigarrillo en el balcón, beber un vaso de cocacola, ducharse con agua fría, el poeta se sienta ante el ordenador y vierte su primera palabra. No hay silencio entonces, sino que tras la primera viene la segunda, el adjetivo –como quería Josep Pla-, la sintaxis, el orden tras el caos del lenguaje, la angustia que se desvanece, y así sucede que todo lo demás ya es abierto placer y conmoción ante el acto prodigioso que significa la escritura. El escritor es un hacedor de filosofía hedonista, donde el Jardín de Epicuro arroja sus hojas de los árboles sobre las manos rabiosas y veloces del que va consiguiendo lenta o rápidamente esa definición de la cosmovisión de la creatividad, donde lo único que importa es establecer un diario íntimo consigo mismo, una durabilidad del tiempo dentro del tiempo, un equinoccio de emociones que no tiene parangón con otras formas de elaboración o construcción del mundo. El poeta construye porque se quiere construido. Y no hay más higiene que la propia blancura de la obra acabada.

Todo poeta debe aspirar a describir su paisaje interior desde la estética, siempre a partir del control del lenguaje. El idioma hace al poeta y no al revés. La inspiración no existe. Lo que existe es la rebelión contra el lenguaje para superarlo y administrarlo en su justa medida. A eso se le llama constancia, perduración, trabajo, obsesión. Si un escritor no se obsesiona con su obra, ésta nunca aparecerá, en todo caso, se vislumbrará desde lo lejos algo parecido a la literatura, pero nunca la literatura propiamente dicha. Todo lo literario sobreviene desde esta vocación irrenunciable que debe acaparar todas las horas del día, todas las lecturas gestadas, todo ese laboratorio que es la escritura producto de una neurosis muy cercana a la locura. Sin la alteración de la realidad mental, sin una desposesión de la conciencia objetiva, el poeta jamás conseguirá la resistencia del tiempo, la eternización de sus versos, el alejamiento de una vida que ya de por sí es insulsa y terrible, dolorosa y necia. No estamos provocando la intencionalidad de la escritura del poeta como método de evasión, ni siquiera como columna de una catarsis, sino todo lo contrario, esto es, la aproximación a sí mismo a partir de una subjetividad que sólo se obtiene si se monumentaliza la psiquiatría de las experiencias, el vómito de una existencia que por real acude a los hechos más ingratos, como por ejemplo la sociabilización de su individualidad. El poeta debe ser único, y creerse único. Es desde esa personalización como se adquiere el verdadero sentido del fracaso.

El fracaso atiende a esa incomprensión del autor que se afana a ser escritor sea como sea, por lo que, vista esa defenestración, cae en el letargo y en la desidia, en el desmoronamiento y en la indignación. Todo poeta que sepa que su obra es buena –el poeta siempre mantiene esa intuición de lo que mantiene calidad o lo que deja de mantenerla, pues es el primer crítico literario que atestigua su producción- anhela casi con desesperación que ese esfuerzo diario y evolucionador de un agotamiento y de una enfermedad emocional e intelectual que le conduce a la extenuación por lo menos adquiera la repercusión social que su obra, según él, merece. Caen los días, pasan los años, suceden las épocas y ese reconocimiento nunca llega. Se concentra de este modo la mordedura del fracaso.

Pero el fracaso, como intentamos examinar en este artículo, no debe anular para siempre la constancia del escritor, sino que es obligado que sirva de revulsivo para enfrentarse a los modelos socioeconómicos que rigen el mercado y aplicar con mayor tensión y con una pulsión desgarrada y ciertamente arrebatadora el método para continuar hacia delante. El fracaso no debe tirar para atrás el concepto de la existencia que el que escribe atisba de la existencia y sus conductas inefables y contradictorias. Todo lo contrario, es necesario que actúe como un polvorín entre las manos del poeta que siempre esté a punto de estallar. La guerra consigo mismo aporta al creador una lucha continuada y anarquista y rebelde y maldita hasta que llegue el momento en que se entre en la ciudad sitiada y la conquista procure la edición de los libros y la ambulancia del acercamiento de los lectores. Un poeta en principio escribe para sí, para desmantelar sus infiernos interiores, pero en su conciencia pálida persiste ese engranaje entre su obra y su interpretación. El lector no hace al poeta, sólo lo descubre y lo fagotiza, con lo cual se convierte en su propio poeta, en su propia palabra, en la respuesta asumida a un lenguaje que ya es suyo y que deja abandonado al escritor que lo puso sobre la pantalla. He ahí un nuevo fracaso.

El fracaso filosofa sobre el propio fracaso. El poeta no es dueño de su obra desde el momento que deja que sea interpretada, porque de esa interpretación se desprende la malformación de su origen y la descomposición de su talento personal. El lector no lee el talento, sólo la superficialidad del talento, pues éste únicamente coexiste con el creador que aborda su obra como una demarcación de la belleza, como un monismo de su dualidad, como una manifestación de su conciencia alterada. La locura, como herramienta indefinida superpuesta al momento preciso de la creación, está constantemente asumida como tal, porque el poeta-loco atiende a su reverberación de ese proceso en que desaparece del mundo para dejar de ser yo y convertirse en el otro –si utilizamos la teoría rimbaudiana-. Esa otredad jamás será comprendida desde la interpretación, porque únicamente es sufrida o amada por el que se ha convertido en el único estandarte del mecanismo que persigue todo lo artístico, es decir, mantenerse vivo a pesar del sufrimiento. Pero no nos confundamos: escribir no es sufrir, todo lo contrario, dejar de sufrir y aumentar esa dosis de cognición que habitúa al poeta a la dicha, al gozo, al alimento que lo traslada a cada momento hacia un paraíso emocional al cual pocos pueden acceder. El fracaso es, de este modo, todo un paraíso. La obra que proviene del dolor ya atiende a otra cosa, como veremos más adelante.

El lenguaje resiste el dolor y proporciona un éxtasis que en determinados momentos puede ser peligroso, como decía Roberto Bolaño. Pero es ese éxtasis, esa superación de lo real más allá de lo real, lo que admite la concienciación de la duda de la existencia, que es a lo que se enfrenta el poeta cada vez que escribe un verso, dos, cien, un libro. El fracaso sobreviene si no se consigue esa elevación más allá de todo, en una especie de mística que nada tiene que ver con el Barroco religioso, sino con el ateísmo más filosófico sobre la significación de la vida. La sacralidad de la escritura ayuda a soportar esa angustia interior que el mundo adocena sobre las individualidades y son éstas, acorazadas en el lenguaje, las que inducen a la superación de la mentira, de las voces que se escuchan en las sombras, de la alienación, de la política, de la fragilidad del hombre como tal. El poeta que no logra remontar esa fragilidad se puede considerar un fracasado.

La mediocridad del poeta también es un forma de fracaso, porque la obra debe resistir el paso del tiempo como forma única y ahíta de belleza. El poeta que sólo escribe a medias, es decir, sin beneficio del talento, acaba por evanescerse por las fronteras del tiempo, el cual es siempre el que sitúa a cada uno en el lugar que le corresponde. En este sentido, nos encontramos ante un doble fracaso: el de la ausencia de la interpretación y el de la impotencia ante un ritmo y una voz que no se poseen. El poeta no se hace, sino que nace. El talento es una cuestión genética, vertida por una naturaleza que nos viene dada desde el momento de la cuna y que se detiene cuando llega la mortaja. No es posible ser creador imponente sin serlo aunque uno mucho se lo proponga, como no hay escuelas de arte que muestren la calidad del poeta por mucho que se añadan los pasos a seguir según qué normativas o universidades monstrencas. Ya desarrollaremos esta teoría en otro capítulo. No se aprende a ser poeta, sino que es el poeta el que intuye que su obra debe desprenderse urgentemente desde su emoción y sus desequilibrios lingüísticos, pues la poesía radica en un constante desequilibrio entre la forma y el fondo, el combate del día a día contra la pantalla en blanco, que es la que avisa al creador que allí debe ocurrir algo, un adjetivo, una metáfora, una victoria, la demencia, la constancia, el mundo vuelto del revés, la naturaleza convulsiva, palabra tras palabra, el verbo imprevisible, la fruta madura, el orden de lo sintáctico, la ortografía o la no ortografía, la vanguardia o el clasicismo, el estilo, sobre todo el estilo, que es lo único que diseña la auténtica originalidad del escritor. La originalidad presume del talento. Sin originalidad no hay poeta, sólo repetición y otras épocas que ya han clausurado su puesto en el mercado y que se amontonan en el presente como una bazofia de la que siempre hay que huir. El poeta que repite fórmulas ya escritas adviene en ese fracaso que lo anega en una mediocridad de la que nunca saldrá, pues no considera que el arte consiste en una continua renovación, en una absorbente prescripción de novedad y tiempo hacia delante. El tiempo que se repite no es tal, sólo candidez, plagio o falta de videncia. El poeta debe ser vidente, como quería Rimbaud, y atravesar, como un barco ebrio, todos los mares y todas las tierras, alcanzar el cosmos más allá de todos sus sentidos, aunque estos estén desarreglados, alterados, alucinados, como si bebiera absenta ante el ejercicio de su producción. El alma no existe en el poeta, sólo el cuerpo constreñido de agua y medulas, de células y neuronas que alojan el mensaje original de todos sus principios poéticos, de todo el nacimiento visceral del lenguaje, pues son las palabras las que van por delante del poeta y no a la viceversa, pues existe antes la poesía que el poeta.

Las alucinaciones provocan una síntesis del fracaso, dado que éstas pervierten el dominio del lenguaje, ya que ocurre a veces –no siempre- que es el lenguaje quien tira del poeta y no éste del lenguaje. El idioma se adelanta a lo que el escritor quiere hacer valer de él, y he ahí la sinergia de la poesía, la cual es inatrapable, resbaladiza, esquiva, montaraz, mujer de culto. El poema está antes que el poeta, lo único que debe procurar éste es intuir cuáles son las palabras que ya desde el contexto de la creación le vienen dadas, sólo es suficiente adivinarlas, auscultarlas, extraerlas de los pulmones, de la piel, de la ropa que viste, del silencio que debe prevalecer siempre cuando el creador se dispone a amontonarse ante esa página en blanco que en principio da pavor, terror, miedo, aquelarre. Pero nada de eso suele suceder si el talento acompaña al poeta, pues éste sabe muy bien que el poema, como decimos, ya está escrito antes de escribirlo, sólo hay que intuir la primera palabra, todo lo demás despierta inmediatamente como un enfermo que ha estado cuatro años en coma en un hospital. El poeta es el gran enfermo, el gran criminal –siguiendo con Rimbaud-, el gran ladrón del idioma y sólo de este modo la creatividad produce esa belleza y ese placer incuestionable que se entabla en la conversación distendida entre el lenguaje y el poeta, quien cuando termina su confección de la obra retira sus manos del teclado del ordenador, respira profundamente, sale al balcón a fumarse un cigarrillo, se bebe una cocacola y se dice a sí mismo: “¡Aquí está, he encontrado lo que buscaba, soy un asesino¡” Y no hay fracaso en ello.

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