Literatura

La importancia del teatro

13.05.2016 @emilioarnao 9 minutos

Escribir teatro es escribir hacia el mundo, un mundo real o irreal, pero siempre mundo. Teatro es palabra y como tal debe ocasionar al ser oída y vista una convulsión herida en el espectador o lector. No cabe otra opción para la escenificación de esas grandes paradojas que son la vida que verlas representadas ante un público que siente que lo que se está diciendo le concierne a él, le provoca una implosiva reacción en su aerodinámico devenir de sus propias edades. Teatro es salir de una casa y entrar en otra.

Todo autor teatral debe tener en cuenta que lo fundamental para la arquitectura de la escenificación es el lenguaje, porque es éste mismo el que afianza la lectura de todos los tiempos que transcurren mientras el tiempo prácticamente va desapareciendo. Teatro es desaparición, pero a la vez encuentro con uno mismo, con el que desea escuchar y ver lo que la calle, las grandes avenidas de las ciudades, la cotidianidad tan triste como un álamo cerca de un río, se traducen en un idioma y en unos personajes que sólo hacen que narrar un más allá que se aproxima al más acá. Todo teatro es cercanía mientras desaparecen los vértigos del ser humano. Este humanismo produce la convergencia entre el terror a vivir y la concienciación de que la vida es algo realmente bello, como un cuadro de Otto Dix. Teatro es, pues, a su vez pintura.

Teatro es, como digo, pintura, lienzo con voz y movimiento, vanguardia de telas que dialogan entre sí, como en “Noche de guerra en el Museo del Prado”, de Rafael Alberti. Todo lo teatral produce una manifestación de reproducción pictórica, donde los personajes sortean las pinceladas y el óleo en relación con un lenguaje que da vida a la completud del arte. Quien participa en la observación de una obra de teatro en el fondo lo que está viendo es la sinergia de los grandes artistas modernos. Teatro es azul y línea y cubismo y metáfora de un surrealismo que se aproxima a la combinación de la creatividad como fórmula para intentar explicar el mundo. No entiendo la escenificación sino es a través de un mensaje siempre perdurable que tenga que ver con los movimientos pictóricos. “El Público” de Lorca verifica ese acento parisino de los lienzos de Paul Klee, Max Ernst, Dalí, Pável Chelishchev o Leonor Fini. El ritmo teatral se adecua al ritmo del pintor cuando procura metafísicamente explicar la vida, el tiempo, el amor, la angustia, la destrucción a través de la quietud. Esa quietud se agiliza y se transforma en acción cuando un autor de teatro decide embocar el lenguaje a partir de la coloración y de la relación entre los objetos en un escenario. Toda escena proviene de las pinturas rupestres de los hombres primitivos. El teatro clásico griego no es más que la puesta en movimiento de la escultura, de los frescos, de los mosaicos, de ese mundo que observa en silencio el devenir de los tiempos que las grandes tragedias helenísticas verificaron como una forma de contar lo que ya habían adivinado en el arte detenido.

9032063807_1026ab0625_kImagen de  Graziella Kreling


Por otra parte, el teatro actual, sobre todo atendiendo a estos tiempos convulsos en que permanecemos inmóviles como un cuadro de Paul Delvaux, debe orientarse para facilitar y reproducir las distintas realidades que afectan directamente al Pueblo. El teatro no debe permanecer, como hasta ahora, en un campo de organización para las minorías selectas, sino, entendiendo a Brecht o a Alfred Jarry o a Antonin Artaud o en estos tiempos españoles a Juan Mayorga, urge un planteamiento de movilización de las masas populares, como el mismo Lorca advirtió en su dramática. Teatro, pues, para las clases humildes y revolucionarias, donde se ofrezca una culturización de lo observado y su implosión en el pensamiento crítico de las mismas. El teatro revolucionario –véase Buero Vallejo, Alfonso Sastre, Fernando Arrabal, Tadeusz Kantor, Máximo Gorki- impone esa nueva tendencia hacia la recuperación de los valores humanos que la oligarquía siempre ha intentado defenestrar y que el poder como tal en todo momento ha alterado toda evolución del teatro hacia el comercialismo, el entretenimiento, el vodevil, el costumbrismo y otros eufemismos para distorsionar las conciencias y no mostrar la verdadera complejidad del ser humano incardinado a la socialibilización de los argumentos reales que se extienden en las calles, en los campos, en las casas, en una geografía humana que siempre ha sido enmascarada por un teatro donde la denuncia y la crítica política sólo fueran pasto de la frivolidad, el benaventismo, la superficialidad, la risa y el champagne de los entreactos.

De modo que considero que en estos tiempos de convulsiones mundializadoras se presta de nuevo el teatro comprometido, porque es el individuo, en su calidad de ciudadano, quien debe verse reflejado por los personajes que dialogan, que gritan, que prosperan, que se colorean –versión de un lienzo expresionista-, que se desmoronan, que llevan sobre las tablas, como una puesta en escena en las corralas de Almagro de una comedia de Lope, el sentido de la honra y el episteme del dolor y la angustia –el teatro de la Crueldad de Artaud-. Porque hay que educar al público desde ese revolucionarismo que la sociedad capitalista nos impone como medida de defensa. El actor debe ser un soldado, un héroe de la nueva moral, del prodigioso destino, del efervescente dilema que se abre entre el ser o no ser shakesperiano. Hamlet está con nosotros, vive entre las butacas, se maquilla en los camerinos, duda ante la existencia de un mundo que se desmorona y al que hay que cambiar, como querían Rimbaud o Marx o incluso Hölderlin. El teatro tiene que producir ese proceso de cambio que despierte las conciencias adocenadas por esa inercia de los procesos económicos en que hoy deriva, como un barco al pairo, la mayoría de los pueblos del mundo. El teatro debe ser salvación, nunca figurín, carcajada y pasatiempo. El tiempo pasa y son los actores los que nos deben confirmar que es posible transformar esta época de indignación que nos asola. Tomemos la palabra y proyectémosla hacia el teatro en la calle. La calle del teatro.

Un teatro al aire libre, como quería Lorca, un teatro societario, actual, contemporáneo, realísimo y común hacia todo tipo de culturas, donde los humildes, las clases bajas, los desheredados, al ver ese guiñol de palabras bellas pero terribles, comprendan que lo teatral forma parte de ellos y que sólo desde lo teatral se pueden adivinar muchos de los muros y atalayas que la minoría selectiva –en esto discierno de Ortega- han edificado en torno a la comunidad global. Este teatro colorista del que hablo no debe reducirse a plantear las diferencias sociales como una manera de contar las cosas, sino de transformarlas y adoptar mensajes que usurpen lo que Fukuyama denominó como “El fin de la Historia”. Contra Fukuyama y los liberales de la Escuela de Chicago o la Escuela de Austria, más el thatcherismo o el reaganismo de los años 70 debe considerarse el regreso a la crítica, pero no por asumir sólo la mera crítica, sino ejercer intencionalidad de revolución que nos conduciría a la Revolución Francesa, a las revoluciones sociales del siglo XIX, al Mayo del 68, a la generación beat, al hipismo, al Che Guevara, a las recientes revoluciones africanas, a los indignados de la Puerta del Sol, a todo aquello que asome un memento de tormenta contra una globalización económica de la que sólo se nutren el poder obsesionado por el mismo poder. El teatro del siglo XXI debe actuar contra ese poder y zaherir los conceptos que lo sustentan, de modo que el lenguaje teatral urge que se imponga como una desafectación de esa masa mínima y sin escrúpulos que hoy nos desborda y que tanto dolor está causando por los arrecifes de todo el planeta. Por lo tanto, yo digo que hoy toca un teatro de descuartizamiento, de lucha y derribo, siempre desde el eco de la voz de Gandhi, de Martir Luther King o de Evita Perón. John Lennon canta “Imagine” y esa banda sonora debe escucharse cuando se cierra lentamente el telón en las obras teatrales que hoy con urgencia deben acaparar todas las calles, todas las plazas, todos los pueblos, todas las fronteras. Estoy hablando, pues, de un teatro fronterizo, más allá de los países y de las naciones, más allá de Europa o Estados Unidos, más allá de este dragón cotidiano que asoma por las televisiones y por los medios de comunicación. Teatro de una mayoría contra la minoría.

El hombre de teatro tiene que aspirar al esperpento valleinclanesco donde los espejos reflejen toda miseria y toda oligarquía amurallada por el magma de lo policiaco y el orden público. Estamos ante la beligerancia de lo teatral, ante la batalla nocturna del hombre romántico contra esta empalizada que secuestra los incógnitos valores del ser humano. Amor, amor, más amor en los teatros, porque sin esa emoción primera siempre será imposible desabotonar los lujosos trajes de los caballeros imperturbables, residentes de un Tierra que no les pertenece, compradores de yates y países frente a la rebelión de las masas –en otro sentido que el de Ortega- que se hace ya imprescindible, hedonista, global, diurna y definitiva. El hombre de teatro debe escribir para la secesión, para la intensa culturización de los pueblos anegados por la riqueza y el absolutismo, para esa nueva sensibilidad que tiene que brotar como el bellísimo aquelarre de la Humanidad. Sin teatralización del mundo desmoronado no hay ya teatro, sólo heces o pingajos, hojas muertas del otoño o desertización de los continentes. Teatro para soñar. Pero que el sueño sea posible, no sólo la histeria de Freud.

8371001796_5361431220_cImagen de Nacho


El teatro es representación de la vida, pero de la vida que adquiere el fragor de las masas, el aliento de un mundo descobijado de sí mismo por culpa de la oficialidad y una cultura depositada en los baúles de la inopia, de la segregación, del antiteatro. El hombre que crea y dialoga y sitúa en la escena una transvaloración de los valores –como quería Nietzsche- está realizando un bien a la comunidad que le será devuelto con los aplausos y con el reconocimiento del pueblo, que es al que debe respetarse y volcar todo esfuerzo intelectual y humano para que las consignas de la cultura de la subvención y el entretenimiento de la burguesía en forma de marquesado de tiempos pasados no disfruten de la mascarización y de un entorno irreal que sólo posibilitan la nulidad del individualismo y del pensamiento crítico. El teatro en la calle pronostica el afianzamiento de los personajes dionisíacos y del idealismo de la tragedia clásica. Hemos de regresar a los clásicos para entender que toda tragedia proviene de los dioses, estos dioses alquímicos de hoy, que viven en Wall Street o en los despachos de las multinacionales, y que son los que no nos permiten escuchar el coro de la teatralidad helena y su denuncia hacia ese poder mitológico que esconde la verdadera virtud del hombre como tal, del ser humano como forma capaz de rebelarse contra todo lo divino e intocable. El teatro no es una mercancía, sino la voz de los humillados.

No me interesa el teatro escapista, el echegarismo, las comedias de Poncela o de Mihura, producto de un régimen político cegador y manifestador de censuras y denegaciones de la realidad. El realismo teatral de hoy puede considerarse como la más bella metáfora escrita desde el lirismo. Por eso manifiesto a su vez la capacidad del lenguaje para ocasionar una convulsión emocional que derive hacia los principios de virtud, belleza y sensibilidad. Las palabras que se escuchan tienen más poder que las que se silencian, por eso lo teatral inicia, o debe hacerlo, una nueva forma de atravesar la escena a partir de sus personajes, porque son éstos los que realmente ocasionarán la sensitividad que una palabra como la lorquiana o como la brechtiana reproduzca esa tragedia capaz de concienciar al público la máxima que con todo probabilidad otro mundo es posible.

En nosotros, hombres de teatro, está ese cambio. No lo desaprovechemos. Actuemos no como héroes, pero sí desde la heroicidad. Somos mundo, vida, naturaleza, tribus, agua, pasión, entrega. En ello nos van el tiempo y su largura. Lancemos ese mensaje de esperanza que la multitud espera escuchar y utilicemos nuestro talento para fortificar jardines y para subir a las colinas en donde se encuentra el loco que ya cantaron The Beatles. La importancia del teatro.

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