Literatura

Leopoldo María Panero: "Yo te mato. ¿Quieres, te vienes?"

Leopoldo María Panero mordió el malditismo de un Madrid con anfetas y whisky. Su poesía calbaga entre la escatología y una vanguardia de psiquiátrico. Bailó entre las serpientes de la familia y tenía lentas agonías que le aproximaron a la tumba.

21.12.2016 @emilioarnao 7 minutos

Sale Leopoldo María Panero del psiquiátrico para dar conferencias y para dotar entrevistas para la prensa y la radio y lo hace como el paseíllo de los toreros, envalentonado y amorfo, desgastado y fumador. Sale porque le dejan salir, pues se podría decir que en el hospital permanece por voluntad propia, por no consumir más drogas y por no suicidarse otra vez. Cuando uno hombre se suicida tres veces es que ya es poeta, sin romanticismo, pero con las palabras resguardadas entre el olor a alcohol de la inyección y el horaperitedol en la boca sin tragar. Los excesos baudelairianos de María Panero no es que fueran excesos es que le venían desde lo cotidiano y desde la familia, contra la que se rebela y penga un puñetazo en la mesa para autentificar su rebeldía. La actitud rebelde de Panero no es que sea rebelde, sino que es vital, evasiva, mundial y maldita. Entraré si se me da permiso en el tópico del malditismo de Panero, pero es que, ahora que estoy escribiendo, lo tiene todo. Panero es maldito por las siete costillas, por el lenguaje chorreoso y diletante y por una biografía que no pide pan, en todo caso whisky y pastillas. El suicidio reiterativo de Panero lo convierten en el hombre más suicidado de la poesía española, superando a Larra y a Ganivet, incluso podría atreverme a decir que sus suicidios ya son internacionales, superando a los de Sylvia Plath, George Trakl, Chatterton, Hemingway u Horacio Quiroga. Porque si uno se suicida en distintas ocasiones no tiene por qué haber la muerte de por miedo. Un suicida es un suicida, esté vivo o muerto. La destrucción invita a la autodestrucción, que ya es el suicidio y enfrentarse violentamente a la vida supone un rechazo a ésta que debe acabar o en un cementerio, en un hospital psiquiátrico o en un vagamundeo por esas carreteras de Jack Kerouac.

Castellet le colocó entre los novísimos, pero allí Leopoldo María Panero no pintaba nada, porque estaba en otro círculo, en otro pentágono, en otra figura geométrica que no tenía nada de esteta, ni de veneciano, ni de norteamericano, ni de disfraz, ni de culturalismo, ni siquiera evocaba paisajes exóticos, tierras medievalistas, un pop poétique que era lo que definía a todos aquellos 70 de los novísimos. ¿En que se parece Panero a Manuel Vázquez Montalbán o a Antonio Martínez Sarrión o a José María Álvarez o a los de la coqueluche: un Pere Gimferrer, un Guillermo Carnero, una Ana María Foix y todo así? En nada, digo yo, pues no hay influjo del cine, ni de la contracultura, ni de lo camp, ni del alumnado de Aleixandre, Biedma o Cernuda. Castellet colocó allí a Panero por una cuestión genealógica, por la edad y, en todo caso, por la escritura automática, pues la vanguardia de Leopoldo María Panero la llevaba puesta en el abrigo de bohemio, como Rubén llevaba en su falsopecto una botella de coñac.

Panero viene de los Panero de toda la vida, de una madre furiosa, un hermano cascivano, otro hermano perdis y un padre del 36, más un primo como actor o cosa así. La familia Panero es una juerga daimónica, visceral, insultante, contraedípica, como sale en la película de Chavarri, “El desencanto”. J. Benito Fernández ha biografiado muy bien en Tusquets a Panero, su radicalismo político, su antifranquismo –como todos en esos momentos por otro lado-, su complutense, la lengua francesa, su dilapidación de los tóxicos, pastillas, coca, heroína y todo el tótem de los paraísos artificiales, su ingreso en prisión, su ingreso en los 70 en el psiquiátrico, su Mondragón, sus Islas Canarias, donde ahora vive y vuela a la península para salir en los programas de televisión, se pega un happening y se vuelve al psiquiátrico. Mientras, Ricardo Franco va haciendo la segunda parte del infiernillo familiar Panero, “Después de tantos años”. En los 70 yo creo que publicó su mejor poesía, pues era cuando el arrebato estaba más conectivo, más impulsivo, más narciso de drogas, así “Por el camino de Swan”, “Así se fundó Carnaby Street”, donde el experimentalismo lo convierte en un posvanguardia que en nada, como digo, se parece a la contracultura de los venecianos, “Teoría” y así todo seguido, entre inyecciones de válium y libretas en blanco irá Panero en los jardines de Mondragón resolviendo toda su desesperación a base de escatología, faltas ortográficas, madreselvas por los muros del manicomio, “Last River Together”, “El que no ve”, “Dioscuros”, “El último hombre”, “Contra España y otros poemas de no amor” y para delante así todo seguido hasta llegar a “Cantos del frío”, su última obra que yo sepa publicada en Casus-Belli en el 11.

M. Panero susurra a los caballos y ve a los demás como los verdaderos locos, pues él no se considera que padezca alguna patología mental, lo que pasa es que si lo dejan suelto se bebe todo Madrid y se mete toda Barcelona. Dice que en Canarias últimamente lo levantan del banco en el que duerme por los parques del sanatorio. Enrique Bunbury le hizo una cosa que a Panero no lo gustó demasiado, sin embargo, se siente indignado en estos momentos, como un 15M más, sólo le falta la pancarta para cagarse en ese hijo de puta que es Rajoy, según leo. Le putea todo el mundo, el enfermero, el periodista, el poeta novel, el editor, la familia, gente que va y viene como si no supiera que meterse en la vida de un poeta maldito no es cosa fácil, pues lo mismo te llevas un par de hostias. Panero, en su lenguaje dialectal –el dialecto de los locos que no lo son- está más próximo a Mallarmé que a Baudelaire, con el que seguro se hubiera encontrado muy cómodo en el Club del Hachís donde Charles Baudelaire compartía bebida y alimentos sazonados con el opiáceo con Gautier, su gran amigo y al que dedica excesivamente su libro “Las flores del mal”. Más que maldito teme que lo traten como monstruo. No soporta España y se caga en la madre que la parió. Panero quiere irse de Rajoy, porque no cuida la universidad, la poesía y la gimnasia. Para vivir como Panero primero hay que sobrevivir al hundimiento del Titanic, escribir mucho y tomarse las pastillitas tranquilizantes por la mañana, recién duchado o no, junto con el vaso de leche y los croissant. Sobrevivir no es fácil para el malditismo, pues éste tiene sus dificultades, como son sacarse novia o novio, acudir a fiestas galantes, pasear por Marbella o Saint-Tropez, acudir a televisión absolutamente sobrio, insertarse en la familia yendo los domingos a la casa de campo para comer la paella, vestir Emidio Tucci, dejarse fagotizar por toda esa cremeXX de la intelectualidad que más que crême es una mierda con velitas de cumpleaños, educar a unos hijos o dejar de ir de putas cuando las putas son las mujeres más decentes que uno se encuentra en el barrio. Ser maldito, pues, no es nada fácil, uno se lo tiene que currar y tiene que hacer de maldito, sino no vale. El maldito se enfrenta a la negación de lo social, de lo políticamente correcto, del orden constitucional, de esa manía persecutoria que no es manía, es simplemente persecución, porque a Panero lo están persiguiendo siempre, por ese look de andrajoso y muerdefiestas en donde siempre se presenta sin afeitar. Un maldito como la copa de un pino debe ir a las televisiones sin afeitar, con las botas manchadas de barro –o de sangre de perro mejor-, con un puro en la boca y siempre mirándole las piernas a la presentadoras, que hay que ver que piernas ponen las periodistas de hoy, como para invitarlas a un viaje a Tahití, para ver a Gauguin o a Marlon Brando.

El malditismo tiene su riesgo y uno se la juega a cada momento. Uno no es maldito hasta que no lo etiquetan, como a los jamones ibéricos o como a las modelos de la Pasarela Cibeles, pero es que ocurre que el affaire maldito y modelo daría para una película, un libro, un ensayo comercial. A ver si Leopoldo María Panero se atreve con Ariadne Artiles o con Martina Klein, que están muy buenas y además comen. A mí Panero que me deje a Estefanía Luyk, que mi malditismo se merece ya una actriz o una top-model para irnos a Copacabana o al Tibet. Ser maldito, digo, no es nada fácil, se lleva la percha o no se lleva. Panero la tiene y en su armario sólo hay calzoncillos sucios, camisas rotas como las que diseñaba Miguel Amate en Le Marais –luego vino Desigual y se las plagió-, botes de cerveza, insectos disecados y otras merendolas muy propias de los hospitales psiquiátricos.

Leopoldo María Panero, entre habitaciones que huelen a formol y las discotecas que se pega cuando va a León a ver a sus amigos Antonio Gamoneda y Álvaro Pombo, siempre lleva la frase hecha, la de Gottfiried Benn: “Yo te mato. ¿Quieres, te vienes?”. Su muerte ha sido un obituario en la lejana historia.

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