Literatura

Luis Antonio de Villena: la Venecia de Bryon

Luis Antonio de Villena es un escritor esteta, rebelde, culto y de gran admiración por buena parte de los poetas españoles. Salido de los novísimos vive sólo de la escritura y perfora su dandysmo dentro de un malditismo que ejerció pero que quizá ya no ejerce.

28.09.2016 @emilioarnao 6 minutos

Luis Antonio de Villena es un escritor que escribe demasiado, pero lo hace bastante bien. El escritor, el verdadero escritor no es aquel que se crea una profesión desde la literatura, ni siquiera una vocación, sino aquel que permite que lo escrito conforme una verdadera obsesión. A mí me pasa esta enfermedad. La enfermedad de escribir para ir resistiendo a la muerte, al vacío, a la nada. Luis Antonio de Villena es uno de esos enfermos que, desde la obsesión y una profundísima cultura, va haciendo sus libros como la mantequilla de Holanda. Recuerdo cuando en mi adolescencia leí sus primeros libros de poesía, la antología de Castellet sobre los novísimos, que fue entonces cuando me di cuenta que aquel veneciano, aquel esteticista, aquel culturalista que era Luis me contagió esa tuberculosis que tose como un poema, mientras  a la madrugada yo leía aquellos versos para combatir el insomnio, la noche de los whiskies, la mañana que nunca llegaba. Al alba, ya digo, yo leía a L. A. de V. y me sentía como un galgo al que le queda todavía mucho canódromo por rellenar. “Sublime Solarium”, “Hymnica” o “El viaje a Bizancio” me los leí en dos albadas, mientras esperaba a mi amante, la cual nunca llegaba, porque las amantes nunca llegan cuando uno lee poesía, porque eso asusta, despista y descorazona. Aquellos versos de Luis Antonio de Villena, ese nombre como de escudo nobiliario en las puertas de Villanueva de los Infantes, me llevaron a la escritura, pues la literatura es una luz que va hacia otra luz y de este modo uno va haciéndose poeta, más leyendo que escribiendo, pues sólo de la lectura llega el símbolo, la hoja de papel en blanco, el nudo gordiano de la pôesis que luego te arrastra, te invade y te deja un horario nocturno, donde, desde el sonambulismo, uno va realizándose un estilo que siempre debe virar hacia lo original, hacia lo inédito, hacia lo irreal. Luis Antonio es un sonámbulo, como lo era Nerval, que con el tiempo ha adquirido ese estilo propio que supone que un escritor ya sea el escritor total, el talayot, la ruina romana donde volver a levantar toda una civilización. Villena es civilización y modernidad y eso le hace grande en todo su imperialismo de literatura manufacturada, escrita con el nombre, desde un independentismo que vuela como el albatros de Baudelaire. ¿Y el dandismo? ¿Acaso Villena es sublime sin interrupción? Considero que no falto a la verdad si consigo afirmarlo, porque la sublimidad la da uno tanto en la vida como en la obra, donde el talento no se sabe si está en la experiencia o en lo que uno escribe, jugando un poco con Oscar Wilde. El wildeanismo de Villena radica en la verosimilitud de ambos personajes, pues, aunque Luis Antonio de V. no se vaya a morir de hambre a París, sí que ha imitado –yo diría que asimilado- a Wilde a partir de ese sentido entre romántico y victoriano que le da a la vida. La vida de Villena siempre ha sido no se sabe si un vivir para la literatura o una literatura para poder vivir. Aquel que sólo se dedica a escribir es escritor, como digo, de forma obsesiva compulsiva, como ocurrió con Umbral. Hay pocos escritores hoy aquí en esta casa española que se tomen tan en serio la literatura como se la toma Villena, con lo cual está ejercitando una variedad creativa que ya no cabe en los tomos ni en los pergaminos del mester de clerecía, pues su románico sólo se deduce desde el dandismo y de una manera de enfrentarse al mundo a sabiendas de que el mundo es uno y no el otro, como quería Rimbaud. Cuando uno –Villena- se cree que posee el mundo, su mundo exterior o íntimo, es cuando empiezan a salir las obras como niños indígenas en la Huasteca Potosina.

También recuerdo cuando un invierno –o era lunes- me fui a Madrid para hacerle una entrevista para el “Diario de Mallorca”. Me citó en un local de moda de la noche donde ni estaban a esas horas prontas aún Pedro Almodóvar, ni Miguel Bosé, ni ningún pintor realista. A bocajarro le pregunté:

- Dicen que usted habla mucho en la televisión.

-Sí, eso he oído, incluso algunos creen que me tomo alguna pastilla, qué sé yo, pero lo cierto es que ante el público yo me agrando, me siento seguro y locuaz, mucho más que si estoy entre cuatro o cinco amigos, que es cuando me deviene la timidez.

Luis Antonio de Villena, en su ensayismo, se ha dedicado a realizar unas fotografías culturales y estéticas de sus filias y de sus mensajeros por correo postal. Le sale bien el ensayo, como también el novelismo, pues en todo ello prevemos que acude siempre a diseñar un estilo que ya es villeneano, donde la belleza del arte resplandece por todas sus honduras, por toda esa mecanografía que va habitando cada uno con sus héroes, con sus montones de luces encendidas, y de este modo Villena nos explica el dandismo –libro que a mí, después de leer se me vino el ponerme una sortija de oro en mi anular, pues mi dandismo no es de guantes amarillos, pero sí romántico o quizá interiorizado, porque yo también vivo y muero ante espejo- como una adosada lección de nombres y contextos, libros y personajes que nacen desde la mitomanía y la metaliteratura, que es donde a mí me gusta estar, pues todo mito le convierte a uno en un lectura de sí mismo, en un copyright que quisiera para él mismo, puesto que la historia literaria ha dejado vidas capaces de ser emuladas, transgredidas o verificadas. Villena se encuentra muy cómodo en el dandismo, no porque él lo sea, que yo creo que lo es, ya no en la ropa o en la pose, sino en esa actitud ante la vida donde epatar o convivir con los demás presupone un retrato de Dorian Gray en el cual creer, pues si un escritor vive y viste como un funcionario de Hacienda más vale que se dedique a bailar tangos por las noches, beber muchos drys, pero no escribir nada, pues se debe vivir igual que se escribe, de otro modo no hay literatura, sólo concentración y jaqueca, burguesía y ausencia de talento. El escritor talentoso es aquel que lo pone todo al juego, que se presenta ante el tiempo agarrando el tiempo tal y como es, es decir, vivir escribiendo o escribiendo mientras se vive, ya lo he dicho antes.

Luis Antonio de Villena me presentó a mí, junto con Raúl del Pozo y María España, mi libro sobre Umbral. Villena tiene algo de umbralismo en lo que se refiere a dedicación, a esfuerzo, a articulismo batallante, a malditismo aristocrático. Su homoerotismo pervive por sus textos como una leyenda de Safo que cruza Madrid como quien cruza de siglo, siempre ahí, entre conferencia y conferencia, entre doctor honoris causa y las “Máscaras y formas de Fin de Siglo”, Miguel Ángel, las perversiones, a la contra, las tentaciones de Ícaro, José Emilio Pacheco, las heterodoxias y las contraculturas, Catulo, Leonardo, la carne y el tiempo, la frivolidad y las máscaras, los poetas, todo un calentón de obra inmersa globalmente en ese mundo particular y refrescante que es Luis Antonio de Villena, escudo nobiliario de Villanueva de los Infantes, donde Quevedo fue aquel primer dandi misógino de barrocos, exilios y una prosa detective donde todo aparece como el español convertido en el esperpento valleinclanesco. Villena tiene algo del dandismo de Valle, pero lo sobra un brazo, que es el que utiliza para escribir una poesía que llega hasta la Venecia de Lord Byron.

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