Literatura

Una poesía con tintes políticos y eróticos que nos acerca a la “cruda” realidad

17.02.2017 @pilarmarmol82 5 minutos

Javier Gallego Crudo es el autor del poemario El grito en el cielo, publicado el pasado diciembre de 2016, un conjunto de poemas con tonos políticos, reivindicadores, chillones, que intentan no dejar indiferente a nadie, pues esos gritos que Gallego nos hace llegar a través de sacudidas en sus palabras, nos calan muy dentro y nos van haciendo presos de las páginas por las que avanzamos.

Así es cómo el autor, mediante la primera parada, “El grito”, introduce al lector en el camino de su voz alzada y nos revela todo cuanto oye, los gritos que atraviesan paredes, muros y continentes, perdidos sin rumbo, afligidos, mudos en muchas ocasiones y hartos de la vida que les ha tocado vivir. Esos gritos que aúllan por las esquinas del presente buscando un futuro más prometedor que nunca llega.

Cuando eres una fanática de los clásicos, poco encuentras de atractivo en la literatura actual, vacía de contenido y de palabra, vacía de profundo vacío que nos deja esta sociedad maltrecha, que nos ahoga en nuestro hastío. Cuando eres una fanática de los clásicos, la poesía erótica y barata de hoy día no te conmueve ni te calienta el ánimo ni las ganas.

Hay mucha literatura barata y machista que triunfa, como Cincuenta sombras de Grey. Reproducen estereotipos patriarcales, de sumisión de la mujer y huelen a un erotismo rancio y casposo. Yo quería escribir poemas de seres humanos en los que un hombre y una mujer, que también pueden ser dos hombres o dos mujeres, disfrutan de una experiencia deslumbrante. El sexo puede ser tan iluminador como llegar a una conclusión filosófica.

Javier Gallego

De este modo, abro el libro reacia ante lo que me encontraré (aunque para mi sorpresa me llevo más alegrías que decepciones entre las obras de los auténticos poetas que aún quedan pululando por ahí y que parecen aumentar en número). Me digo a mí misma, sé positiva, seguro que te cuenta algo interesante, que empatizas, que te conviertes en lectora y en creadora de una imaginación desbordante que te nace de la nada gracias a la participación activa con el poema, con el mensaje contenido en él. Después, si ha llegado a mí la decepción hecha lectura, cierro el libro, y me voy a leer alguna de mis columnistas fetiche, aunque de ellas, desgraciadamente, también van quedando cada vez menos.

Del Yo desnudo al Nosotros alzado, Crudo escribe con la misma ferocidad un poema de amor que uno político, duelen por igual el corazón y el capitalismo.

Isaac Rosa, escritor

Esta vez no lo cerré. No podía. No estaba en mi mano en realidad. Tenía que leerlo. Además, lo consiguió con creces. Me cautivó. No lo perdí de vista, ni un solo segundo.

Las sociedades maltratadas necesitan que las canten poetas a la intemperie. Por eso es tan importante este libro: para no perdernos de vista.

Manuel Jabois, periodista y escritor

Como amante de los clásicos, amé las páginas de Gallego cuando en ellas vi un poco de todos aquellos cuantos amo. Vi a Machado reflejado en sus quejas sordas, en sus desesperanza por una España con una anatomía resquebrajada, rota, olvidada y despojada, al igual que todas sus vecinas, las airosas sociedades capitalistas que creen tener la partida ganada y sacian su sed de venganza por sus pútridas existencias, las que nunca parecen ser lo suficientemente buenas, ricas y bien avenidas, aquellas que siempre quieren más a costa de menos para una mayoría. Gallego proyecta en sus versos todo ese reflejo que parece llegarnos de lejos, a través del espejo, que casi ni nos roza, o procuramos que no lo haga; los lamentos de toda una sociedad, un futuro perdido, malgastado por nosotros mismos, por los que somos y no fuimos, pero podríamos haber sido. En esa dialéctica paradójica se mueven los versos políticos de Gallego.

Vi a Conrad y su corazón de las tinieblas desolado, venido abajo de la vergüenza. Whitman también se dejó caer por allí y saludó educadamente. Vi a Miguel Hernández y la extensión más grande de todas, su herida misma, el sufrimiento en primera persona, relatado en tercera y sentido en segunda, desde un tú impasible que deja la vida pasar, que la mira a través de un televisor, de las noticias, que se hace eco de ellas, las comenta con los amigos y después muere de una muerte rápida e indolora, casi insípida, como el resquicio más olvidado de la propia vida.

Javier Gallego convierte la poesía en denuncia, como ya lo hicieron Ellos, mis adorados clásicos, los que ya veían a través del espejo cóncavo la caricatura esperpéntica de una España maltrecha y viciada, en la que aún parecen existir héroes a los que Gallego hace un hueco en su fastuoso poemario de cruda realidad engalanado.

Cuando estás tan metida en esta vorágine política, social y de denuncia, el autor cambia su discurso hacia la más profunda historia de un amor puro que duele y que da vida a la vez. Con el título de “Al cielo con Ella”, ya te imaginas una crítica a la Religión, pero nada más lejos de la realidad. Ahí comienza la parte más fascinante del poemario para las almas más románticas.

Me hundo yo en el verde submarino de tus ojos / que me devuelven un reflejo de mí mismo / en el que siento que, por fin, me reconozco (La mujer de párpados gigantes)

Un sexo claro, sin tapujos, también crudo en ocasiones, con amor, con fuerza, con deseo, un deseo que nos invita a disfrutar de él, pero que cuando nos queremos dar cuenta se ha vestido de luto, se ha ido, ya no está, y nos deja un profundo vacío y las ganas de más. Salimos del encanto del erotismo como de un mal sueño para volver a la realidad apesadumbrada que nos aplaca la líbido y nos conduce a los infiernos de los sueños incompletos, de las batallas perdidas y de las guerras que cada día un poco más acaban con lo que nos va quedando de Humanidad.

Al menos, cuando siento las palabras de Gallego retumbar en mi espíritu, me recuerdo a mí misma que no puedo dejar de creer en Ella, que aún hay esperanza y que los cielos todavía pueden salvarse si consiguen aislarse del mundanal ruido y oír ese Grito que pide ayuda, que pide justicia y que cree en la salvación de todos. Eso siendo bastante optimistas. Al menos, siempre nos quedará volver a las páginas de Gallego y deleitarnos con la penúltima parte, “Al infierno conmigo”, pues con él el infierno se muestra crudo y hermoso a la misma y desconcertante vez. Corona el poemario “Un maravilloso final”, en el que el autor se despide con un apocalíptico fin del mundo que está por llegar, pero que nunca llega del todo.

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