Metaperiodismo

Ars gratia artis y la caída del crítico

«Sala de columnas: especialización periodística y divulgación», organizado por la Fundación Manuel Alcántara (IV)

03.12.2016 @santiago_mruiz 3 minutos

¿Qué es el arte? Y ¿Qué es arte? Son dos preguntas que se han planteado tiempo ha. E.H. Gombrich en su magnífico volumen de historia del arte, en el que señala que no existe el arte; hay artistas —un punto de vista interesante—. El Arte, con mayúscula, es un «ídolo» defiende. Tolstoi en ¿Qué es arte? Hace un gran diserto sobre la cuestión. Pero hasta donde se puede tratar, la escultura de dos ángeles que, con sus trompetas, anunciaban en silencio el fin de las salas de columnas de este año en la vacía estancia, es arte. Allá sonaban los silencios de aquellas estatuas que parecían sostener el arco que hay en el salón rodeado de cuadros y palabras que han ido saliendo de las bocas de Antonio Calvo Roy, Juan José López de la Cruz, Irene Tato o Emilio de Benito Cañizares, entre otros. Todos hicieron grandes peroraciones sobre sus campos y sobre el periodismo.

En la última, que versaba sobre periodismo y arte, los silencios de esas figuras pétreas se oyeron más que en ninguna otra. En el estrado estaban aquellos cuatros hombres, uno elegantemente vestido con una cara encogida y que con su negro traje y pelo blanco hacían de él un cárdeno toro que no terminaría de salir al ruedo de la conversación.

Esta vez el público se hizo visible con su presencia. Incluso varias personas, momentos antes del comienzo del coloquio, se asomaban para ver qué ocurría allí. Los transeúntes pasaban y cuando habían cruzado el umbral del portón reculaban su cuerpo y florecían sus cabezas preguntándose: «¿Qué está ocurriendo ahí?» o «¿De qué irá eso?”. Una señora entró al corredor, dio una vuelta al patio, volvió a la entrada y se quedó buscando algo que no sabía qué era y cuando se dio cuenta de que en ese lugar no lo encontraría se volvió sobre sus pasos y con su renqueante paso retomó su camino. Otra señora, minutos después, pregunta por una tercera conferencia, y al no hallar respuesta, pregunta a todos los que por allí pasaban. A los cuatro minutos y medio le dicen que la que está buscando se celebra en el Ateneo. Ella estaba en la Sociedad Económica de Amigos del País. Desencantada, se va con la música que tocaban 4 personas, una chica cantando, dos chicos con las guitarras y uno con los bongos, en la Plaza Uncibay. ¿Era esa música arte? ¿Quién podría negarlo?

«La crítica vive en precariedad», se dice. Ya no se hace caso a su figura centenaria, nadie le presta atención. El crítico ha caído. «Ningún periodista se gana la vida con la crítica». Ha quedado como un género secundario. Por ahora, quien quiera ser quiera ser crítico debe esperar un nuevo día que, por lo que se ve, no llegará. Nadie está ya de su parte, ni los artistas, ni el público… Ni siquiera él mismo.

El director del Centro de Arte Contemporáneo dijo: «Un museo debe intentar cambiar el mundo» ¿Es eso posible? ¿Pueden los museos y las obras que contienen cambiarlo? Pensarlo, pese a idealista, es perfectamente laudable. El arte, en cualquiera de sus formas, puede hacerlo.

La imperceptible música vuelve a sonar, Guillermo Solana subraya una frase coruscante ¿Dónde puede estar el sustituto de la crítica? «En la crónica». Una esperanza alboreaba sobre el futuro de algunos que querían cultivar la crítica. No todo está perdido. Ni el arte. Porque, para eso, es, desde las pinturas rupestres, la cuna de la mente y del sentimiento humano y de su condición, de su locura y razón, de su paranoia y belleza. De sí mismo. Porque el arte no ha muerto.

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