Metaperiodismo

"Crónicas quinquis": drogas, delincuencia y miseria

Javier Valenzuela retrata el fenómeno ochentero. Lo que comenzó como un juego acabó como algo más serio: fumar porros, robar coches o pincharse

12.10.2018 @pablomerinoruiz 6 minutos

Crónicas Quinquis se acerca más a la recopilación de crónicas que a la narración. No tiene un hilo que seguir, ni se estructura en capítulos. El libro es una compilación de crónicas periodísticas publicadas por el periodista Javier Valenzuela en los años ochenta en el diario El País. No obstante, al leer la obra al completo, a uno se le queda una idea generalizada y contextualizada del momento en el que fueron publicados estos artículos.

El tema que vertebra la recopilación es el de la figura de los quinquis. A principio de los ochenta, era muy habitual encontrarlos en las grandes ciudades. Tras la represión franquista y con el aperturismo y la modernización, se popularizó un nuevo modelo de diversión en la cultura juvenil. La industria se centró en los jóvenes para ganar dinero con la ropa, la música o los cómics. En ese ocio adolescente se abrió una vertiente mucho más profunda, la que sobrepasó los límites. Lo que comenzó como un juego acabó como algo más serio: fumar porros, robar coches o pincharse.

Algunas canciones y películas de la época hacen un retrato amable y gamberro de estos quinquis, pero nada está más lejos de la realidad. Eran violentos, vivían al borde de la marginalidad y muchos de ellos acabaron siendo drogadictos. Principalmente la heroína, aunque también hubo otras muchas sustancias, acabó arrasando a toda una generación. En las crónicas de este libro el escritor se sumerge en las vidas de estos quinquis.

La cárcel era un choque con la realidad y la reinserción, una utopía. La adicción a las drogas, a pesar de que muchos intentaron enderezar sus vidas, acabó arrastrándoles al abismo. Javier Valenzuela trata de alejarse de los sensacionalismos y las estridencias para descubrir cómo era realmente la vida de estos quinquis. Primero cómo habían llegado hasta allí y luego cómo pretendían salir de allí.

El trabajo de documentación es fundamental a la hora de redactar estas crónicas. Las fechas, lugares, nombres y denuncias son vitales para el desarrollo de los textos. La intención de cada una es reconstruir una historia, una secuencia de una vida de una persona anónima. Para los presos, las fechas en las que ingresaron a prisión, en las que los detuvieron o en la que saldrán son fundamentales. Depositan sus esperanzas en ellas, su vida se convierte en una cuenta atrás que nunca acaba.

A nivel explicativo, Crónicas Quinquis no argumenta nada especialmente complicado. Lo más destacable en este apartado quizás sea el relato que hace el periodista de la famosa cárcel de Carabanchel. Es una constante en muchas de las historias, ya que las crónicas tenían lugar en la capital. Los protagonistas se encargan de describir la vida en la cárcel a través de sus vivencias. También de las calles de Madrid más peligrosas y de las prácticas más habituales para el trapicheo de drogas, dinero negro y chatarra.

El autor no suele empezar las historias según el orden cronológico. Es habitual leer cómo arranca con un fallecimiento o un robo y, durante la crónica, desarrollar quién y cuándo. Le gusta meter algún diálogo para aligerar el texto y conseguir algo de ritmo. Conversaciones entre traficantes, con el juez en los tribunales o entre prisioneros. Puede de igual forma incluir de forma literal una nota o una orden que sea relevante.

Javier Valenzuela se interesa mucho por los detalles en todos sus relatos. La marca de los coches, la hora de entrada y salida, el color de la gabardina de un camello o la marca de la pistola con la que disparó el protagonista son puntualizaciones que él no pasa por alto. Quiere dar realismo a la crónica. Demuestra que escribe en la calle, no encerrado en una redacción. Eso le lleva, en ocasiones, a utilizar un lenguaje algo vulgar para transmitir al que lee la sensación de estar en el ambiente.

Durante la lectura he echado en falta la versión de las personas que convivían con los quinquis. Podía haber incluido sin alterar mucho cualquiera de sus crónicas las impresiones de vecinos, carceleros o familiares sobre el tema. Sin caer en los estereotipos, pero describiendo la forma en la que estas personas sufrían la lacra de la heroína de la delincuencia. En algún caso sí que aparece, pero me falta en algunas más donde la historia se me queda algo corta.

Valoro enormemente la intención de tratar de comprender a los quinquis. En aquel momento nadie se atrevía a conocer su realidad, hablar cara a cara con ellos y plasmar en un papel los motivos por los que actuaban de una u otra forma. Era unos incomprendidos y, como tales, eran apartados de la sociedad. Nadie tenía la más mínima intención de volver a integrarles. De alguna forma, a través de sus crónicas, humaniza a los jóvenes que perdieron el rumbo de su vida y acabaron por convertirse en delincuentes, drogadictos o ambas cosas.

Aconsejaría a cualquiera la lectura de estas crónicas. Considero que la selección está bien hecha, también el orden en el que están colocadas. Consigue transmitir una imagen que, supongo, acertada de la sociedad en la que se encontraba. El esfuerzo por ser preciso y rescatar cualquier particularidad hace que sea ameno y entretenido. No hay que olvidar que todas las historias son un drama. La virtud del autor está en no vanagloriarse de las penas y las angustias de los quinquis y plasmar su vida tal cual él veía y contaba.

No tiene problema en criticar y denunciar malos tratos por parte de la policía o en la cárcel a la hora de redactar. Es más, si ve alguna conducta no adecuada por parte de las autoridades, aunque no justifique el comportamiento de los delincuentes, la apunta sin dudarlo entre los elementos a resaltar de la narración.

A nivel periodístico uno aprende de Crónicas Quinquis que es fundamental para ceñirse a la realidad escuchar a los acusados, al que la sociedad coloca como el “malo” de la película. En ese intento por comprender se descubren historias de miseria, de pobreza, de desesperación que nos trasladan a una realidad no tan ajena, ni tan lejana.

Sacar defectos a nivel global es complicado, ya que el libro se compone de pequeñas piezas publicadas en la prensa escrita unidas para formar una recopilación de crónicas. A nivel particular, no sería justo comentar y remarcar algunos detalles, ya que carecerían de un carácter general. Por ello, sí podría colocar el foco de la crítica un patrón común de muchas de las publicaciones, la sucesión de nombres desconocidos sin justificación. Es habitual ver nombres a lo largo de la lectura del libro y no tener una explicación inmediata de ellos. En algunos casos la aclaración aparece páginas más tarde y eso desconcierta y desubica al que lee.

El estilo de Javier Valenzuela no cae en barroquismos –demasiado recurrentes en la literatura española-, se centra en contar el suceso sin decorar en exceso la composición. Describe y va al detalle sin alargar intencionadamente las frases. Quiere que comprendas y aprecies los pormenores pero no se ensimisma en ellos.

Aunque no forme parte como tal del libro, me gustaría destacar el prólogo que lo antecede escrito por Amanda Cuesta. Para cualquiera que no ha vivido en la época resulta enriquecedor y contextualiza el lugar y momento en el que se desarrollan las Crónicas Quinquis.

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