Metaperiodismo

Cuando García Márquez contó la historia de Miguel Littín

La realidad de la obra quedó reflejada en noviembre de 1986 cuando Pinochet  censuró a Gabo quemando en Valparaíso 15.000 ejemplares de este libro

05.10.2018 @marisabellucas 3 minutos

Uno de las facetas más interesantes que cubre en gloria a García Márquez es la de periodista y, más allá de sus grandes novelas, el escritor dio valor al reportaje periodístico. Gabo tenía una relación íntima con el periodismo. Combatía esa tensión narrativa entre literatura y periodismo que tanto se agradece y la resolvía con la palabra adecuada y la mirada precisa. Miguel Delibes, tras leer Relato de un náufrago -el primer reportaje periodístico de García Márquez-, fue testigo directo del efecto: “La narración del desastre marinero es tan viva y vigorosa que me mareé. Jamás, que recuerde, me había pasado esto leyendo un libro”.

Dicho lo cual, el leitmotiv de estos reportajes es descubrir historias reales y darles un espacio para que sean escritas. Por ello, en 1986 García Márquez contactó con Miguel Littín. La historia de Miguel Littín es la de un chileno que, al igual que cinco mil compatriotas, tuvo que marcharse al exilio con prohibición absoluta de volver a su tierra tras el golpe de estado de Pinochet en 1973. Doce años después y, tras cambiar su identidad y su apariencia, volvió a Chile con el propósito de que la clandestinidad fuera suficiente para que pudiera realizar una película sobre la realidad de su país. A pesar de las dificultades, Miguel Littin, disfrazado de ejecutivo uruguayo, contó con tres equipos europeos de cine, otros seis equipos juveniles de la resistencia interna y con la protección de organizaciones democráticas que actuaban en la ilegalidad.

La obra se sitúa en un marco lóbrego de suspense y nostalgia. La nostalgia de alguien que  huyó de su país, que vuelve fingiendo ser quien no es y que no reconoce a su gente: “Solo en aquel momento tuve conciencia de cuan largos y devastadores eran los años del exilio. Y no solo para los que nos fuimos, como lo creía hasta entonces, sino también para ellos: los que se quedaron”. De igual forma durante toda la historia se instala el sonido del toque de queda y la angustia generalizada de  un país desamparado.

Al igual que ocurre con Relato de un náufrago, García Márquez escribe el reportaje en primera persona, entiéndase Miguel Littín. Algo poco común en las novelas de no ficción pero que el escritor colombiano utiliza para arrastrarnos al hecho. Gabo, cuyo estilo puede definirse por encontrar el detalle a cada una de sus miradas, realizó un interrogatorio exhaustivo al protagonista de la historia, el cual reconoce el deseo del escritor colombiano por conocerlo todo: el olor de las calles o el color de la ropa de la gente.  En definitiva, construye un relato colocando con gran precisión las palabras de una historia susceptible a ello.

La realidad de la obra quedó reflejada en noviembre de 1986 cuando Pinochet  censuró a García Márquez quemando en Valparaíso 15.000 ejemplares de este libro. La reacción del escritor colombiano, según Miguel Littín, fue tibia pues estaba seguro de haber hecho algo importante. Y así, mientras las letras ardieron, las cenizas sucumbieron.  Una de las formas más maravillosas en las que García Márquez combatió, en el escenario de la realidad, la literatura y el periodismo.

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