Historia de nuestro columnismo

El día en que conocí a Umbral

Le hice una entrevista en su dacha de Majadahonda y cuando acabé me di cuenta que había estado con toda una literatura

13.07.2016 @emilioarnao 7 minutos

I

El día en que conocí a Umbral yo acababa de llegar a Madrid, con resaca y con sueño, después de la celebración fin de carrera con mis amigos universitarios. Un Iberia me plantó en la capital. Somnoliento busqué alojamiento -un albergue para estudiantes-. Sin apoltronarme en la cama, decidí coger el metro a Recocetos. Caminé como el vagamundo Charlot hacia el café Gijón con la seguridad que mi camino iba a ser baldío. ¿Cómo encontrar precisamente en esos momentos, a esas horas del mediodía, en ese día precisamente a Francisco Umbral en el café? No pude más que aventar una taquicardia inmediata cuando, a la entrada del Gijón, después de observar el fondo del famoso café-restaurante, vi la cabeza de Paco Umbral que estaba volcada sobre un plato de comida. A su lado, un amigo y la zona comedor completamente llena. Echándome para delante y en un arrebato de gallardía pregunté a uno de los camareros:

-¿Podría decirle al señor Umbral si le puedo acompañar en la mesa?

-Pero, chiquillo, no ves que está comiendo y encima con compañía.

Me aposté en la barra y no recuerdo bien qué pedí. Esperé como un torero a punto de saltar al albero. Yo miraba fijamente a Umbral y, de pronto y ante mi sorpresa, me di cuenta que él también me observaba de hito en hito. Acabada la hora de la zona comedor, me senté en una silla a muy pocos metros de ese escritor que yo ya tan leído tenía y que para mí había sido el referente no sólo de la literatura, sino de esa forma combativa y lírica de entender todo gesto dandístico literario. Escuché su voz detrás de mi cabeza. La voz de Umbral siempre había sido su gran oro, su gran acierto, aquello con lo que contribuía a las polémicas, a las tertulias, a sus comentarios siempre como enfant terrible por las televisiones. ¡Cuántas veces había visto yo a Umbral por las televisiones¡ Creo que todas a partir de aquel día que compré su primer libro: “La noche que llegué al café Gijón” y del cual deduje: “coño, pero si aquí está todo, la literatura, la poesía, la cultura, una escritura barroca y total, el verbo siempre insatisfecho, una verdadera vida literaria” -que era lo que yo a mis pocos veinte años iba buscando-.

Justo en el momento en que decidí alzarme de la silla para pedir permiso y sumarme al encuentro de Umbral y su amigo, aquél se levantó, su puso su abrigo negro, su bufanda, se meció la cabellera, ya encanada, y salió del café: “Me cagoenlaputaquemalasuerteperosiloteníaahí”, pensé. No tardé en pedirle permiso al compañero de tertulia y comida, quien, muy amablemente, me permitió sentarme a su lado:

-Verá, caballero, yo al que quería conocer era a Umbral.

-Me llamo Modesto Roldán y yo te puedo contar todo lo que quieras sobre Paco.

Así fue cayendo la noche, donde Modesto Roldán, pintor afamado, me habló de  Umbral y de otras literaturas y artes. Como yo llevaba un cuadernillo con poemas míos bajo la manga, se lo di a leer a Roldán. El libro -después publicado- se titulaba “El Viaje de la Azucena y la Ceniza”: un texto reciente sobre uno de mis viajes a Marruecos.

-Me lo llevo. Pero mañana quiero verte en una casa del barrio de Salamanca donde estoy invitado y te diré cosas sobre el poemario.

Y se fue por la puerta del Gijón, por mi tertulia algo saciada, por el dibujo que me hizo con carboncillo y papel.

Al día siguiente, me presenté ante la dirección que Roldán me escribió en un papelillo de azúcar. ¿Qué es lo que sucedió? Algo que nunca olvidaré.

Nos sentamos en una mesa de comedor y, mientras Roldán leía mi poemario, yo hacía como si atendiera una noticia de “Intervieu” sobre una catástrofe aérea. Tardó en acabar, pues se leyó el texto de golpe. Cuando terminó, levantó la cabeza y me dijo:

-Muchacho, tú eres un poeta.

Yo me quedé en silencio, un tanto extrañado por aquellas palabras tan directas, a lo que continuó.

-Esto lo tiene que leer Umbral. Ahora mismo cogemos un taxi y nos vamos a su casa.

Mis ojos se iluminaron como luciérnagas. ¡Por fin iba a conocer a Umbral, y en su propia casa¡

Pero el taxi primero nos condujo al café Gijón, donde conocimos a una amiga de Roldán: Lola Madrid, una procuradora muy bella y amiga a la vez de Paco. Estuvimos tomando copas y cuando cogimos el taxi Lola adujo:

-No, yo no voy a casa de Paco, pues me ha tratado muy mal últimamente. Vamos a mi casa.

Lo cual que aquella tarde me quedé sin ir a casa de Francico Umbral para ir a parar a casa de una procuradora madrileña, a la cual por la noche me la beneficié. Al día siguiente -cuando ella ya se había ido al trabajo- unos ladrones me asaltaron en su casa y se llevaron cuatro cosas. En seguida vino la policía. Pero ahí se quedó mi posibilidad de haber conocido al maestro en aquel Madrid de pintores, de procuradoras, del barrio de Salamanca y de anís en el café Gijón.

II

Pasados los años, a principios de los 90, yo colaboraba en el suplemento cultural del “Diario de Mallorca”. Hastiado y aburrido, leyendo siempre a Umbral, se me ocurrió la idea de ir a Madrid a realizarle una entrevista. Así que llamé por teléfono al coordinador de la cosa:

-Que quiero ir a Madrid a hacerle una entrevista a Umbral.

-Bueno.

-Quiero el dinero para el avión y dietas.

-Todo eso, querido, te lo pagas tú, que es idea tuya.

Cogí el avión un día después de hablar por teléfono -no recuerdo de qué manera conseguí el número- con Umbral, quien me dijo:

-Usted venga por aquí, que yo siempre estoy en mi dacha escribiendo.

Alojado en un hostal, lo llamé. Pero se puso su mujer, María España:

-Paco está con faringitis. Llame usted mañana, a ver si se encuentra mejor.

Aproveché ese revés para hacerle una entrevista a Luis Antonio de Villena. Me citó en un local muy demodé por la noche. Después de la entrevista, me llevó a un local de gays. Claro, yo no ligué, pero él sí.

Al día siguiente España me dijo que fuera esa misma tarde, que Paco me atendería. Cogí el tren hacia Majadahonda y, cuando llegué, me calcé un whisky, para atemperar los nervios. En la estación no había taxis, por lo que tuve que bajar al pueblo a pie. Allí -ya iba con retraso-, un taxi me condujo hacia la dacha de Umbral:

-Llego tarde, perdón, no había taxis en la estación.

-En Madrid los taxis nunca están cuando los quieres coger, pase, pase.

Por fin estaba con Francisco Umbral en su dacha, con su gata Loewe y María España. Yo creía que me solventaría en media hora, pero se ve que le caí bien y estuvimos cerca de tres horas hablando -entre la entrevista y la vida literaria después-. Me invitó a un whisky y él se calzó una cerveza caliente -ah, la faringitis- y nueces. Aquella sensación de estar ante uno de los escritores más grandes que estaba dando el siglo XX para mí se incardinó como una aventura vital, como un conocimiento visceral, como una legión de lenguaje que el mismo Umbral dominaba como nadie. Me dio la impresión de estar ante una buena persona -lejos quedaban las máscaras que él mismo se ponía cuando hacía vida social o televisiva-. Umbral era no ese personaje al que nos tenía acostumbrado, sino un hombre en bata blanca, pantalones vaqueros y botines como de Valle-Inclán. Le di mis cosas para que las leyera a tenazón:

-Esto está bien, pero si usted quiere ser escritor tiene que venirse a Madrid, en provincias no se consigue nada, sólo acabar siendo un poeta provinciano.

-Pero...

-Nada, nada, a Madrid. Además debe quitarse el segundo apellido -Sáez-, con Emilio Arnao ya queda bien.

Cuando salí de la dacha de Majadahonda comprendí que mi vida por entero iba a dedicarse a la escritura, a la literatura, al periodismo, al umbralismo.

Han pasado ya muchas cosas -entre ellas la más importante: Umbral murió en 2007-, pero yo guardo en la memoria aquel día en que conocía a Francisco Umbral y aquella sensación, ya en el taxi de regreso, de haber estado sentado en frente de la literatura, de la canasta del lenguaje, del amarillo de la metáfora. Nunca olvidaré aquel día, como nunca olvidaré que la entrevista al final no me la publicaron.

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