Metaperiodismo

El Gijón en Umbral

El espacio interior, evocador de prosas

Sólo es necesario un recorrido ligero por la totalidad de la producción de Francisco Umbral para descubrir uno de sus rasgos capitales: la metaliteratura. Todos, o prácticamente todos, los escritos de Umbral, con independencia de la modalidad textual o título con el que se anuncien, participan de la obsesión por la literatura y lo literario. Se entiende, así, que al menos desde un prisma importante, la existencia de Umbral gravita en torno a las reflexiones sobre el propio oficio de escribir o, como anunciaba el escritor sobre Gómez de la Serna, hay un Umbral "que es escritor para escritores".

La literatura obra en Paco Umbral en una vertiente diversa: la literatura, según coinciden las biografías, viene a suplir unas contigencias vitales dolorosas, pero la lectura, las lecturas, equivalen al asidero más firme con el que el escritor madrileño se enfrenta al conocimiento del mundo. Las literatura se adivina como finalidad y como presente, como vía de conocimiento y de expresión, y es esta convicción según la cual se puede ubicar a Umbral en la primera línea de la crítica literaria española, si acaso desde una genial heterodoxia a la que da respuesta un gran bagaje de lecturas. Quizá será por esta óptica heterodoxa de acercarse a la literatura por lo que hay que entender la importancia del encuentro personal con los escritores como una muy válida forma de prospección exegética.

Umbral tenía claro, desde las lecturas enfermizas en la provincia, que en Madrid, en sus cafés, estaba ese Olimpo relativo que él debía conquistar. Llegado a Madrid, acumulaba una ristra de concepciones previas sobre la fauna literaria, y la contraposición entre este plano de idealización, y el trato directo con el escritor en cuestión, le granjean una posibilidad literaria nueva. Es más, el proceso de interacción con el escritor consagrado en comparación con sus convicciones previas sobre el mismo otorga a Umbral una materia creativa nada desdeñable que fructificará, entre otras, en en obras como La noche que llegué al Café Gijón. Precisamente ese libro, por ser el más ilustrativo de todo a cuanto nos referimos, será el que usemos para ilustrar este apartado sobre las lecturas de Umbral. Poco habrá que matizar en estas apretadas líneas sobre dicha obra: si acaso que constituye una evocación de sus primeros años en Madrid, y en los que vienen a solaparse dos planos que dan sentido al libro: la pobreza económica de los primeros momentos y el afán de permanencia en un círculo literario donde su prestigio ser irá incrementando exponencialmente. Todo ello matizado de anécdotas puntuales sobre tal o cual escritor (pero también pintores o personajes históricos) que capacitan al autor para establecer juicios de valor literario amparándose en el propio episodio. Se hace patente, pues, que para Umbral el conocimiento directo del autor es tan importante como la lectura del mismo para enhebrar un juicio/opinión. Sea como fuere, esta tendencia umbraliana puede figurar ya como uno de los rasgos que más sentido dará a su crítica literaria y periodística.

El título de la ponencia hace referencia al Café, concretamente al Café Gijón, por lo que este lugar concreto tenía, y tiene, de biblioteca viva. El café es "lugar de la interioridad" y "germen de la obra artística" (Peinado 97), el "espacio de encuentro de los intelectuales", y "símbolo de la cultura como intercambio humano".

"Toda una vida (o eso me parecía) leyendo cosas sobre el Café Gijón, allá en provincias, y ahora estaba yo aquí (...) La colisión de gentes en el café era ya cataclismática, todo el mundo saludaba a todo el mundo, los camareros pasaban repetidos por los espejos, en un sueño de humo, y yo no conocía a nadie" (La noche que llegué al Café Gijón)

La tertulia, en el caso de Umbral, o las tertulias, operan en la existencia umbraliana como un complemento enriquecedor a las lecturas: de alguna manera, Umbral comparte conversaciones, dialoga, establece un vis a vis con una parte, la viva, de su galaxia literaria. Nosotros, por motivos de simplificación hemos elegido "La noche que llegué al Café Gijón" al entender que es un perfecto catálogo de la literatura con la que Umbral interactúa. El Gijón. Caballé sobre este libro recuerda que el escritor madrileño se "exigirá un esfuerzo enorme por hacerse con la ciudad y sus protagonistas" y "una de las formas más eficaces de conseguirlo era acudir al Café Gijón", que la estudiosa define como "un refugio y al mismo tiempo cifra de sus aspiraciones literarias" dado que en aquel sitio "brillan con luz propia las estrellas con las que ha soñado tantas veces: Camilo José Cela, Gerardo Diego, José García Nieto, Garciasol, Jesús Juan Garcés, Jesús Acacio, Eladio Cabañero, García Pavón, Leopoldo de Luis, Aldecoa,".

La interrelación, en este punto, será doble y en doble dirección, por una parte a escala espiritual, de homenaje presencial a los maestros, pero por otra una fuerte necesidad de incluirse en ese círculo, de sentirse también capacitado, y por derecho propio, para incluirse en el grupo. Es lo que llamo la intuición de genialidad. Este punto es clave porque le permite ganar, en poco tiempo, el favor y la admiración, también algunas envidias, de escritores consagrados y conseguir en poco tiempo ubicarse en un lugar privilegiado para su edad. La propia Caballé rememora la tertulia con Gerardo Diego, en la que se encontraban "Alcántara, Álvarez Ortega García Nieto", y un nomadismo de escritores que Umbral conoce desde la provincia. Caballé insiste en un concepto que puede ser importante, y es el de comparar el Gijón con una calle mayor de provincias, donde "ver y ser visto, para empaparse de lo que hacen los demás, al tiempo que uno mismo, vestido cuidosamente, se ofrece a la curiosidad ajena"

Sobre este punto, Umbral escribe: "veía a aquellos animales sagrados, como a los poetas del Gijón, como a todos los famosos que iba conociendo, fueran o no de mi particular devoción y mitología interior, como una confirmación mediocre del mito, o como un desmentido glorioso, y ya iba superando ese desdoblamiento mental por el que se pierde la noción de realidad y no llega uno a creerse que está con quien efectivamente está". Umbral se sabe en una centralidad, y profundiza en ella mediante sus herramientas de aproximación: la entrevista periodística.

La interacción del Umbral periodista con los escritores se reduce a la idealización o la decepción. Umbral acumula un caudal inagotable de lecturas, cuenta con una imagen previa de esos monstruos y, pese a lo que se piense, ese estereotipo que se crea le sirve para ubicarse. En este punto se revela como fundamental la figura de Pepe Hierro, quien supone el primer apoyo de Umbral en la conquista del universo literario madrileño. "A José Hierro lo había leído yo, deslumbrado, en unos tomitos creo que de Aforidisio Aguado, y luego le había conocido en provincias, había participado momentáneamente del remolino lírico, vital y casi belicoso de su vida, su simpatía, su amistad, su prisa y su burla. Era un tipo que me fascinaba y me sigue fascinando". Umbral parte del reconocimiento de lsu historia de provincias, "lo había leido yo, deslumbrado" , "le había conocido en provincias" y elogia su "simpatía, su amistad".
Es precisamente gracias a Pepe Hierro cómo Umbral inicia la interacción, entre otros, con Gabriel Celaya, "la gran cabeza de plata ardiente, una melena entre Alberti y no sé qué otras melenas famosas que había visto yo en mi entrevisión de las gentes literarias" Umbral aquí identifica una nebulosa difusa de caras literarias, a las que con el día a día irá teniendo un conocimiento directo. En este caso, el conocimiento del epicentro literario es otra manera de fraguar su conquista del Madrid. Umbral cita una frase que le dirigió el propio Celaya, "todos somos compañeros", aunque Umbral afime que "no acababa de creerme que fuese Celaya, de tan mitificado como estaba por entonces y de tan cerca que lo tenía". Paco Umbral ve el café como un Olimpo, la "tertulia de los poetas" como "un limbo pobre, pequeño y literario", donde coincide con los maestros, a los que tutea en ocasiones, trata de superar; maestros que anhelan "venideros olimpos literarios del hambre y los periódicos" (los periódicos como canalización de la fama pública) y aguardan una "inmortalidad equívoca y feliz".

Coincidir con escritores, en vulgo codearse, era una forma de incluirse en "ese meollo del cogollo del bollo", aunque Madrid sea una ciudad dura es, sin embargo, "una ciudad tomada por la literatura".

Otro aspecto fundamental es el de la definición de la tertulia, como espacio y momento, en el que converge el volumen de lecturas previas, la interacción, y todo un debate sobre la propia literatura. Este entrecruzamiento de planos, que Umbral define como "cristalización de tiempo y pensamiento en la borrasca agitada del café" es quizá el punto sobre el que despliega gran parte de sus juicios literarios. Metiéndonos en materia, sigamos las palabras del propio Umbral cuando afirma que "veía a aquellos animales sagrados" que "fueran o no de" su "particular devoción" y que resultaban como "una confirmación mediocre del mito" o "como un desmentido glorioso ", aunque Umbral fuera "superando ese desdoblamiento mental por el que se perdía la noción de realidad y no llega uno a creerse que está con quien efectivamente está". Luego, certero, confirma que casi le "iba dando igual estar con cualquiera". En este punto sobresalen varios aspectos: el primero el de animal sagrado; Umbral desde su lejana provincia idolatra/ rechaza a los escritores, matizado por un concepto previo y preestablecido de sus lecturas. Sin embargo, desde un principio él se sabe ya dentro de un centro sobre el que desplegar su potencialidad literaria.

El autor de Mortal y Rosa escribe sobre sus lecturas previas: "leyendo los cuatro libros de la colección Austral" o "los libros que iba robando por las librerías, las bibliotecas y los despachos" o "aquellos delgados libros de poemas que (le) daban los poetas de la tertulia". Umbral confirma que cae en "una tertulia de poetas" por "algo". Conoce en la tertulia a gente como Fernán Gómez "opositor pelirrojo" que viene de "preparar unas oposiciones que nunca va a sacar y mientras tanto iba haciendo teatro, cine, televisión, cosas, con gran calidad y singular talento". El conocimiento, la interacción con esa elite de sus maestros, es una forma de conquistar, en transitivo, Madrid, una ciudad "cuyo espacio sagrado y reducido volvía a ser cada día , cada noche, el Café Gijón, inevitablemente, aunque había otros cafés más o menos literarios".

En ese testamento de la consecución progresiva de la gloria que es La noche que llegué al Café Gijón, Umbral destaca un capítulo importantísimo: una conferencia de Cela en el aula grande del Ateneo, "la primera vez" que Umbral veía "a cela personalmente. L(e) encontró muy alto y seguro". En ese momento Umbral ve "por primera vez" una "visión directa , rica, importante y variada de la gloria literaria". Umbral vio a Cela "muy seguro, casi rápido, rodeado de gente" y comprendió que "lo que hacías los demás" (los que no poblaban el Olimpo) eran "una inocente y necia manera de perder el tiempo".

Uno de los escritores con quien Umbral más se relacionará es José Hierro: "nos íbamos en grupo, con Pepe Hierro, por las tabernas de la Plaza Mayor, y en uno de estos sótanos de cal y vino conocía a más famosos, entre ellos Gabriel Celaya (...)" . La relación que Umbral establece con el poeta llega a estar muchas veces matizada por el afecto sincero, el aprecio, pues el poeta es un primer y privilegiado cicerone para el Umbral con hambre de gloria. Umbral refiere "la calva saludable de Pepe", o "el relámpago dorado de sus ojos, de su piel, de su vitalidad". Ésos, quizá, serían los brillos en la existencia bio/bibliográfica de Umbral, en los que hay un reconocimiento, un nosotros, una inclusión de Umbral en un círculo mitificado. Las sombras, empero, irrumpen también en su obra: Muy pronto el joven escritor, que escribe al borde del colapso, ve a los escritores del Gijón, que "estaban horas y horas en torno a una jarra de agua mareada y triste (...) en esa inmortalidad pobretona y de buena fe", aunque en su esfuerzo, el Gijón siempre será el Norte: "viviendo aquello, disfrutando aquello, diciéndome para mis adentros, para mi café con leche: esto es el Café Gijón, estoy en el Café Gijón, en el capullo del
meollo del bollo, aquí es donde pasa todo. Pero no pasaba nada". Porque "sabíamos que en la calle de Madrid no éramos nadie e íbamos al Café Gijón para sentirnos algo. Alguien."

Otro introductor de Umbral en las arterias de la literatura madrileña es Gerardo Diego, bien leido previamente por Umbral, a quien el autor de Las ninfas "había visto un par de veces en provincias" en el momento en el que para el Umbral narrado/ crítico literario "estaba vigente el Gerardo del surrealismo, el vanguardismo, el creacionismo, el ultraísmo, el gerardismo" con "toda aquella poesía fresca que tenía un poco del sol parisino y cosmopolita de Apollinaire y un poco del sol madrileño y pequeñoburgués de Ramón Gómez de la Serna". Y así, este plano de la lectura previa, este Gerardo Diego que es un constructo de Umbral a partir de la obra literaria se convierte, en el trato directo, en un señor que "tenía algo de pedir soso, que no pide nada, una sequedad de santo de sacristía, desmentida por la pelambrera interior que le salía de las orejas y un poco por la nariz, como la abundancia de versos (...)". Hay una exageración caricaturesca, que puede interpretarse como una benévola relativización del mito, en la que el escritor persevera al verlo como "el surrealista dominical que puede llevar a casa, con el paquetito de la pastelería, un puñado de imágenes enceguecedoras, un ramo de palabras festivas, fluviales y enamoradas" .Y esto lo enfrenta/corrobora con la siguiente aseveración "en la tertulia se estaba quieto, clerical y profesor, fraile de paisano, catedrático de rezos laicos, con las piernas muy juntas y las manos también juntas, y a veces el mar de Santander le pasaba por los ojos, pero Gerardo incurría en un parpadeo y el mar se le volaba" Umbral no concibe la obra sin la vida, y partiendo de una noción previa, desarrolla esa dialéctica entre lo escrito, lo que se está escribiendo, lo leido y lo que está leyendo.

Confrontar producción literaria y vida es, quizá, el sostén de ese libro. Por ejemplificarlo de otra manera, recurramos al modo en que analiza a García Nieto. El autor de Trilogía de Madrid elogia en él "la perfección incorregible de los versos, la pulcritud que vagaba por toda su vida y su obra, la facilidad para escribir" y "la fe con la que llevaba su bigote". Umbral vuelve a la anécdota, al chispazo de humor, de genialidad, para resaltar, en un rasgo identificado de su interacción, una característica de la persona. En este caso de pone de manifiesto un rasgo identitario que reafirma todo un universo poético. El premio Nadal, en la descripción García Nieto, quien es una presencia bien referida en La Noche que llegué al Café Gijón, reafirma que "desde muy pronto conocí(o) que era mucho más inteligente de lo que hacía spsèchar su reconocida inteligencia oficial". Umbral corrobora que "José García Nieto, lleno de escepticismos interiores y de risas casi adolescentes, no es que lleve todo eso a su obra, pero lo ha llevado con un temple que ha hecho mármol de las arenas movedizas de la vida, y pentagrama impecable de las músicas populares de su alma"

El premio Príncipe de Asturas, en conclusión, juega con un autor derivado de las lecturas y un autor en "cuerpo presente", entre el ideal y el histórico, y de esa simbiosis aparece "su" escritor, que es esa mixtura umbraliana y literaria según la cual gran parte de la literatura española queda fijada en sus obra. Y en La noche que llegué al Café Gijón no escasean los ejemplos:. De Garciasol escribe que tenía "cabeza poderosa y gafas feas de hombre que ve muy poco" ,que era "un de esos rostros de fuente, feos y nobles, por los que emana un agua de claisicismo y españolismo de izquierdas". Detengámonos aquí, y contemplemos la maestría de combinar rasgos físicos, entidad literaria, personalidad y filiación política. Cómo, de alguna manera, el trazo periodístico breve pero certero suple con creces a un sesudo tratado literario. Humaniza al escritor al presentarlo despojado de ropajes platónicos, y esto les sirve/nos sirve para que el acercamiento hacia ese personaje sea mucho más rico y completo. Pero prosigue, y lo describe con "manos de hijo de zapatero" con las que modelaba "una prosa y un versos ricos, barrocos". En seguida Umbral, quizá para hacer más verosímil la descrición del autor en cuestión, o quizá como reafirmación de su propia condición de escritor, no duda en incluirse en el relato en primera persona, y recuerda que lo acompañaba "algunas tardes, después del café" en paseos en los que Garciasol se "detenía a hacer una observación popular, menuda y callejera" porque "Ramón vivía en escritor".

O de García Pavón, "rubio y señorito" que tenía "un conversar un poco cervantino, plástico y arcaizante" que "insistía con el además y la vida en su condición de señorito de pueblo, haciendo de ello una personalidad literaria, y escribía unos cuentos manchegos, costumbistas, muy bien contados". Valga simplemente este último párrafo como demostración de lo que nos referimos: Vida y obra mixturadas. La literatura entendida como una categoría superior mediatizada por las lecturas y la propia existencia, entendiendo el vivir como un estadio derivado de la literatura, al que sólo ésta da sentido.

Jesús Nieto es columnista de El Español, Sur y El Norte de Castilla. Tutor del máster de crítica literaria de la Universidad de Alcalá- El Cultural, colabora regularmente con TVE.

Cristóbal Villalobos es profesor de Historia y escritor. Accésit del Premio Jérez Perchet de Periodismo, colabora con medios como ABC, El Norte de Castilla, Jot Down o Diario Sur.

Guillermo Garabito es columnista de ABC CyL y El Día de Valladolid. También es colaborador en Onda Cero con su sección Al fondo hay sitio.

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