Metaperiodismo

“El Nuevo Periodismo”, o cómo Tom Wolfe exige un hueco en la historia de la literatura para él y sus colegas

Lo, de primeras, sorprendente es que el autor no solo publica su obra —en este caso, reportajes literaturizados— para que sea valorada en su justa medida, sino que él mismo hace de sesudo teórico y los encumbra, a ellos y a todo su movimiento

28.09.2018 @dpelagu 8 minutos

Cuando decides llamar a tu próximo libro con el nombre del movimiento literario en el que pretendes enmarcarte, significa que tus pretensiones son altas. Tom Wolfe apostó por titular su obra como el movimiento que llevaba años practicando y por el que profesaba devoción, ‘El Nuevo Periodismo’, y la jugada le salió bien. En las facultades de Comunicación, es el libro más citado junto con ‘A sangre fría’ como referencias de la revolución literaria en el periodismo o, si se prefiere, de la revolución periodística en la literatura. Curiosamente, ‘El Nuevo Periodismo’ no es una obra de Nuevo Periodismo propiamente dicha —término que posteriormente en este texto se intentará definir con ayuda de Wolfe—, sino que es una suerte de ensayo-manual sobre la aparición de dicho fenómeno y su colocación en el marco de la evolución histórico de la literatura, seguida de una antología recopilada por el propio Wolfe de los textos de algunos autores representativos del movimiento, ¡entre los que se incluye a sí mismo, por partida doble! “El Nuevo Periodismo” es, explícitamente, una autocandidatura del propio Wolfe a ocupar un puesto en la historia de la literatura.

No se debe ser ingenuo, es habitual -sino inevitable- la pretensión del escritor por hacerse un hueco en la supuesta eternidad que supone lograr crear una obra de peso y referencia. Los creadores las escriben repletos de ambiciones y esperan que algún otro escritor, algún sesudo teórico, algún crítico, proclame la obra del autor como máximo exponente del movimiento artístico en boga o, con un poco de suerte, como la nueva obra maestra a la que todas habrán de mirar con referencia. Cada cual tiene su labor, por poner un ejemplo, en el caso de los llamados “Novísimos” de la poesía española de los años ’60: Manuel Vázquez Montalbán, Féliz de Azúa o Leopoldo María Panero se ocuparon de sus poesías y fue el crítico Josep Maria Castellet quien las seleccionó, les bautizó y exigió para ellos su lugar en el flujo literario nacional.

Lo, de primeras, sorprendente de ‘El Nuevo Periodismo’ es que Tom Wolfe no solo publica su obra —en este caso, reportajes literaturizados— para que sea valorada en su justa medida, sino que él mismo hace de sesudo teórico y los encumbra, a ellos y a todo su movimiento. Es una maniobra divertida que recuerda a Ozymandias, el autoproclamado rey de reyes del soneto de Percy Bysshe Shelley, salvo por que detrás de la autocoronación de Wolfe hay algo más, mucho más, que ruinas.

¿Qué es el Nuevo Periodismo? ¿Es realmente el movimiento literario que define el siglo XX? ¿O es solo el fetiche autofelatorio de los propios periodistas? Honestamente, ¿podemos decir que el Nuevo Periodismo traspasa las fronteras del mundillo de los diarios o semanarios para convertirse en parte cultural relevante de la hegemonía? Así fue en los ’60 con la incorporación estrella de Truman Capote al equipo de los Nuevos Periodistas, pero con la perspectiva del tiempo, ¿se pueden sostener fuera de las facultades de Comunicación los postulados de jerarquía que propone Wolfe?

A la hora de intentar comprender el fenómeno del Nuevo Periodismo, las características que se suelen aceptar como válidas son las que determina el propio Wolfe en su libro, a saber:

1. La construcción del relato por escenas

2. La reproducción íntegra de los diálogos

3. El uso recomendable de la tercera persona

4. El retrato global y detallado de personajes, ambientes y situaciones.

Son bastante certeras en su correspondencia con la definición más clásica del género, esta es, la aplicación de recursos literarios en el texto periodístico. La ruptura con la idiosincrasia estilística del periodismo tradicional es evidente y a ningún autor del Nuevo Periodismo se le ocurre empezar su texto con la pirámide invertida o las seis uves dobles. La habilidad del ensayo de Wolfe que supone la primera parte del libro en cuestión es la de contextualizar, agrupar y reivindicar esta corriente. Aunque la prosa de Wolfe no parece haber envejecido excesivamente bien —¡ese uso grotesco de los puntos suspensivos hoy es patrimonio!—, posee algunos momentos brillantes, sobre todo a la hora de definir la estupefacción del literato que despreciaba a los periodistas ante su irrupción, que bautiza como Caballero Literato en la Tribuna (“Malditos sean todos, han llegado los Bárbaros” o “Se lo digo yo, árbitro, esa jugada es ilegal”).

Tom Wolfe, dandy incorregible, retratado en óleo por Everett Raymond Kinstler (2000)

 

En esta primera mitad, el autor se esmera, ante todo, por colocar el Nuevo Periodismo en el flujo de la literatura, situándolo como el hijo natural del realismo social propio de la novela del siglo XIX y desechando, a veces desde la caricatura, los intentos del novelista del XX por mantenerse en la cresta de la ola. Mientras que por motivos evidentes ‘A sangre fría’ no hace ninguna referencia a ‘El Nuevo Periodismo’, en el segundo no se duda en estudiar y valorar, con admiración, la autodenominada “novela de no ficción”. Especialmente hábil está Tom Wolfe a la hora de valorar esa denominación que otorgó a su obra Truman Capote: “<<¡Ajá! ¡El siempre hábil regate de Fielding!>> (…) Lo que estaba haciendo (Fielding), naturalmente -y que haría Capote 223 años más tarde- era intentar darle a su obra el sello literario imperante en su época, para que los profesionales de la literatura se lo tomasen en serio”. Aunque Wolfe expresa continuamente su crítica a esos “profesionales de la literatura” que necesitarían de una denominación no periodística para tomar en serio a una obra, no por ello deja de reconocer el mérito de Capote de acercar el género a lectores de toda clase social o, si se prefiere, a la hegemonía.

Como a veces ocurre con las obras que se suelen citar como referencia, la faceta ensayística de “El Nuevo Periodismo” no se corresponde exactamente con lo que se suele destacar de la misma: Tom Wolfe otorga muchas páginas a hablar de la confusión que supuso la aparición entre los reporteros de este nuevo estilo y de la posición que este debe ocupar, para luego desarrollar en muy poco las características (ya enumeradas) que lo convertirían en la obra de referencia que hoy es. Pese a que no parece Wolfe la persona más indicada para desarrollar los motivos por los que él mismo y sus colegas deben ocupar un hueco en la historia, lo que está claro es que el ensayo cumplió su función y se convirtió en uno de los mayores activos del género que, con o sin razón, tanto se adora desde el estudio del Periodismo.

La segunda parte de la obra consiste en una recopilación de los mejores textos periodísticos de algunos de los autores más prestigiosos del Nuevo Periodismo, o séase, Rex Reed, Terry Southern, Norman Mailer, Nicholas Tomalin, Barbara L. Goldsmith, Joe McGinnis, Robert Christeau, John Gregory Dunne y —he aquí el gran absurdo— del propio Tom Wolfe, que además es el único que cuenta con el privilegio de presentar dos reportajes distintos. La suma de todos ellos, que además supone la parte más disfrutable del libro, es un reflejo único de la época y el lugar fascinantes en los que surgió el Nuevo Periodismo: los Estados Unidos de finales de los ’60.

El texto de Rex Reed, “¿Duerme usted desnuda?”, es la radiografía de Ava Gardner, una megaestrella de Hollywood dorado que con 46 años sufría el olvido de una industria que ya no volvió a ser lo que era. Reed cuenta la historia en primera persona, pero solo para poder sacrificar un maniquí que viva las corredurías con Gardner con el que el lector pueda identificarse. Con hechuras de entrevista reportajeada, Reed reproduce fielmente el carácter y la melancolía de la diva. Resulta curiosa la relación entre esta pieza y la de Barbara L. Goldsmith, “La Dolce Viva”, sobre Viva, una de las artistas y musas de la Factoría de Andy Warhol. Frente a la fastuosidad de una época que ya pasó que representa Gardner, el retrato de Viva es el de una nueva ola de artistas pop que vive a duras penas de alquiler. En el perfil que escribe Goldsmith, que además pasa por ser uno de los más destacados de la antología, Viva toma la palabra y prácticamente se convierte en la narradora de una historia —destacable la referencia a su relación amor-odio con los hombres— que había comenzado con la periodista hablando en primera persona y acaba con un Warhol gruñón.

Junto a Gardner y Viva, “Beth Ann y la microbiótica”, de Robert Christgau, culminan la triada reportajes con protagonismo femenino que sirven de reflejo de la cambiante sociedad norteamericana de la época. En él, Christhgau cuenta casi sin diálogos y en retrospectiva, la historia de la decadencia e inevitable muerte de Beth Ann, una joven que se había convertido a la alimentación microbiótica y se negó a ser visitada por un médico. En una época de falsos gurús y tintes mesiánicos, Ann se convierte en el símbolo de tantos jóvenes que abandonaron lo establecido, como relata Christgau sin pretensión alguna de establecer moraleja: “Ahora le iba a demostrar de una vez por todas que ella podía hacer las cosas de un modo diferente, y tener razón. Nunca pudo entender lo que su padre consideraba como valores, basados en el mundo cotidiano que él había superado con tanto esfuerzo. El mundo cotidiano jamás había constituido ningún problema para ella, y ahora se creía preparada para conquistar un mundo mucho más amplio, el mundo interior”.

Los reportajes de Tomalin (“El general sale a exterminar a Charlie Cong”) y de McGinnis (“Cómo se vende un presidente”) son magníficas postales basadas en la repetición de un día cualquiera en la vida, respectivamente, de un general en Vietnam y de Richard Nixon. Norman Mailer logró mucha celebridad con “Los ejércitos de la noche”, del que se reproduce en la antología un capítulo, pero el excesivo personalismo del periodista y el monólogo interior lo hacen aburrido.  El retrato de la decadencia de los estudios de cine de Dunne es también destacable en su relato voyeurístico de lo que la gente normal no ve, mientras que el reportaje de Southern y los de Wolfe pueden ser considerados oportunidades perdidas de hacer periodismo que realmente radiografíe la todavía muy candente cuestión racial de los Estados Unidos.

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