Metaperiodismo

El quinto poder de Ignacio Ramonet

Uno de los librepensadores que siempre ha tratado de oponerse a un mundo en donde las anginas de los poscapitalismo cubran de enfermedad este mundo cuya inercia nos hace navegar hacia el caos, la desigualdad o la falta de verdaderas democracias

25.01.2017 @emilioarnao 6 minutos

Yo estuve haciéndole una entrevista a Ramonet cuando vino aquí a Palma para dar unas conferencias. Salió en “El Mundo” y era la época álgida de Attac, donde yo por entonces residía como antiglobalizador y ponente de la Tasa Tobin. Ramonet estuvo conmigo amable, espacioso, grave, feliz y atardecido. Le dije:

-Yo también soy de Attac

-Ahora es el momento. Tienes que leer “Imperio” de Negri y Hardt.

Yo, claro, me compré Negri y Hardt y comprendí que la sociedad capitalista no es que estuviera dejándonos sin hippies, sino que estaba comprando a todos los hackers para guerracibernizarse entre ellos. El capitalismo, según Ignacio Ramonet, está ya tan extendido, tan amarrado, tan luciente de corbatas y tan dolarizado que se hace muy difícil una respuesta contundente. Pero Ramonet fue uno de los impulsores de Porto Alegre y allí la comunidad funcionó y se llegó a atisbar un verdadero ejercicio ya no de resistencia, sino de activismo, que es donde Ramonet siempre ha estado, desde su dirección de “Le monde diplomatique” hasta 2008 hasta sus libros atacantes y fragantes, investigativos y camaradas. Yo he leído casi todos los libros de Ignacio Ramonet, “Un mundo sin rumbo”, “Internet, el mundo que viene”, “La teoría de la comunicación”, “Marcos, la dignidad rebelde”, “Propagandas silenciosas o Guerras del Siglo XXI”, “La catástrofe perfecta” y así. Los libros que ha hecho a dueto, incluso a terceto, tal vez a sexteto no me los leo, porque los libros a dos manos o veinte no me interesan en absoluto, pues yo cuando leo quiero ver a un escritor y a un solo estilo y no ese Moulin Rouge en que van convirtiéndose últimamente los libros, se supone que para tener más tirón o vender más en El Corte Inglés. ¿Quién hubiera pensado que Quevedo y Góngora escribieran en un mismo texto 50 sonetos cada uno? ¿Quién hubiera comprado un libro en el siglo XVIII escrito a dueto por Rousseau y Diderot? Impensable. Pues en ésas estamos.

Ignacio Ramonet es un guerrero intelectual, un chauffeur de las ideologías, una atacante de Attac, un portoalegre sin mucha gracia, un marxista a lo subcomandante, un diplomático de una Francia cuya prensa está tomada por cuatro oligarcas conservadores, un internauta que se envía emails con Noam Chomsky, un…y lo que queramos. Ignacio Ramonet sabe mucho de política y adquiere un economicismo cuya teorización no debería ser defenestrada. Nos encontramos en estos momentos en la crisis global del neocapitalismo, que nos viene ya de la era de la industrialización del XVIII, con intelectuales como Tocqueville, Michelet, Adam Smith, Stuart Mill, Bentham, David Ricardo, Macaulay y toda la ristra de ajos. En los años 70, Thacher y Reagan prepararon al mundo para el libre mercado y la actualización de un neoliberalismo que nos llega hasta hoy. Por aquellas purgas hoy recibimos estas heridas. La globalización culturalcapitalista no ha ofrecido otra cosa que el reduccionismo de las clases sociales y el apartheid de las masas populares. El fracaso ha sido rotundo. La Historia ha fracasado. Esto Ignacio Ramonet lo viene diciendo desde su primer libro “La Golosina visual” y desde el articulismo de “Le monde diplomatique” desde 1990 y desde la publicación bimensual “Manière de voir”. Por “Le monde diplomatique” han pasado todos los grandes anticapitalistas e intelectuales progresistas de todas las partes del mundo. Chomsky quizá sea el más atrayente y el que más a incendiado París desde su ensayismo crítico y antiamericano. Ramonet y Chomsky son como el Gordo y el Flaco pero en su versión cinematográfica de combate y alteración de las conciencias. Gracias a ellos y a otros como Bernard Cassen, Touraine, Seoane, Rubin, Hahnel, Naomi Klein, Susan George, la lucha contra este ciudadanocidio constante y delirante está siendo escrita y defendida desde que en Seattle, en el 1999, empezó todo el movimiento antiglobalización. Ramonet lo vio mucho antes, quizá por sus contactos con Hardt y Negri, tal vez porque se dio cuenta que las desigualdades en la tierra se desbordaban aparatosamente desde ese nuevo orden mundial que propuso George Bush, padre, seguramente porque en seguida comprendió, con la llegada de las últimas tecnologías que el control del mundo se iba a producir de una manera antisocial y demoledora, donde los países subdesarrollados iban a ser colonizados desde las autopistas de la comunicación y la información, pues Internet colaboraba de manera precisa y eficaz en la confección de un imperio que ya no tendría marcha atrás, desde que Francis Fukuyama tildó el contexto como el fin de la Historia. Ramonet no quiso atender a ese fin de Fukuyama, pues, desmantelado el comunismo soviético, derribado el muro berlinés, la liberación del mercado chino, el fin de la guerra fría, el éxito del biopoder contra todos aunque soterradamente, era cuestión de ponerse de nuevo la gorra de los soviets, releer “El Capital”, regresar a Carlyle o a Ruskin y situar las bases de la contraofensiva. Ramonet fue uno de los primeros de alertar a los países de que la globalización sólo iba a traer más pobreza, más deterioro de la libertad del hombre, más inercia hacia un mundo completamente controlado por los sharias de Occidente. Para ello se introdujo en un ave migratorio que iba de aquí para allá, de aeropuerto en aeropuerto, visitando a José Bové, a Michael Moore, a Arundhaty Roy, a Armand Mattelart, a Eduardo Galeano –del que haré su fotografía en otro edificio de este libro, pero con el mismo opio- y se adecuó a las webs más rutilantes y desbocadas como Rebelion, Indymedia, La Insignia, La Haine, y más adelante Anonymus o WikiLeaps para intentar tejer una masa social global que se enfrentara al imperio como método de subversión y violencia, pero sin derramar una gota de sangre, como hicieron los soviets, los maoístas, los castristas, los coreanos y así hacia delante.

Ignacio Ramonet  nos anuncia que el cuarto poder, la prensa o los medios de comunicación tradicionales han quedado obsoletos, que ahora lo que prima es el quinto poder, es decir, Internet, porque el verdadero periodismo crítico se está ejecutando por los canales de la información cibernética, donde movimientos sociales, ONGs, antisistemas, antiglobalizadores, marxistas en su marxismo del siglo XXI, anarquistas, indignados pueden realizar la misma labor que un periodista profesional, de esos que cobran el sueldo y notician lo que el editorial manda, y quien manda en el cuarto poder son los faunos capitalistas que no quieren que nadie juegue con ellos al ajedrez. Ramonet sabe muy bien cuál es su juego, quizá la rayuela o el pócquer, para ir de farol y desbancar al casino que no es otra cosa que la occidentalización del capital y las maniobras recurrentes para realizarla. Stéphane Hessel provocó la indignación de Madrid y ahí se dio rienda suelta a estos nuevos movimientos que debaten, discuten, analizan, contrastan, edifican y proclaman que el nuevo periodismo se efectúa a través de la Red. Combatir con las mismas armas que con las que neocapitalismo nos ataca. Ramonet propone una humanización vertebrada y férrea de la ciudadanía global, para irrumpir no desde el individualismo, sino desde el romanticismo universal y presente en esa gran multinacional que es el imperio, con sus perros guardianes y sus soldados de asalto. Lo militar está pudiendo con lo civil, pero Ignacio Ramonet asegura que la nueva civilización se creará si existen redes y enlaces y ecuaciones matemáticas conjuntas que habiliten una solidaridad justa y urbana, popular, muy en Marat, muy en Engels, muy en Bakunin. Ramonet otea y escribe. Y lo hace bien.

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