Metaperiodismo

La violencia brigadista de Raúl del Pozo

Raúl del Pozo sobre todo es buena persona, aunque canalla en su escritura, pues hombre y escritura aunque sean lo mismo a veces se divorcian tras el crepúsculo de Madrid. Hoy en día es, sin duda ninguna, el mejor periodista de Celtiberia y yo lo leo cada mañana siempre después de la masturbación.

18.06.2016 @emilioarnao 6 minutos

Llegó de La Torre Mariana y quiso pasar de la provincia a la aristocracia. Escribió como un obrero forjándose los 60 como un periodismo que venía de Ruano, de Aznar, de Cavia, de Ortega y Gasset, de D’Ors. Una noche, como su buen amigo Paco Umbral, llegó al café Gijón y allí se quedó, esperando a las peores putas porque eran las más baratas, adolescentes estudiantes o actrices meretrices que hablaban norteamericano porque decían que habían tenido un secundario con Ava Gardner. Raúl del Pozo es un escritor hecho a sí mismo, desde una prosa corrosiva y desde un bombardeo que ni Cuenca tendría para antiaéreos. Con su misil patriot hoy va dando caña en su columna de “El Mundo” ante la difícil tarea de quitarle el maniquí a Umbral, pero, aun desde la ordalía del umbralismo, Del Pozo consigue una autoridad y un placebo poético con el que yo todas las mañanas desayuno, después de mi cigarrillo y después de la masturbación.

Raúl del Pozo ya ha superado hace siglos el provincianismo y ahora es doble de reyes en la capital, donde transita como un dandi sin dandismo, como un maldito que maldice a todo dios y se queda más tranquilo, después de apurar el último whisky. Su ametralladora no tiene diana fija, pues va orientándose así vayan saliendo los trapos sucios, porque es que ocurre que la sociedad española es muy sucia y se deja las bragas en el baño cuando va de alquiler, dejando la puerta abierta para que el desnudo de la harapienta se convierta en “La novia”, novela de 1995. Raúl del Pozo sabe escribir fragante y odalisco, se parece a un cuadro de Chirico o a un Larra sin la intención de suicidarse. El suicida siempre se produce por una convulsión, por un impulso, por un arrebato, y Del Pozo es hombre tranquilo que ama la vida, el mujerío, la crápula y a Rimbaud. Me presentó mi libro sobre Umbral y estuvo bien, como si hubiera estado con Paco paseando por Recoletos. Del Pozo es Madrid, un Madrid urbano que merodea las cosas del otro lado, con su prosa periodística y sus metáforas capaces de matar al enemigo con una de ellas. El metaforismo de R. D. Pozo es barroco y lúcido, vibrante y gongorista, quizá mejor quevediano, pues ve en un ano toda la new gave de un España entristecida y parturienta. La política siempre ha sido un buen beatnik desde donde escribir y Del Pozo lo ha entendido a la primera. Cada día, mientras sorbo mi café, le leo la columna y me siento mejor conmigo mismo y con él y me dan ganas de ponerme frente a mi Samsung para escribir yo mi columna en “El Mundo”, pero el de Baleares, que yo sí que soy columnista provinciano y defenestrado durante una década.

El periodismo de Raúl del Pozo ha recibido el González Ruano, el Mariano de Cavia, el Premio ABC, entre una noche de tahúres y la ciudad levítica. Raúl D. es elegante en la palabra y en el gesto, y tiene una furia y un ruido –leer al Faulkner- que salen todos los días en el diario como aldabonazos de Sancho o como amantes de Lope, siempre en el meollo del cogollo del bollo de la cotorra, entre las Cortes y las princesas marbellíes. Tiene la especialidad de ubicarse tanto en Chueca como en el pubis azul de la diosa de 2005, si bien no sabemos si hubo amoríos entre él y Espido Freyre. Su columnismo derrota, se inclina a babor, remonta azulejos de palacios, ordena el barrio de Chamartín, predice el último novio de Mariano Rajoy y saca las muelas a las condesas que ya no usan bragas, porque se les pegan al coño. Este raulismo en el que nos vemos envueltos cada mañana antes de salir al mundo por de dentro y darnos cuenta que Quevedo aún sigue hoy en día escribiendo manifiesta un sistema que es contrasistema y que se opone a las guerras del Golfo con un periodismo pacífico y ecológico, cosmopolita y sátiro. Raúl del Pozo es las meninas pero con barba de dos días, un Velázquez del articulismo que sacude conciencias y deja a los cortesanos ciegos de vino malo y de peor parlamentarismo. El parlamentarismo de Raúl del Pozo no es parlamentario sino pintura rupestre que agrede y permanece dibujada en las cuevas de los virreyes y de los chulos de los macacos. Obrero, taladrador, misterioso, colocón de hipérboles, adjetivos elocuentes, maestro entre discípulos que, como yo, lo seguimos y le damos el buenos días como a una amante que todavía no se ha levantado de la cama.

Rául del Pozo hace la prosa canalla, la prosa metafórica con la que, como Umbral, va matando a sus enemigos con una metáfora en el cuello, ya digo, que es donde más duele la palabra. El metaforismo de Del Pozo es clásico y le viene de Cervantes o Quevedo, de Gracián o de Sor Juana de la Inés, porque Raúl tiene mucho de sor, de marbellí con novia que pone el codo en la barra donde toda la modé baila y va esnifando cocaína que luego Raúl D. P. cuenta en sus crónicas veraniegas, con las que yo me divierto como si estuviera en un Moulin Rouge tomando Le Courvoisier junto a Jane Avril. Raúl del Pozo toma whisky, que es la bebida siempre del escritor periodístico, porque todos los columnistas se calzan un whisky antes de ponerse a escribir la crónica para el periódico, porque sino el artículo sale mal y con faltas de ortografía. El whisky concentra la gramática y sacude el hastío que da escribir recién levantado de la cama, porque la literatura tiene que realizarse por la mañana, de otro modo sale atardecida y sosa, untada de crepúsculos y con el vértigo de la angustia, como le pasaba a Kierkegaard. Raúl Del Pozo le ha quitado Regina a Kierkegaard y luego va y lo cuenta en sus novelas, “La novia”, “Los reyes de la ciudad”, “Ciudad Levítica”, “A Bambi no le gustan los miércoles” –nombre de novela que parece sacado de una película de Stanley Kubrick y que me gusta quizá demasiado-, “El reclamo” y así todo seguido. Yo ahora estoy releyendo “La novia”, donde Raúl del Pozo, entre la pintura y el amor, hace un novelismo barroco y cotidiano donde el whisky deja esa resaca que siempre nos sacude a todos los que nos gusta excesivamente el whisky, el de la mañana o el de la noche, aunque la resaca sea el gran enemigo del escritor, por eso Del Pozo se la quita con ese quevedismo que asoma todas las mañanas en su columna de “El Mundo”, donde nos da la estampa madrileña o nacional desde un estilo personal que lo define como un periodista diferente, ácrata, como salido del dadaísmo, como surgido de la narrativa clásico-posmoderna de un tiempo en que o escribes clásico-posmoderno o te vas a la mierda, porque yo ya estoy harto de leer columnistas que sólo dan el dato, la información, la noticia, el disparate, pero nada de literatura, que para eso me voy al noticiero y leo la información rígida y leal, realista y detallada del periodista profesional. Para escribir un buen artículo es necesario apretar la belleza convulsa y hacer de él todo un urbanismo como de art-decó, como del nouveau roman, pero sin Grillet, Butor o Simon, que eran unos aburridos y ganaban encima premios Nobel.

Raúl del Pozo hoy por hoy es el mejor columnista que ha dado Madrid, Cuenca o lo que se quiera y yo compro todas las mañanas el periódico para leer su crónica, que ya me lleva al whisky y a mi propia escritura. El estilo es una influencia que se debe disimular, pero que uno adopta como se adoptan los niños y la embriaguez de la noche. Raúl del Pozo tramita el españolismo de una cultura que periodísticamente ya ha dejado de existir. Menos mal que aún quedan malditos. Raúl es el marino de la Puerta de Alcalá.

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