Historia de nuestro columnismo

Madrid y Del Pozo: el ruido de sus calles

Su columnismo magistral, preso de la metáfora, la actualidad

12.09.2016 @JesusNJurado 2 minutos

El Madrid de Raúl del Pozo principia en el punto final de su columna, y se extiende a la sombra del neón, por el cuerpo líquido del vino de los tabernones, en el naipe sudado donde la folclórica empeñaba el faralae de oro o de orillo por jugarse el todo o nada. El Madrid de Raúl del Pozo existe, quizá ya menos, pero es un Nueva York en el secarral de Castilla. Es Madrid un crisol de españoladas entre el ladrillo visto de los Austrias y ese perfume arquitectónico, vagamente francés, que tienen las plazas bien de Chamberí a la hora del sol y del vermut.

El Madrid de Raúl del Pozo hubo de ser rico en tertulias y carcajadas, con muchas idas y venidas a Barajas para capturar el labio de la famosa, la teta italiana que traería desarrollismo. El Madrid de Raúl del Pozo, pienso, hubo de estar siempre lecheado de luz de luna, brillante de esas madrugadas que podían acabar con un quejío caracolero en una venta de las afueras, o con el primer churro del día, con chocolate y actualidad. Es un Madrid que existe y resiste: es un Madrid bien trasegado por Valle y por Larra, por Umbral y Raúl.

Su Madrid es un Madrid real, que no coincide con las animaladas arquitectónicas de Gallardón, y que quizá aún no se haya ido del todo. Hay en el Madrid de Raúl del Pozo un café, el Gijón, donde el humo rebota en las cristaleras y desde donde el propio Raúl reconoce que el local es ya un panteón de las letras, una tertulia de espectros que amortiguan el terciopelo de las butacas y la risa madriles de Pepe Bárcenas. Su Madrid es el de los hoteles abiertos amplios, con cornucopias orientales, y también el de las amplitudes verdes donde toma el sol del domingo y juega al golf.

Sin apasionamientos zarzueleros, Raúl del Pozo, oriundo de la alta serranía de Cuenca, sólo se entiende con su Madrid. Su columnismo magistral, preso de la metáfora, la actualidad, mucho Quevedo y, ahora, del folletón tan reporteril de Bárcenas, debe mucho a Madrid; o quizá Madrid, cuando se calman los titulares, brilla en sus artículos y en las remembranzas de la calle que todavía sigue rugiendo. Raúl del Pozo escribe su columna en un despacho con luz natural, alto, en los barrios traseros a la Plaza de Castilla, allí donde entre un verde propagado la urbe descansa del eterno trágafo con la felicidad de los barrios jardín.

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