Metaperiodismo

Pulitzer y la búsqueda de la excelencia en el periodismo

El sueño de todo periodista es ganarlo. Quien diga lo contrario, miente. Es la reputación, la constatación de que el éxito ha llegado, el reconocimiento. Uno de los orgullos máximos de la profesión periodística. Una de las máximas distinciones del oficio. Su nombre viene del editor de origen húngaro, Joseph Pulitzer. Que no es, ni […]

10.04.2017 @santiago_mruiz 6 minutos

El sueño de todo periodista es ganarlo. Quien diga lo contrario, miente. Es la reputación, la constatación de que el éxito ha llegado, el reconocimiento. Uno de los orgullos máximos de la profesión periodística. Una de las máximas distinciones del oficio.

Su nombre viene del editor de origen húngaro, Joseph Pulitzer. Que no es, ni mucho menos, una referencia en el Periodismo, en mayúscula, el bueno, el de verdad y el que quiere enseñar la Verdad —o lo más próximo a ella—. En su testamento señaló que quería crear un premio a la «excelencia en el periodismo y en las artes». Algo muy loable y digno de defender en estas horas bajas, además de no dejar de lado a la música, el teatro, el ensayo y la poesía.

Ahora se cumplen 100 años desde su creación. 100 años potenciando la «excelencia». La Universidad de Columbia se encarga de administrarlo. Su primera edición data de 1917. Como premio literario lo han ganado escritores afamados como Hemingway por El viejo y el mar —aunque estuvo cerca de ganarlo por su libro sobre la Guerra Civil Por quién doblan las campanas—, John Steinbeck por Las uvas de la ira, o William Faulkner por Una fábula.

En periodismo cuenta con varias categorías como servicio público, cuyo último ganador fue la agencia Associated Press; reportaje de investigación, reportaje nacional e internacional, columna de opinión, editorial, noticia de última hora, fotografía o crítica. Todos éstos están dotados de un premio de 10.000 dólares, excepto del servicio público, al que se le entrega exclusivamente un diploma.

Sólo quedan horas para saber los ganadores de este año. Muchas veces se ha dicho que los periodistas no buscan la verdad sino el relato. Esta afirmación es parcialmente cierta, pues se pueden contar grandes historias verdaderas, es lo que hace el buen periodismo. La realidad para ser grande no necesita ficción, ni historias grandilocuentes, se basta a sí misma. Incluso en las fotografías, verbigracia la que le valió a Javier Bauluz su premio Pulitzer en fotografía en 1995. El primer español en hacerlo.

Esta fotografía muestra una realidad, la decadencia del mundo que habitamos, el sinsentido, la bajeza moral, no la de esa pobre pareja que no tiene culpa de ser la cara visible de esa realidad —esa pareja ajena al mundo y que en su mano poco tiene y que ha representado nuestro pecado—, la vergüenza, el desdén. Podría poner muchos adjetivos más pero serviría de poco porque la foto habla por sí misma, no necesita palabra alguna que la acompañe. Sólo necesita silencio, reflexión y autocrítica. Eso es periodismo, eso es un premio Pulitzer. Eso es una historia. Quizá la foto de Aylan sea la misma que la anterior. Cabría preguntarse si en algo ha mejorado este drama.

Pulitzer acaso pensó en ese periodismo que quería estimular y favorecer. Una buena y verdadera historia de seres humanos, que conmueva nos haga sentir en nuestras carnes la más pura realidad de todas. En 100 años el periodismo ha sufrido muchos cambios, desde el telégrafo a inmediatez abrumadora de internet. Desde los modelos de hacer radio y televisión simplemente leyendo el periódico a buscar sus puntos fuertes y hacerse valer en el mercado. Sin olvidar, tampoco, el auge del periodismo digital (sea escrito, en vídeo o en podcast). El periodismo ahora puede que pase por un momento de flaqueza, de debilidad, que sufra los errores de directores que sólo miran las cuentas, el yugo de los políticos que minan el medio por su publicidad institucional y los favores, los empresarios que se adueñan, ya sea mediante publicidad o sentados en la junta directiva... Son horas flacas para el mejor oficio del mundo, pero ahora, mucho más que antes se llega más lejos, se enseña más al oyente, espectador y lector, que más que clientes, audiencia o números son personas que necesitan —quieran o no— la realidad del mundo, las crueldades de aquí o allá, la evolución de los mercados, los papeles de tal político que demuestran una financiación ilegal, ese sindicalista que no ha trabajado en su vida y que «defiende los derechos laborales», ese presidente que autoriza escuchas ilegales o ese aspirante a presidente que recibe 50.000 euros en trajes. El mundo necesita la verdad, la noticia, con todos los fallos que pueda haber, pero han de estar ahí. Séneca escribió: «si succiderit, de genu pugnat», que significa: «si cae, pelea incluso de rodillas». Montaigne en uno de sus ensayos usó esa cita para decir: «El que cae firme en su valor, si cae, pelea incluso de rodillas, quien a pesar del peligro de una muerte cercana, no cede un punto de temple, quien al entregar el alma mira aún a su enemigo con mirada decidida y desdeñosa, ése no ha sido vencido por nosotros, sino por el destino; muerto es, mas no vencido». Eso es perfectamente aplicable al concepto de Periodismo con mayúscula, ser el contrapoder, o el cuarto, o el watchdog, pero la oposición a los que abusan de su poder. Se entendía que el periodismo ese perro guardián de la ciudadanía. Que, aunque no lo parezca, sigue siéndolo, en su decadencia y debilidad pero lo hace porque a más periodismo más democracia, como dijo Díaz Nosty. El odio a la prensa es el ejemplo de la dictadura, del abuso del poder, de la antidemocracia. Para controlar una nación lo primero que siempre se ha hecho es controlar su prensa, desde la creación de la imprenta hasta hace bien poco, o ahora, según el país que se mire.

Leyes de prensa, censura, secuestro de publicaciones, retirada de publicidad, opas, compras para hundir el medio —se dice que esto le pasó al malagueño El sol de España—. Aun en situaciones como ésta siempre han existido periodistas valientes que cuenten lo que pasa en el mundo, de diversas formas, pero lo han conseguido, aunque sea subrepticiamente. Los enemigos de la prensa son muchos, hay incluso periodistas que lo son. Una democracia que controla la prensa no es democracia, es lo contrario. Con mayor o menor tino pero la prensa hace libre las democracias. En este mundo cada vez más globalizado el Periodismo tiene una función vital. Y una vez que se recupere, que lo hará, la confianza perdida, los puestos precarios, los directores economistas, los periodistas comprados y todas las disfunciones actuales desaparecerán. Quizá no hoy ni mañana pero los buenos periodistas tienen que seguir luchando para que así sea. Dos de las máximas que se podrían tener en este mundo de la comunicación son, a saber: ser siempre verdadero y no tener miedo a nada. La prensa nos hará libres.

Hoy es un día en que la información y los medios son los protagonistas gracias a Pulitzer, para que se vea y se admire el trabajo de hombres y mujeres que se dedican a ponerle un espejo al mundo y enseñarlo, mostrar sus defectos y virtudes. Por ello es el sueño de los que trabajan la información, ser condecorados por uno de los distintivos de la grandeza en el periodismo. Siempre hubo, hay y habrá grandes periodistas que no necesiten de una medalla para demostrar su valía y las leyendas seguirán siéndolo en cualquier situación en la que se encuentre el Periodismo y periodistas que se atrevan a contar historias. El mítico Manuel Leguineche dijo: «No tuvimos infancias felices pero tuvimos Vietnam».

Joseph Pulitzer

En la página web dicen de Pulitzer que fue «un apasionado cruzado contra los gobiernos corruptos», lo que hace pensar que defendía los valores que transmiten los premios que llevan su nombre. Pero además de luchar contra los gobiernos corruptos fue, junto con Hearst, el gran exponente del periodismo amarillo. Es decir, el periodismo que persigue vender por encima de todo, aun contando mentiras. Como hizo Hearst con la guerra contra los españoles en Cuba: «Yo pongo la guerra», dijo. El personaje que quiso luchar por una «excelencia» al morir fue alguien que no supo lo que era la verdad ni la deontología. Sólo el beneficio. Nunca le importó que la verdad le quitara una buena noticia.

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