Metaperiodismo

"Retratos": El diván de Capote

Pareciera que los personajes quieran desvanecerse en las manos de Truman y ser elevados por la tinta del escritor estadounidense

26.10.2018 @JesusRuizRando 5 minutos

Es medianoche en París. Está lloviendo, las calles están vacías y el reloj de la iglesia hace tañer las campanas. En medio de este ruido aparece un coche antiguo que echa el freno justo delante de mí. El conductor se baja y, haciendo un gesto con la mano, me invita a subir.

Esto no es del todo cierto, pues ni yo soy Owen Wilson ni Woody Allen me está apuntando con su cámara. Ahora bien, la analogía parece bastante clara: soy un estudiante malagueño que acaba de coger un libro rojo que recibe el título de Retratos y Truman Capote es el conductor de ese vehículo que me lleva al pasado a conocer a algunas de las estrellas de la época.

La primera parada está en Japón. Le doy al play al reproductor de música y, al son de No Me Pises Que Llevo Chanclas, vamos en busca de Marlon Brando. El actor se encuentra allí rodando Sayonara. Después visitaremos a Jane Bowles, Cecil Beaton, Elizabeth Taylor, Marilyn Monroe y Tennessee Williams. Por último, en Observations, haremos un repaso fugaz pero exhaustivo a los rostros de algunos de los contemporáneos más grandes de la época, captados por la lente del fotógrafo Richard Avedon.

El título de este libro bien podría ser El show de Truman, por la cantidad de personajes que pasean por la obra, presentados por el showman Capote. Pero lo cierto es que Retratos no puede ser más acertado, puesto que los protagonistas posan absolutamente para él. Es asombroso cómo rompen los silencios con sus historias y experiencias más personales. Pareciera que quieran desvanecerse en las manos de Truman y ser elevados por la tinta del escritor estadounidense.

Es inevitable preguntarse cuál es el motivo por el que todos estos personajes se muestran tan trasparentes y diáfanos ante una persona de la que saben que va a contarlo todo, que va a publicar cada una de sus palabras. Precisamente, ese: por la necesidad de ser alguien real, más allá del estrellato que les han otorgado sus exitosas carreras, de las que tanto reniegan, y a las que tanto deben. Decía Hegel que la verdad es el delirio báquico en el que ninguno de sus miembros escapa a la embriaguez, y Capote lo sabe. Su manera de interpretar la realidad, o más bien, de contarla tal y como es, se presenta sincera. Truman domina el silencio con la misma maestría que el torero más experimentado maneja el capote. La ausencia de la palabra parece obligar a hablar al personaje en cuestión, le empuja sin necesidad de profundizar con preguntas incesantes. Consigue que divaguen hasta el punto de contar más de lo que parecen ser conscientes.

El camino hacia la verdad de sus personajes no lo marca Capote, sino ellos mismos. Se muestran tal y como quieren ser vistos. De ahí viene la crítica tan feroz y cáustica de Marlon Brando a la industria cinematográfica, por el deseo atormentado de ser repudiado por ella misma. Por la propia imposibilidad de acometer esa decisión con la valentía que requiere hacerlo.

Uno es capaz de sumergirse en sus páginas sin saber necesariamente de quién está hablando o por qué. Todos los personajes forman parte de una historia aparentemente superflua, insustancial a veces, que no tiene otro objetivo que desvelar la cotidianeidad de lo más extravagante. No hay denuncia o información de un hecho noticioso. Simplemente, personalidades muy importantes que cuentan, desde sus prismas artísticos, la manera en que ven y viven la vida. Solo el nombre y la fama que cargan a sus espaldas hacen interesantes sus testimonios.

También Capote se deja entrever y se asoma a los retratos que escriben sus líneas. Con sus comentarios y opiniones personales, sin las que este libro quedaría insípido, revela indirectamente, aunque de manera intencionada, su personalidad y su sensibilidad. La admiración que siente hacia sus modelos es palpable, pero no por ello se deja llevar por la subjetividad. Es crítico cuando la situación lo demanda, y la veracidad de su relato se mantiene intacta en todo momento. Esto viene dado por los constantes e inagotables detalles que decoran la narración de los hechos. La imagen mental que crea Truman Capote es tan brutal y fuerte que es imposible no verlo todo delante ti.

Por supuesto, se agradecen también las referencias a otras obras, como Matar a un ruiseñor, sobre la que Truman Capote afirma que inspiró el personaje de Dill. Claro que, teniendo en cuenta la representación que hizo Harper Lee de Dill en el libro que le significó un Pulitzer, es tan fácil creer esta versión como no hacerlo, ya que Dill era algo presuntuoso en ocasiones.

La capacidad de recordar todo, hasta los detalles más ínfimos; su depurada observación, tan prudente como la de un cirujano que opera a corazón abierto; y el exquisito estilo narrativo que emplea son las virtudes que hacen de Truman Capote un auténtico genio. Ser fiel a la realidad de los hechos es un imperativo innegociable para el periodista y eso lo respeta Truman Capote de forma laudable. Él mismo se sumerge en esa realidad para coger, personalmente, una muestra de ella y entregárnosla. Ese es su aval: el ser partícipe de lo que está contando.

 Pero, sin duda, lo que más sorprende de Truman Capote en esta obra es su éxito para abrir en canal los sentimientos de estos personajes. Lo que me lleva a pensar que su verborrea debía ser propia de un sofista. Quizá Capote violó algún acuerdo tácito en cierta ocasión, y por eso irritó a un Marlon Brando al que desnudó de arriba abajo en menos de sesenta páginas. Lo que sí que tengo claro es que si tuviera el enorme honor de compartir una charla con Capote, no le contaría ninguno de mis secretos.

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